"Una buena manera de conocer qué está ocurriendo con las vacunas y, a través de ellas, entender qué está moviéndose en la Unión Europea es observar los cambios en el entorno internacional y en las mismas potencias mundiales.
China parece salir fortalecida de esta crisis, ya que ha controlado el virus, ha crecido en 2020 gracias a ello, y está tomando la delantera en muchos aspectos y acelerando su influencia internacional. Pero también está organizando otras novedades. Su 14º Plan de Desarrollo Quinquenal, debatido en la reunión anual de la Asamblea Nacional Popular (ANP) es muy significativo al respecto. (...)
Los dos conceptos esenciales
China ha entendido que este es un instante en el que se unen el repliegue y la expansión, en el que se deben potenciar al mismo tiempo la fortaleza interior y la influencia exterior. La búsqueda de seguridad, que es el giro internacional común, implica un desarrollo de la “soberanía económica y tecnológica” y una invitación “a redoblar el compromiso con la autosuficiencia y la innovación”. En estas dos palabras se decide el futuro.
La primera incide en la necesidad de asegurar los suministros, de fortalecer el mercado interno, de asegurarse energía y materias primas, de contar con el tipo de economía adecuada. La segunda tiene que ver con la carrera por liderar la tecnología: dado que se prevén enormes avances en los próximos años, situarse el primero en el ámbito de la innovación conllevará también enormes ventajas geoestratégicas.
No es una intención puramente china, EEUU también lo ha comprendido de manera clara. Su giro, que comenzó con Obama y dio un salto adelante con Trump, lo está asentando Biden. (...) Falta esa perspectiva, sin embargo, en la Unión Europea, y la vacuna es un buen ejemplo de la torpe percepción en Bruselas del momento político.
Nosotros primero
Las
grandes potencias mundiales contaban con empresas farmacéuticas propias
y con una producción controlada de las vacunas, de modo que se
aseguraban el suministro en primer lugar. EEUU, China, Rusia o Gran
Bretaña fueron previsores en la medida en que supieron actuar en el
plano de la seguridad: las vacunas eran suyas y se producían en su
territorio o tenían acceso directo a ellas. (...)
En el lado europeo, las cosas transcurrieron de manera diferente desde el principio. (...) tras financiar la investigación sobre la vacuna que BioNTech estaba realizando, Alemania decidió asociarse con Pfizer, una compañía estadounidense. En su contrato no había cláusula alguna de Europa primero.
Tampoco ocurrió así con AstraZeneca. La firma británica estaba utilizando dos plantas de producción en Europa y otras dos en Reino Unido para fabricar las vacunas destinadas a la UE. Pero cuando hubo problemas con el suministro y la Comisión insistió en que se cumpliera con el contrato, el CEO de AstraZeneca contestó que no era posible, porque había una cláusula en el contrato que obligaba a entregarlas al Reino Unido primero.
El giro mundial
Esa deficiente visión estratégica europea ha sido disculpada, en la medida en que la UE actuó de buena fe, confió en sus socios y en el funcionamiento correcto del libre mercado, pero es una excusa pobre. Las cosas no funcionan así, y el mismo inicio de la pandemia lo subrayó de manera cruel cuando faltaron toda clase de suministros y los países se quedaban con los aviones destinados a otros en la misma pista de despegue.
Y no es un momento puntual: el nacionalismo de las vacunas es parte del nacionalismo estratégico, tecnológico y energético en el que estamos inmersos, con obvias consecuencias en el plano económico.
El mundo ha cambiado porque las dos mayores potencias del mundo lo han hecho, y sería absurdo querer jugar en una liga que ya no existe. Estamos en otro escenario, y no porque lo quiera la Unión Europea, sino porque da igual que lo desee Europa o no: las grandes potencias han tomado ya la decisión por ella.
Ahora ha empezado a sonar el concepto 'autonomía estratégica', que vendría a dar respuesta a ese problema, pero nadie se lo ha tomado muy en serio en una UE que, como de costumbre, hace grandes proclamas cuya fuerza se desvanece a la hora de llevarlas a efecto.
Sin ella, los problemas se multiplican
La UE puede insistir en el multilateralismo, en las cadenas globales de valor y en el respeto a las reglas del libre mercado, pero hemos regresado a la ‘great power competition’; eso no excluye la negociación, pero para sentarse en la mesa se debe contar con el poder necesario para ser escuchado. Por decirlo en otras palabras, la UE ha empezado a utilizar indistintamente los términos 'autonomía estratégica' y 'soberanía estratégica', y tiene razón, porque lo que está en juego es la soberanía, sin eufemismos.
China, como señala Claudio F. González, prefiere relacionarse con los países con separado que con la UE en conjunto; Trump tenía la misma perspectiva, que continúa siendo la de Biden. Las dos grandes potencias están intentando que la UE mire en términos nacionales mucho más que como bloque, y lo cierto es que no necesitan ser muy insistentes, porque la UE lleva mucho tiempo manejándose en ese plano. El fondo de recuperación es un ejemplo más, entre muchos otros.
La autonomía estratégica, o como queramos llamarla, “no resolverá nuestros problemas mágicamente, pero sin ella se multiplicarán”. Por suerte, hay señales que apuntan en avances. El reciente documento de trabajo firmado por Holanda y España, días después de la reunión de Sánchez con Macron, es un punto de partida muy interesante, y revela que algunas cosas están cambiando en el ámbito continental.
Lo que falta es que las
palabras se concreten en hechos y que, por el camino, Europa pierda esa
intención tan ilusa como contraproducente de vivir en el pasado. El
regreso a la soberanía ya está aquí: lo que tiene que decidir Europa es
si va a darse en términos de región, de la UE, o en términos puramente
nacionales, y que cada país tense la cuerda de la Unión en lugar de
hacerla más fuerte." (Esteban Hernández, El Confidencial, 26/03/21)
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