El héroe es el que se sostiene, el que combate, pero no necesariamente el que vence. Y eso es porque no hace cualquier cosa por sobrevivir.(...)
Si algo no le podrán negar a Pablo Iglesias sus enemigos es la grandeza. Sus gestos excesivos incomodan a los demás, precisamente, por su exceso, por ser inalcanzables para los que sí hacen lo que sea por sobrevivir. En la historia de la democracia española ¿quién ha efectuado renuncias como la de Pablo Iglesias? ¿Quién se ha inmolado como se ha inmolado él? (...)
La dimisión de Pablo Iglesias como Vicepresidente y su posterior retirada de la política no puede explicarse ya con las manidas metáforas de los juegos de ajedrez. Tiene, por el contrario, un aroma de otro tiempo, algo antiguo. Algo que no evoca a esos maliciosos y calculadores personajes que protagonizan las series políticas sino a un pasado pretérito, de libro viejo, de héroes, titanes, humanos que luchan contra los dioses, gestos inmoderados y sacrificios definitivos. Y tiene, desde luego, un aroma de exacerbado romanticismo.
Seguro que él no se ve reflejado en ese arquetipo, pero es un romántico, incluso sin quererlo. (...)
Y a mí me resulta imposible pensar en un solo representante político que haya tenido que padecer la enésima parte de lo que ha padecido Pablo Iglesias. El acoso de todo tipo al que han sido sometidos él y sus seres queridos no admite parangón posible y retrata pobremente a la sociedad que lo ha permitido. (...)
Acoso que no ha despertado mucho desagrado o interés en casi nadie y que, al parecer, es legal. Eso no es delito de odio, pero escribir una parida en el Twitter, sí.
Bien, pues primero fueron a por él y ahora ya sabemos que alguien puede ponerse durante años a la puerta de tu casa a insultarte frente a tus niños, que crecen oyendo día a día esos insultos y que eso es permisible, legal e imposible de perseguir. Y tolerable socialmente. ¿Lo tolerarían en alguien que no fuese él? ¿Qué no dirían los medios de comunicación si esa situación la hubiese vivido cualquier otro? ¿No habría recibido una ola popular de simpatía, de solidaridad, de indignación? Pablo Iglesias no: él tiene que joderse. Y está bien que se joda. Él debe pagar un precio.
Porque incluso él mismo pareció aceptarlo como parte de su sino de héroe trágico cuando dijo que no podía quejarse. Que no debía quejarse. ¿Por qué no? ¿Por qué hay que aceptar semejante vileza diaria? Porque los héroes no se quejan de su destino. Lo aceptan como una carga inherente a su ser. (...)
La persecución y la enfurecida inquina contra Pablo Iglesias es como una pirámide en la que esa gentuza quizá ocupe el vértice, pero que se abre hacia abajo integrando a periodistas, intelectuales, comunicadores y medios de comunicación progresistas, políticos de todo pelaje y hasta a sus propios antiguos compañeros. Y, por qué no decirlo, a una sociedad entera a la que una ruindad así no le ha parecido algo indignante ni susceptible de demostrar empatía. (...)
A estas alturas, ¿hay que volver a hablar de su “hiperliderazgo”? ¡Qué habría sido de Podemos sin él! En muchos territorios la mayoría de las cabezas visibles de Podemos se han comportado como unos chiquillos jugando a ser mayores dedicando básicamente cinco años de su vida a insultarse entre sí en el Telegram casi como única actividad. Cuesta encontrar nombres en todo el Estado que se eleven de esa inconsciencia generalizada en un partido que, tras un proceso de selección negativa, había perdido a muchos de los mejores.
Con estos mimbres, los procesos electorales eran poco más que esperar que de nuevo volviese Pablo Iglesias con su imponente capacidad a salvar los muebles que los demás malbarataban a diario.(...)
En la película 300, la reina dice: “El deber de un Rey es salvar su mundo, con la lealtad que juró proteger”. Con su renuncia a la vida política, Pablo Iglesias salva su mundo, salva a su descendencia, y la deja al cuidado fructífero de otra reina sabia. Frente a todo y contra todos, aún entrega un partido vivo, con representación en territorios, capacidad de influencia y figuras en ascenso. En estos tiempos donde todo se desmorona y donde todo lo sólido se desvanece en el aire, transmite una herencia fértil, un legado. (...)
No son muchas las personas capaces de decidir cuál es su deber. Cómo ser íntegras, cómo hacer valer mejor sus principios. He conocido a muy pocas, pero sé lo que pueden sufrir, la frialdad que despierta la insobornabilidad, cómo florece alrededor el deseo de verlos caídos, disgregados, desunidos de sí. Sé como otros anhelan porque se corrompan, se traicionen, porque sean como los demás. Sé cómo otros interpretan la firmeza moral como una agresión, como una jactancia, como una reconvención muda a su relativismo de conveniencia. Y sé que a veces terminan viviendo, estos héroes entre nosotros, en la esencial soledad que necesitaron para construirse como son. (...)
Pero no abandonan ni ante la soledad ni ante el destierro. No se someten frente al señalamiento y la animadversión. Saben que los principios lo son, precisamente por eso, porque están antes. (...)
Pablo Iglesias encarna ese tipo de personaje trágico de un tiempo ya extinto y dejará una huella histórica imborrable, al contrario que la mayoría de los enemigos que le sobreviven y cuya memoria a no tardar mucho será barrida por el viento. Y el aprendizaje que nos deja es, sobre todo, que hay que mantener lo construido, ser buen padre y tener como verdadera y más hermosa misión la persistencia. Que la línea perviva y se prolongue, que la vida siga, que el futuro pueda ser. (...)
Me gustaría que la futura existencia de Pablo Iglesias esté plena de ese amor que merece y que como héroe le ha sido vedado. Que pueda habitar en un hogar donde solo la alegría de los niños rompa la paz del silencio. (...)
Que vea que su otra criatura, Podemos, crece, vive y madura sin él. Que se alegre calladamente de sus éxitos mientras los mira respetuoso en la distancia. (...)
Me gustaría que llegue el día en que la gente lo pare por la calle para decirle lo mucho que lo admiran como pasaba con Anguita. Que incluso sus adversarios aprendan a juzgarlo con respeto y no con ese odio viscoso. Me gustaría que se encuentre, dentro de muchos años, con personas que le expresen cómo los inspiró, los motivó, los elevó, los volvió mejores. (...)
Que le digan cómo los valores, los principios, eso que va antes, adquirieron otra verdad, otra presencia cuando se manifestaban en sus actos. Que vuelva a ser hombre y goce del afecto y del amor del mundo de los hombres. " (Jorge Armesto , El Salto, 06/05/21)
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