"(...) Al principio de la crisis, casi todos anticipaban una recuperación
rápida en forma de V; esto se basaba en suponer que una breve
interrupción de la economía sería suficiente, y que tras dos meses de
amorosos cuidados y montones de dinero, retomaría donde había dejado.
Era una idea atractiva. Pero ya estamos en julio, y la recuperación en
forma de V es probablemente una fantasía. La economía pospandemia será
casi con certeza anémica, no sólo en los países que no consiguieron
controlar el virus (en concreto, Estados Unidos), sino también en los
que se las apañaron bien. El Fondo Monetario Internacional prevé
que a fines de 2021, la economía mundial apenas habrá crecido respecto
de fines de 2019, y que las economías de Estados Unidos y Europa se
habrán achicado alrededor del 4%. (...)
Por la teoría económica y por la historia, sabemos que los mercados por
sí solos no pueden manejar bien una transición de esta naturaleza, sobre
todo con lo repentina que fue. No hay un modo fácil de convertir
empleados de aerolíneas en técnicos de Zoom. E incluso si se pudiera,
los sectores que ahora están creciendo se basan menos en la mano de obra
y más en el conocimiento especializado que aquellos a los que
reemplazan.También sabemos que las grandes transformaciones
estructurales suelen crear un problema tradicional keynesiano, por
aquello que los economistas llaman «efecto ingresos» y «efecto
sustitución».
Aunque los sectores no dependientes del contacto humano
estén creciendo al mejorar su atractivo relativo, el incremento
de gasto asociado no compensará la disminución del gasto derivada de la
pérdida de ingresos en los sectores que se contraen.
Además, en el caso
de la pandemia habrá un tercer efecto: el aumento de la desigualdad.
Como las máquinas no pueden contagiarse el virus, crecerá su atractivo
relativo para los empleadores, en particular en los sectores en
contracción que usan mano de obra relativamente menos cualificada. Y
como las personas de bajos ingresos gastan en bienes básicos una
proporción mayor de lo que ganan que las más pudientes, cualquier
aumento que la automatización induzca en la desigualdad será
contractivo.
A todos estos problemas se suman otros dos motivos para el pesimismo. En
primer lugar, la política monetaria puede ayudar a algunas empresas a
enfrentar restricciones de liquidez temporales (como sucedió durante la
Gran Recesión de 2008‑09), pero no puede corregir problemas de solvencia
ni estimular la economía cuando los tipos de interés ya están cerca de
cero.
Además, en Estados Unidos y algunos otros países, el necesario
estímulo fiscal chocará con las objeciones de los «conservadores» al
aumento del déficit y del endeudamiento. Claro que es la misma gente que
estuvo muy dispuesta a reducir impuestos para ultramillonarios y
corporaciones en 2017, rescatar a Wall Street en 2008 y echar una mano a
megaempresas este año. Pero extender el seguro de desempleo, la
atención médica y ayuda adicional a los más vulnerables es otra cosa.Las prioridades inmediatas
están claras desde el principio de la crisis.
La más evidente es la
necesidad de encarar la emergencia sanitaria (por ejemplo, garantizar un
suministro adecuado de equipos de protección personal y capacidad
hospitalaria), porque no puede haber recuperación económica hasta que se
haya contenido el virus. Al mismo tiempo, para asegurar la rapidez de
la recuperación llegado el momento, es esencial implementar políticas
que protejan a los más necesitados, provean liquidez para evitar
quiebras innecesarias y mantengan los vínculos entre trabajadores y
empresas.
Pero incluso acordadas estas necesidades obvias, hay decisiones
difíciles que tomar. No debemos rescatar empresas (por ejemplo, tiendas
minoristas tradicionales) que ya venían mal antes de la crisis, ya que
eso sólo serviría para crear «zombis» y limitar en última instancia el
dinamismo y el crecimiento. Tampoco empresas que ya estaban demasiado
endeudadas para soportar cualquier shock.
Puede decirse casi con certeza
que la decisión
de la Reserva Federal de los Estados Unidos de dar apoyo al mercado de
bonos basura con su programa de compra de activos es un error. De hecho,
estamos ante un caso donde la preocupación por el riesgo moral es
realmente relevante: los gobiernos no deberían proteger a empresas de su
propia temeridad.
Como parece improbable que la COVID‑19 desaparezca en el corto plazo, hay tiempo suficiente para adecuar el gasto a nuestras prioridades.
La pandemia encontró a la sociedad estadounidense atravesada por
desigualdades raciales y económicas, deterioro de los niveles de salud y
una dependencia destructiva de los combustibles fósiles.
Ahora que se
lanzan programas de gasto público a gran escala, la ciudadanía tiene
derecho a exigir que las empresas que reciban ayudas contribuyan a la
justicia social y racial, la mejora de la salud y la transición hacia
una economía más ecológica y más basada en el conocimiento. Estos
valores deben verse reflejados no sólo en el modo en que asignemos el
dinero del erario, sino también en las condiciones que impongamos a los
receptores.
Como varios colegas y yo señalamos en un estudio
reciente, el gasto público bien dirigido, en particular la inversión en
la transición a una economía verde, puede ser oportuno, muy demandante
de mano de obra (lo que ayudará a resolver el problema del desempleo en
alza) y sumamente estimulante; es decir, su relación costo‑beneficio es
mucho mejor que, por ejemplo, la de una rebaja impositiva.
No hay
ninguna razón económica que impida a los países (incluido Estados
Unidos) adoptar grandes programas de recuperación sostenidos que
refuercen (o ayuden a hacer realidad) el tipo de sociedad que dicen ser." (
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