"En las últimas décadas fuimos viendo el retroceso del papel de los Estados ante los poderes económicos y financieros.
Empresas multinacionales, grandes tecnológicas, gigantes fondos inversores logran desbordar las fronteras y las competencias de los Estados, burlar sus reglamentaciones o conseguir que se vacíen de contenido los parlamentos y las leyes que aprobaban los gobiernos.
Todo ello es lo que llevó a los filósofos Toni Negri y Michael Hardt a señalar en su libro Imperio que la soberanía ya no estaba en manos de los Estados nación, ni siquiera de grandes potencias (imperios) sino de un conjunto de organismos y dispositivos supranacionales.
En realidad es lo que en términos de la economía se llamó globalización. Frente a la lectura benevolente que hacían estos dos autores, el argentino Atilio Borón (Imperio & imperialismo) señalaba que la globalización consolidaba la dominación imperialista y profundizaba la sumisión de los capitalismos periféricos, cada vez más incapaces de ejercer un mínimo de control sobre sus procesos económicos y domésticos. Es por ello que Borón defendía la vigencia del Estado nación como reducto de resistencia frente a la ola avasalladora de la globalización. (...)
Pues bien, parece que estos nuevos tiempos de pandemia y la eclosión de nuevos actores internacionales, especialmente China, pero también otros como Rusia, Irán o Turquía, han demostrado la importancia de un Estado nación fuerte.
Estamos comprobando como estos Estados fuertes, con liderazgo, con una planificación económica y productiva a largo plazo, y con su aparato productivo sometido a unas metas definidas por un Estado cohesionado, con autoridad y legitimidad entre sus ciudadanos, están siendo el modelo necesario a seguir por quienes dejaron las riendas de sus países en manos de conglomerados empresariales. (...)
Parece que a esta conclusión ha llegado también el nuevo Gobierno de Estados Unidos. Precisamente el país líder de las desregulaciones, el laissez faire y la globalización económica propone que la OMC suspenda temporalmente las patentes de las vacunas del COVID para que el mundo no se pare, que se establezcan impuestos globales a las multinacionales y que las empresas se dejen de deslocalizaciones y tengan que pagar impuestos obligatoriamente en los países en los que operen. Todas ellas medidas planteadas recientemente por Joe Biden, sin gran oposición política interna.
Recordemos que ya anteriormente Donald Trump había decretado normativas proteccionistas que suponían fuertes aranceles a las importaciones y castigos a las empresas de su país que se instalaran fuera de Estados Unidos. Medidas en sentido contrario al tradicional neoliberalismo económico de la globalización de las últimas décadas.
De todas las iniciativas destinadas a recuperar el protagonismo de los Estados frente a los conglomerados privados, la más impresionante sin duda es la del pacto histórico firmado el 5 de junio en Londres por el G7 (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Canadá, Italia y Japón) para que las empresas paguen un impuesto mínimo de sociedades de "al menos un 15%". (...)
La ausencia de Estado ha supuesto un tremendo retraso para los países occidentales. Nuestros sistemas políticos han ido vaciando de competencias a los gobiernos y los parlamentos, o se ha paralizado en conflictos partidistas e interesados, como ha sucedido en España en torno a las medidas para enfrentar la pandemia de COVID. (...)
Frente a esta impotencia e incompetencia de los Estados y poderes públicos en Estados Unidos o en la Unión Europea, han ido emergiendo los países basados en un Estado nación fuerte, cohesionado y con capacidad de diseñar su economía a corto y medio plazo. En realidad no se trata de nada nuevo, incluso las potencias más neoliberales de la actualidad lograron sus avances gracias al poder del Estado comprometido con el desarrollo del país, no de la iniciativa privada.
Lo explica el profesor
de Relaciones Internacionales Augusto Zamora: Francia en su
industrialización entre 1830 y 1848, Estados Unidos en 1850 y después de
su guerra civil, Japón después de la restauración Meiji (1868) con el
Estado comprando fábricas y tecnología extranjera, España en 1960
también de la mano del Estado. Elementos claves para el desarrollo y
avance como las comunicaciones ferroviarias, grandes obras hidráulicas,
los desarrollos de nuevas fuentes de energía o la aeronáutica, fueron
gestados y ejecutados por los Estados. Lo hemos vuelto a ver en el
desarrollo de la vacuna contra el COVID (...)
En cambio, en la historia de la humanidad, las oligarquías económicas solo han traído saqueos y destrucción medioambiental en su búsqueda de beneficio a corto plazo. (...)
La globalización económica de las últimas décadas, con los Estados en retirada, ha dejado en manos de esos grupos económicos el diseño de la economía global y así es cómo hemos llegado a esta subasta de gobiernos bajando los impuestos para atraer a empresas. (...)
Tan solo en la UE, el tipo legal ha caído del 50% en los años ochenta a
cerca del 22% actual de media en la Unión, fruto de una competición
fiscal cada vez más feroz entre países. En cualquier caso, ese
porcentaje tampoco se logra aplicar porque las empresas logran burlarlo. (...)
Es ahora cuando se reacciona con las medidas sugeridas por el G7 o las
de la UE con su nuevo movimiento destinado a que las multinacionales
declaren dónde se generan sus beneficios y dónde pagan sus impuestos. (...)
Falta saber si nuestros debilitados Estados son capaces de imponerse a los poderosos grupos económicos que intentarán frenar cualquier medida que permita que los poderes públicos recuperen el protagonismo perdido. (...)
En cuanto a la Unión Europea, el Consejo Europeo, que representa a los 27, se reunirá a finales de junio, pero el orden del día no prevé debates sobre la imposición fiscal de las multinacionales. Recordemos que dentro de los países de la UE existen paraísos fiscales de facto, como son Irlanda o los Países Bajos, y que las medidas fiscales que se adopten requieren unanimidad. Una vez más, Estados con las manos atadas porque se encuentran asociados con cuasi paraísos fiscales que bloquearán cualquier armonización fiscal y que seguirán ofertando la opción de convertirse en la sede fiscal de las empresas europeas.
En cualquier caso, y para poner en perspectiva la poca ambición del 15% de impuesto a las multinacionales, no olvidemos que los ciudadanos estamos pagando un 21% de Impuesto de Valor Añadido por lo que consumimos y que un trabajador que apenas supera el salario mínimo ya se le aplica una retención fiscal del 24%. Porcentajes de impuestos mayores de lo que el G7 aspira a cobrarle a las empresas.
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