"En Argentina hubo un primer optimismo de pensar que la pandemia nos iba a mejorar, algo así como “de esta salimos mejores”. Después vino la gestión mundial de las vacunas, con toda la desigualdad que generó. El primer mundo vacunándose y el resto mirando: una especie de reafirmación de la lógica con la que funciona el mundo. (...) ¿pensás que la pandemia puede tener un saldo positivo para la agenda del progresismo, de la izquierda?
Aquí hemos hecho muchas bromas con eso del optimismo del primer momento, sobre que saldremos mejores o más juntos, pero no creo que fuera solo ingenuidad. No lo dijimos solo porque en algún momento se apoderó de nosotros una sensibilidad naif.
Creo que la raíz de que tuviéramos ese pensamiento se debe a que después de largas décadas, desde la contrarrevolución de la derecha neoliberal de los finales de los 70 y principios de los 80, estaba tan destruida la idea de comunidad y la idea de bien común. [..] que de pronto, aunque solo sea por un evento de salud pública, reaparecen en la discusión política términos y valores que un mes antes eran socialistas.
¿Cómo cuáles?
De repente el Estado puede decidir qué trabajos y qué empresas son esenciales. Eso no lo decide la rentabilidad, ni el mercado y no lo deciden los consumidores. De repente existe algo así como el interés general, y postular que las sociedades tienen objetivos comunes no es ser un totalitario, es simplemente querer que nos salvemos. Por tanto, de repente el individuo no es un sujeto único. El individuo caprichoso, que tiene tantos derechos como mercancías pueda comprar, no es el sujeto único de la política pública ni de la discusión; sino que asumimos que somos una sociedad, no un conjunto de individuos. […]
Eso, 15 días antes de la pandemia, era poner en suspenso algunos de los valores más duros del neoliberalismo doctrinario. “Oiga, ¿quién es usted para decirme que hay actividades más importantes que otras?”, “quién es usted para decirme que yo, como individuo, me tengo que preocupar más por la seguridad que por la libertad?”. (...)
¿Cuál es la discusión hoy? Lo que está en disputa hoy es si esa especie de comunitarismo y neokeynesianismo del momento de la crisis fue exclusivamente porque teníamos miedo o puede ser la pauta de la vida a partir de ahora en la nueva normalidad. Porque no hay nada nuevo en que los capitalistas adopten formas o se acerquen a formas de regulación cercanas al socialismo en momentos de miedo o de guerra. Eso siempre lo han hecho en realidad. (...)
En la pospandemia, ¿ves alguna similitud como momento propicio para las políticas públicas de Estado de Bienestar?
(…) Ahora bien, hay dos elementos que sí, y yo sé que es una respuesta contradictoria.
Una es, ciertamente, la presidencia de Biden, que era el candidato más moderado de los demócratas y gana sin mucha grandilocuencia de transformación social. Gana con postulados bastante mainstream , y sin embargo lo primero que dice es que se va a comprometer a llevar al G7 –y el G7 lo ha adoptado– una tasa impositiva del 15% mínimo real para las grandes corporaciones. Bueno, yo pertenecí de joven al movimiento anti-globalización, con el que recorríamos las contracumbres, y cuando decíamos esto nos tiraban gases lacrimógenos. De repente Biden, que es un moderado, lo sostiene.
Yo creo que los sectores capitalistas más avanzados, intelectualmente más desarrollados, han entendido que necesitan mayor cohesión social y Estados un poquito más fuertes para que sus negocios sigan siendo productivos, sigan rindiendo beneficios. Y esto es importante notarlo, porque mayor presencia del Estado no significa mayor beneficio para los sectores populares.
Que el Estado sea más grande no significa que la correlación de fuerzas necesariamente sea mejor para los más pobres. Significa que es necesaria una intervención pública mucho mayor para que las sociedades se sigan manteniendo y para que las posibilidades de hacer negocio sigan siendo prometedoras. Ahora bien, si bien más Estado no significa que estemos en sociedades más democratizadas, más Estado sí que abre la posibilidad a que esa discusión la demos.
Si aceptamos, por ejemplo, que el Estado necesita tener más capacidades para regular la salud pública, estamos más cerca de la discusión de que el Estado necesita garantizar la salud a todos sus ciudadanos, o de que el Estado necesita garantizar, igual que la salud, las pensiones o la educación.
O que si el Estado tiene que ser más grande, por ejemplo, para tener mucho músculo financiero para comprar vacunas, por ejemplo, también lo tiene que ser para tener laboratorios públicos o para tener una política de ciencia e investigación de largo recorrido que le garantice que tiene soberanía tecnológica, que se sabe adelantar a los problemas.
Ciertamente los retos que nos plantea el cambio climático –no a futuro sino ya– hacen necesario un tamaño, una dimensión, una fuerza y una presencia pública del Estado muchísimo mayor. Para garantizar que el agua llega, para garantizar la sostenibilidad de la agricultura, para garantizar y cuidar la salud de los ciudadanos, para garantizar el suministro energético, para intervenir en los precios de la energía para que las industrias sigan siendo rentables, para frenar las zonas de calor o las zonas de frío y cómo afectan a las poblaciones.
Es decir si, a su pesar, los capitalistas han tenido que echarse en brazos del Estado para enfrentar al COVID, para pasar este tiempo, solo ha sido el ensayo general de una transformación mucho más grande que es el cambio climático. […]"
(Entrevista a Íñigo Errejón, Federico Vázquez, Le Monde Diplomatique, agosto, 2021)
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