"(...) Hable sobre ese momento en que EE.UU. comenzó a bombardear y a ocupar Afganistán, cuando los talibanes dijeron que se rendirían y que entregarían a Osama Bin Laden y EE.UU. lo rechazó. El presidente Bush rechazó ambas ofertas.
SPENCER ACKERMAN: Ese fue un aspecto central de los inicios de la guerra contra el terrorismo y un presagio de cuáles serían sus implicaciones. Una vez que aceptamos el planteamiento que ofreció Bush de una guerra contra el terrorismo, nos vimos enfrascados en una lucha no solo contra al-Qaeda, el grupo responsable de los ataques del 11-S, sino en una lucha mucho más amplia contra un enemigo que cualquier presidente podría redefinir a su voluntad y plantarlo en el imaginario colectivo, valiéndose del discurso de un desafío civilizacional para EE.UU. en un futuro, un desafío que ponía en riesgo al país en sí mismo.
Hablemos sobre lo que ocurrió en ese momento en Kandahar. La Alianza del Norte, aliada de EE.UU., había expulsado a los talibanes de Kabul. El Emirato Islámico de Afganistán había caído, después de cinco a seis años en el poder, y reconocieron, tras una última batalla que intentaron librar en Kandahar y que no salió como esperaban, que el fin estaba cerca para ellos. Los talibanes le propusieron a Hamid Karzai, a quien EE.UU. designó como líder de Afganistán en la era postalibán, que siempre y cuando el mulá Omar pudiera vivir en una especie de arresto domiciliario, es decir, que no lo mataran ni que lo sometieran a juicio, ellos estarían dispuestos a entablar negociaciones sobre cuál podría ser su papel en un Afganistán postalibán. Algo así como un acuerdo político.
Karzai, a pesar de todos sus defectos, en los que EE.UU. contribuyó para luego criticarlo durante los años siguientes, conocía la historia afgana y reconoció que, a menos que hubiera algún tipo de futuro político para los talibanes, estos optarían por un futuro violento. Y ellos tenían una capacidad comprobada no solo para librar una insurgencia, sino para ganarla. Así que Karzai aceptó el trato.
Fue entonces cuando el Gobierno de Bush dijo que tal acuerdo era inaceptable, no para los afganos, sino para un EE.UU. que se atribuyó el poder, como lo ha hecho tan a menudo a través de su historia en muchas partes del mundo, de decirle a los afganos cómo iban a ser el futuro de su país. Todo lo que pasó en los siguientes 20 años de guerra ha contribuido, tal vez no de manera lineal, sino en una especie de descenso nauseabundo, al horror abyecto que hemos visto en el aeropuerto de Kabul: la gente desesperada por huir, al punto de aferrarse a aviones de carga C-17 y morir en la caída. Esta no es la alternativa a combatir en Afganistán; es el resultado de combatir en Afganistán.
AMY GOODMAN: Quiero pedirle que vaya aún más atrás, a los muyahidines respaldados por EE.UU. y a Osama bin Laden, también respaldado por EE.UU. Hable sobre lo que sucedió cuando EE.UU. decidió financiar a los muyahidines en la lucha contra la ocupación soviética de Afganistán y cómo los muyahidines volvieron sus armas, armas estadounidenses, contra EE.UU., así como del surgimiento de los talibanes a partir de eso.
SPENCER ACKERMAN: Sí, es importante porque una objeción a esto siempre va a ser que nosotros caracterizamos a los muyahidines afganos de los 80 como los talibanes. Pero ellos no eran los talibanes. Ellos fueron los precursores de los talibanes.
Lo qué pasó en la década de 1980 fue que la Union Soviética invadió Afganistán y EE.UU. vio una oportunidad para infligir una derrota a la Unión Soviética, su gran adversario geopolítico. Una derrota tan humillante y tan devastadora psicológicamente como la que EE.UU. sufrió en Vietnam por su propia soberbia imperialista. En el transcurso de los siguientes 10 años, EE.UU. y los servicios de Inteligencia pakistaníes y saudíes financiaron y dotaron de armamento a extremistas islámicos, rebeldes provenientes de Pakistán, entre ellos alguien que se convertiría en una figura profundamente familiar como aliado de los talibanes: Gulbuddin Hekmatyar, una persona particularmente brutal. A lo largo de la década de 1980, ellos infligieron daños importantes a los soviéticos, e hicieron que la ocupación, la brutal ocupación brutal soviética, fuera cada vez más violenta y prolongada, hasta que eventualmente los soviéticos se retiraron y, un par de años después, el régimen instalado por los soviéticos colapsó, de la misma manera en que estamos viendo colapsar el régimen que EE.UU. instaló.
