"La cooperación ruso-china es cada vez más estrecha y se extiende a ámbitos sensibles antes inimaginables. En octubre de 2019 el presidente Putin reveló, por ejemplo, que Rusia está ayudando a China a crear un sistema de alerta para ataques de misiles, lo que parece anticipar un modelo integrado y un rudimento de alianza militar defensiva. Esos son, ciertamente, avances mayores. (...)
“Hasta ahora la entente ruso-china se concentraba exclusivamente en las relaciones bilaterales, pero progresivamente ha pasado a convertirse en una coordinación de la política exterior, al principio limitada pero que no cesa de intensificarse”, observa el siempre fino analista diplomático indio M.K. Bhadrakumar.
El principal fundamento de esa cooperación general es el común maltrato que ambos países reciben de Estados Unidos. “Los estrategas americanos continúan ignorando la perspectiva de una alianza entre Rusia y China. Asumen alegremente que es posible contener y erosionar gradualmente a ambos países vía sanciones, restricciones comerciales, financieras, de inversiones y tecnología, y, simultáneamente, socavando su estabilidad interna financiando a la oposición interna a sus regímenes con adoctrinamiento de elementos prooccidentales de guerra informativa”, constata Bhadrakumar.
(...) Li dijo entonces: “Estados Unidos está llevando a cabo un doble cerco de China y de Rusia e intenta sembrar la discordia, pero nosotros constatamos eso y no morderemos el anzuelo. La principal razón es que disponemos de una base muy sólida para una confianza política mutua”. La primera afirmación es correcta, la segunda no: entre Rusia y China no hay confianza. (...)
En 1972, los chinos habían aceptado la entente ofrecida por Nixon y Kissinger con la que Washington incrementó su presión sobre la URSS, y para los militares soviéticos la pregunta de quién era el “enemigo principal” de la URSS no tenía una respuesta sencilla en los años setenta. ¿Cuánta mutua desconfianza genera hoy ese pasado? La respuesta a esa pregunta tiene, seguramente, muchos matices pero, desde luego, no arroja una “base muy sólida para una confianza política mutua”.
Los subterfugios de Rusia
El despecho hacia Occidente que domina hoy entre los dirigentes rusos, después de la incapacidad europea de asumir el proyecto gorbacheviano/gaullista de una “Europa de Lisboa a Vladivostok” –incapacidad instrumentalizada por la OTAN–, desemboca en el coqueteo intelectual con el llamado “eurasianismo”: el presidente Putin dice que Washington es “incapaz de llegar a acuerdos” y su ministro de Exteriores, Lavrov, afirma que “debemos cesar de preocuparnos por las afirmaciones de nuestros socios europeos”. La mentalidad declarada se podría resumir así: “¿Maltrato, sanciones y atosigamiento militar de Occidente?, pues nos orientamos a China, no os necesitamos”. Es más fácil decirlo que realizarlo.
Europa no es, ciertamente, el único mercado (energético) de Rusia,
pero sí el más idóneo y en muchos aspectos el más conveniente. Asistí a
las negociaciones chino-rusas sobre suministro del gas siberiano
exportado a China, y doy fe de su definición, por un observador ruso,
como “drama de dimensiones shakesperianas”: tardaron años en ponerse de
acuerdo sobre los precios, y el ambiente en la delegación rusa era de
una monumental irritación.
En 1972, los chinos habían aceptado la entente ofrecida por Nixon y Kissinger con la que Washington incrementó su presión sobre la URSS, y para los militares soviéticos la pregunta de quién era el “enemigo principal” de la URSS no tenía una respuesta sencilla en los años setenta. ¿Cuánta mutua desconfianza genera hoy ese pasado? La respuesta a esa pregunta tiene, seguramente, muchos matices pero, desde luego, no arroja una “base muy sólida para una confianza política mutua”.
Los subterfugios de Rusia
El despecho hacia Occidente que domina hoy entre los dirigentes rusos, después de la incapacidad europea de asumir el proyecto gorbacheviano/gaullista de una “Europa de Lisboa a Vladivostok” –incapacidad instrumentalizada por la OTAN–, desemboca en el coqueteo intelectual con el llamado “eurasianismo”: el presidente Putin dice que Washington es “incapaz de llegar a acuerdos” y su ministro de Exteriores, Lavrov, afirma que “debemos cesar de preocuparnos por las afirmaciones de nuestros socios europeos”. La mentalidad declarada se podría resumir así: “¿Maltrato, sanciones y atosigamiento militar de Occidente?, pues nos orientamos a China, no os necesitamos”. Es más fácil decirlo que realizarlo.
Europa no es, ciertamente, el único mercado (energético) de Rusia,
pero sí el más idóneo y en muchos aspectos el más conveniente. Asistí a
las negociaciones chino-rusas sobre suministro del gas siberiano
exportado a China, y doy fe de su definición, por un observador ruso,
como “drama de dimensiones shakesperianas”: tardaron años en ponerse de
acuerdo sobre los precios, y el ambiente en la delegación rusa era de
una monumental irritación.
