"La gente de Roubaix ya no se interesa por la política”. Ania Semoussi, 20 años, resume la mezcla de apatía y hartazgo que rodea las elecciones regionales y departamentales francesas.
Es más fácil encontrar una aguja en un pajar que hallar a un elector en esta localidad neurálgica del norte de Francia. “Mi familia piensa que votar no servirá para cambiar gran cosa”, añade Inès Moulay, 19 años, mientras toma un refresco con su amiga Ania, ambas estudiantes universitarias, en una cafetería delante del monumental Ayuntamiento, vestigio de cuando esta ciudad era la capital gala del textil.
Situada en la periferia de Lille, Roubaix simboliza los estragos que el neoliberalismo y la globalización causaron en la franja septentrional del territorio francés. Las fábricas se fueron y con ellas los puestos de trabajo. Una rica ciudad, en la que venían familias migrantes en busca de mejores oportunidades, se convirtió en la más pobre del país. Este ostracismo económico vino acompañado por el político, con el declive de la izquierda y el alejamiento de los socialistas y otras formaciones progresistas de las clases populares. El capitalismo dio la espalda a sus habitantes y estos hicieron lo mismo con las democracias de baja intensidad europeas. El resultado de ello: 84% de abstención en la primera vuelta y 82,4% en la segunda de las elecciones regionales. (...)
“Esta fuerte abstención es una señal inequívoca de la crisis de la democracia en Francia”, sostiene el economista y analista político Stefano Palombarini, coautor del libro L’illusion du bloc bourgeois, sobre la configuración sociológica del macronismo. “En los últimos once comicios en Francia, hubo al menos siete en los que la participación quedó por debajo del 50%”, recuerda el politólogo Patrick Lehingue, profesor en la Universidad de Picardie. Aunque este desencanto podría parecer transversal en el conjunto de la sociedad, “la abstención también depende de categorías sociales”, explica el sociólogo Raphaël Challier, quien ha publicado recientemente el libro Simples militants, comment les partis démobilisent les classes populaires.
Según este investigador del prestigioso Centre National de Recherche Scientifique (CNRS), esta huelga electoral “se debe, sobre todo, a la crisis de representación, a la gran distancia entre los representantes y los representados”. “Entre las clases populares hay un sentimiento creciente de pérdida del margen de maniobra de la política institucional. Una disminución de la capacidad de acción vinculada a la globalización y a la construcción europea”, afirma el politólogo Julien Talpin, también investigador del CNRS y especialista de los distritos y localidades populares y multiculturales, las famosas “banlieues”, siendo Roubaix un ejemplo emblemático de ellas.
Más que el pasotismo de los franceses, la abstención muestra hartazgo, desconfianza y la convicción de que los políticos son impotentes para resolver los principales problemas, como el paro o la precariedad. En Francia, este sentimiento se vio acentuado por la pandemia. Su gestión ha sido percibida por muchos ciudadanos como digna de un país de tercera, y reflejo de la falta de transparencia de las élites.
Así lo evidencia un paseo por las calles de Roubaix durante este periodo electoral. “He dejado de votar. Cuando las promesas no se cumplen, la gente termina harta de la política”, declara Guardia, de 38 años, una experta en seguros en paro, quien dice que solo acude a las urnas “para impedir que gobierne la extrema derecha”. “Siempre acabamos decepcionados por los políticos, además han gestionado muy mal la crisis sanitaria”, añade Sabrina, de 38 años, otra abstencionista que en estos momentos está realizando un periodo de prácticas en un gabinete de abogados.
“En un momento de salida generalizada de la crisis, la prioridad de la gente no es ir a votar, sino resolver sus problemas cotidianos”, afirma Nawri Khamallah, miembro de la Francia Insumisa y director de campaña de uno de los candidatos insumisos en las departamentales. Junto con un grupo de jóvenes militantes de izquierdas de Roubaix, salieron a repartir propaganda electoral a mediados de esta semana en uno de los barrios de clases medias bajas. Se pasearon por largas calles con las típicas casas de ladrillo de cara vista, emblema del pasado industrial del norte. Llamaban en cada una de ellas y preguntaban: “¿Van a ir a votar el domingo?”. Recibían casi siempre una respuesta negativa, a menudo, con el argumento de que no disponen de la nacionalidad francesa.
“El objetivo de la militancia consiste en mostrar a la gente que la respuesta a muchos de sus problemas es política”, reivindica Nassim Sidhoum, un joven militante ecologista que ocupa uno de los puestos de cola en la lista unitaria de la izquierda en la región de Hauts-de-France (norte). Las fuerzas progresistas se presentaron bajo una única candidatura –desde los insumisos hasta los socialistas, incluyendo los verdes y los comunistas– liderada por la eurodiputada ecologista Karima Delli, y ha sido el único territorio en el que no ha habido fragmentación de la izquierda. Pese a ello la lista solo consiguió el 19 % de los votos en la primera vuelta y el 21,9 % en la segunda, unos modestos resultados en una región que antaño fue un bastión de comunistas y socialistas. (...)
“Aquellas categorías sociológicas que se abstienen más los jóvenes o los obreros– son las más propensas a apoyar a la extrema derecha”, recuerda Lehingue. Por una vez, el partido de Le Pen no se aprovechó del malestar y el desencanto, sino que fue víctima de ellos. “Después de haber sufrido meses de restricción de vuestras libertades, os pido que desconfinéis vuestras ideas y reconduzcáis el resultado de esta primera vuelta”, pidió, en vano, con un tono bronco la líder de la Reagrupación Nacional durante la noche electoral de la primera vuelta. Tras haber logrado el 27% de los sufragios en las regionales de 2015, esta vez la ultraderecha cayó hasta el 20%. Un batacazo acentuado por la derrota en Provence-Alpes-Côte d’Azur, donde el frente republicano le cerró el paso al ultraderechista Thierry Mariani.
“El debate político de estas regionales ha estado monopolizado por el duelo Macron contra Le Pen con la mirada puesta en las presidenciales del año que viene. Casi todos los debates versaban sobre seguridad, inmigración y laicidad”, explica Palombarini. No obstante, “la mayoría de los franceses no quieren la repetición del mismo duelo que en 2017, ni se interesan por este tipo de temáticas securitarias”, sostiene este profesor en la Universidad París VIII.
Cuando el debate político-mediático se ve inmerso en una espiral derechista, una abstención masiva resulta casi una bocanada de aire fresco. Una huelga cívica, aunque no sirva para construir una alternativa. No obstante, este desierto electoral invita a pensar que el paisaje político francés no se encuentra tan petrificado como parece. La participación suele ser masiva en las presidenciales y seguramente las clases populares hablarán electoralmente en 2022.
¿La izquierda aún puede tener una oportunidad? Dividida y sin candidatos carismáticos e intachables, sus perspectivas resultan modestas. Pero quizás su remontada podría empezar interesándose por territorios como Roubaix, donde Mélenchon obtuvo el 37% de los votos (por una media nacional del 19%) en la primera vuelta de 2017. “La reconquista de estos barrios populares representa una gran oportunidad para las fuerzas progresistas. Debería ser uno de los grandes objetivos de la izquierda si quiere representar de nuevo los intereses de los oprimidos”, afirma Talpin." (Enric Bonet, CTXT, 28/06/21)
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