El caos y la guerra civil subsiguientes fueron devastadores para Afganistán. Y de esas cenizas surgieron los talibanes, un grupo extremista que utilizó mecanismos extremos de sufrimiento y represión contra un pueblo, el afgano, con una larga historia de sufrimiento. Algo que EE.UU. nunca reconoció a lo largo de todo este período fue su propia responsabilidad en la desestabilización de Afganistán, no simplemente como una consecuencia de la lucha contra la Unión Soviética. Ese era el costo del enfrentamiento entre EE.UU. y la Unión Soviética, que todo un país, millones de personas, sufriera tremendamente, que fueran tratados como títeres de EE.UU., que sus aspiraciones, sus deseos de libertad y estabilidad, en el fondo, no eran importantes para EE.UU., como tampoco lo eran para la Unión Soviética.
Los talibanes tomaron el poder gracias al caos que resultó de todo eso. Ellos le dieron protección a Osama bin Laden. Pero no eran lo mismo que al-Qaeda. Y, después del 11 de septiembre, EE.UU. decidió que no había una distinción relevante entre al-Qaeda, los talibanes y lo que ellos denominaron “grupos terroristas de alcance global”. Básicamente, esto significa que a pesar de que la versión asentada de las políticas del Gobierno de Bush ya incluía un concepto extremadamente expansivo sobre quién podía ser un objetivo, desde grupos terroristas como al-Qaeda hasta regímenes enteros —de hecho el subsecretario de Defensa de Bush, Paul Wolfowitz, habló justo después de los atentados del 11-S sobre “terminar con Estados”—, en el sentido político y periodístico más amplio, y en el concepto popular, el enemigo podría ser todo o casi todo el Islam. A partir de ahí la población pasó a temer, de manera bastante inmediata, a los musulmanes estadounidenses, pasó a temer a sus vecinos. Pensaban que sus vecinos eran una amenaza, no toda la maquinaría bélica y la represión.
AMY GOODMAN: Spencer, algo que no ha tenido mucha cobertura en los medios es que, a medida que los talibanes tomaban control de Afganistán en las últimas semanas, también ejecutaron a un hombre clave que se encontraba en prisión: Abu Omar Khorasani, el exlíder del Estado Islámico en el sur de Asia. ¿Qué nos puede decir al respecto?
SPENCER ACKERMAN: Sí. Es una situación muy compleja que ha surgido en los últimos dos años de negociaciones entre EE.UU. y los talibanes, las cuales considero, en gran parte, negociaciones extraoficiales. No debería decir “extraoficiales”. Para ser un poco más específico, se realizaron sin autorización, hasta que fueron autorizadas. Fue algo así como una labor independiente de un coronel retirado del Ejército de EE.UU., Chris Kolenda, y de una exembajadora estadounidense en Pakistán llamada Robin Raphel.