Pragmatismo chino
Por parte de China, no hay el más mínimo deseo de entrar en una lógica de bloques, a la que Rusia está acostumbrada por la inercia de su largo pulso con Occidente durante la fase bipolar de la Guerra Fría. Las dudas y recelos de Pekín sobre el futuro y la sostenibilidad del actual despecho de Rusia hacia el resto de aquellos “demonios extranjeros” solo pueden ser enormes. Al mismo tiempo, esas dudas no impiden la actitud instrumental que las circunstancias imponen: “China y Rusia no tienen intención de formar una alianza militar porque no resolvería los desafíos integrales que ambos países encaran, (pero) mientras cooperen estratégicamente pueden generar una efectiva disuasión y un común esfuerzo para lidiar con problemas específicos, resistir los intentos de anular a ambos países y frenar la mala conducta internacional de Estados Unidos”, señala un comentario editorial del diario chino Global Times.
“Una alianza militar solo sería una última opción para la peor de las situaciones: si Estados Unidos u otro país lanzara una guerra que obligara a China y Rusia a luchar juntas”, dice el experto del Instituto de Estudios de Rusia, Europa Oriental y Asia Central de la Academia de Ciencias Sociales china, Yang Jin. (...)
¿Un 1972 a la inversa?
Tanto en Moscú como en Pekín se habría preferido mantener una
política bilateral estable con Washington en lugar de establecer la
actual alianza, pero el requisito de tal política es el reconocimiento
de los intereses nacionales de Rusia y China por parte de Estados
Unidos. Eso significa una administración diplomática, es decir pactada y
negociada, de las diferencias. Hoy eso no es posible, pues Washington
no reconoce sus propios límites y su política está secuestrada por un militarismo estructural
que viene determinado por el enorme peso político de su complejo
militar-industrial en las decisiones de política exterior, en las
cámaras representativas y en la presidencia del país. Eso hace que las
políticas de fuerza (sanciones guerra híbrida y presión militar) vayan
claramente por delante del diálogo, la negociación y la búsqueda de
acuerdos. Si eso cambiara, tendría consecuencias inmediatas en la actual
ecuación y muy en particular en la actitud de Rusia. ¿Puede cambiar? De
momento no hay el más mínimo atisbo de democratización del sistema
político de Estados Unidos (y, en definitiva, cancelar ese militarismo estructural presupone precisamente eso), pero en el futuro no lo sabemos.
La mentalidad del dominio europeo y norteamericano del mundo, grabada en la conciencia occidental desde la Revolución Industrial y el colonialismo, es la de que poderío mundial equivale a sometimiento del otro. Esta primitiva mentalidad, completamente inservible para los retos del siglo XXI, es la que convierte en aterradora para quien la suscribe cualquier perspectiva de ascenso de potencias emergentes que antes no contaban nada. Desde esa mentalidad es manifiesta la estupidez estratégica que supone el hecho de que Estados Unidos incentive con su doble hostilidad una alianza de China con Rusia perfectamente evitable. Paradójicamente, fue el candidato Donald Trump quien, en una declaración de 2015, enunció ese absurdo antes de convertirse en uno de los presidentes más nefastos e inquietantes de la historia de Estados Unidos:
“Una de las peores cosas que le podrían ocurrir a nuestro país es que Rusia sea empujada hacia China. Nosotros la hemos incitado a aliarse con China, vean los grandes acuerdos petroleros que están ultimando. Nosotros les hemos unido y es una catástrofe para nuestro país. La incompetencia de nuestros gobernantes les ha hecho ser amigos”. (...)
Pese a la recuperación nacional que Rusia ha experimentado con el presidente Putin, los indicadores generales de su potencia apuntan a la baja. Dejando de lado los problemas de su estructura económica (excesivamente centrada en la exportación de hidrocarburos) y de su sistema político, la tendencia de su potencia va claramente a menos. Su zona de influencia en Eurasia continúa reduciéndose: ha perdido Ucrania. Moldavia más bien se orienta a Occidente. En Asia central sanciona un condominio de influencias con China. Turquía comienza a intervenir militarmente en Transcaucasia, como se ha visto en la última guerra por el Alto Karabaj. Y el colmo es que hasta en la fiel y segura Bielorrusia, harta de su caudillo para el que Moscú no parece tener alternativa, se erosiona el antes sólido prestigio ruso. Bielorrusia ya es para Rusia zona en disputa con Polonia, un enemigo histórico de Moscú que antes era insignificante pero que ahora, integrado en la Unión Europea al igual que las pequeñas repúblicas bálticas, envenena el ambiente y causa problemas…
Desde este punto de vista, unas relaciones normalizadas con Estados Unidos serían agua de mayo para Moscú. Al mismo tiempo contrarrestarían el poderío de un crecido vecino oriental con el que mantiene una larga frontera de 4.200 kilómetros y una enorme desproporción de potencia económica llamada a ir en aumento.
Devolverle a China un 1972 de la mano de Estados Unidos es
una posibilidad muy racional y llena de ventajas para Moscú. Rusia y
China no tienen por qué ser “amigos para siempre”. Pero para romper su
actual alianza sin confianza se necesita un mínimo de parte de Estados
Unidos y de su impotente apéndice, la Unión Europea. Y de momento no lo
hay. De esa ausencia resulta la principal consistencia de la actual
cooperación entre Moscú y Pekín." ( Rafael Poch
, CTXT, 5/02/2021)
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