Lo que descubrieron en sus conversaciones con líderes talibanes en Doha fue que los talibanes estaban bastante preocupados por la creciente presencia de una célula del Estado Islámico en Afganistán, que se autodenominó, o que EE.UU. denominó, Estado Islámico de Jorasán, o ISIS-K. En esencia, los talibanes temían una especie de nueva generación de entidades insurgentes extremistas que usarían la justificación del Islam dentro de Afganistán. Un temor bien fundamentado, se podría decir, dada la forma en que ISIS luchó y desplazó a al-Qaeda, la organización y entidad de la cual había surgido. Durante los últimos dos años vimos incluso, y sobre esto hubo un excelente reportaje realizado por Wesley Morgan, que los talibanes han sido los beneficiarios de los ataques aéreos de EE.UU. contra ISIS-K, al punto de parecer que… en realidad nunca llegaron a establecer una especie de modus vivendi [con EE.UU.] en que dijeran: “¿Saben qué? De hecho, tenemos un enemigo en común”. Pero esa era una dinámica a la que tanto los talibanes como EE.UU., particularmente los miembros más pragmáticos del Ejército de EE.UU., eran receptivos. Los talibanes veían a ISIS no como una nueva vertiente de al-Qaeda a la que había que patrocinar y permitirle un escenario para atacar a EE.UU. o a sus aliados o a sus intereses, etc., sino como un enemigo al que había que enfrentar, un enemigo al cual había que dominar y derrotar. Y cuando escuchamos todos estos comentarios apresurados sobre la necesidad de regresar a la guerra en Afganistán para que no se convierta en un escenario para más ataques contra EE.UU., vemos que no se ha captado aún o no se ha comprendido del todo ni se ha confrontado el hecho de que los talibanes están mostrando señales muy tempranas de ver a ISIS como una amenaza.
AMY GOODMAN: A Abu Omar Khorasani lo mataron. Lo ejecutaron, lo sacaron de una prisión en Kabul ese último día, el domingo 15 de agosto, mientras tomaban el control del país. Spencer Ackerman, hable sobre cómo influyeron la guerra y la ocupación estadounidenses, la brutalidad de los ataques aéreos de EE.UU., las torturas en la base de Bagram, las incursiones nocturnas, en la capacidad de los talibanes para reclutar nuevos combatientes.
SPENCER ACKERMAN: EE.UU. tiende a atribuir su brutalidad a cualquiera de las circunstancias que pretende lamentar cuando se manifiestan en el mundo. Afganistán es ciertamente un trágico ejemplo. Tras los ataques del 11-S, las élites políticas, periodísticas e intelectuales de EE.UU., hablando en sentido general, se negaron a reconocer las consecuencias históricas directas, terribles y trágicas de la desestabilización que EE.UU. causó en Afganistán en los 80, a tal punto que, gracias al apoyo de los talibanes a Osama bin Laden en el país, se pudieron planear y llevar a cabo los ataques del 11-S. Hay que resaltar que los ataques no fueron perpetrados por afganos, no provinieron de Afganistán y ni siquiera se planearon en Afganistán. Se planearon en mayor medida en Alemania. Sin embargo, ese fue un presagio inicial de lo que veríamos durante los siguientes 20 años, no solo en Afganistán, sino a lo largo de la guerra contra el terrorismo: una desconexión y una falta de voluntad para reconocer que las acciones violentas e imperialistas de EE.UU. dan origen a una nueva generación de sus propios enemigos. Eso fue evidente en el momento en que EE.UU. regresó a Afganistán.
A lo largo de la guerra en Afganistán, incluso en momentos en que las campañas de contrainsurgencia, al menos en teoría, servían para vender la idea de que proteger las vidas afganas y la propiedad, entre otras cosas, iba a ser determinante para la guerra, [EE.UU.] nunca actuó de esa manera. Nunca actuó como si la finalidad de la guerra fuera la protección de vidas afganas. Pero sí actuó, más a menudo, de tal forma que no había una distinción entre las vidas afganas y los enemigos afganos. Una de las principales razones de esto es que los ataques contra civiles afganos no eran necesariamente fruto de una decisión específica sino de la falta de capacidad para entender el país, para entender su dinámica y ser conscientes de las complejas relaciones que, de muchas formas, existían entre quienes luchaban junto a los talibanes y los talibanes mismos, o quienes ayudaban a los talibanes bajo amenazas a su propia vida o amenazas a su familia, o que simplemente trataban de sobrevivir como lo ha hecho tanta gente a lo largo de tantas guerras, absteniéndose de cometer actos que no perjudicaran a los talibanes, porque entendían las consecuencias que podrían padecer. Con el tiempo, todas estas cosas fortalecieron a los talibanes y los convirtieron, una vez más, en una alternativa aparentemente viable a EE.UU.
Por otro lado, la contribución estadounidense, aunque en realidad no
fue solo contribución de EE.UU., a la miseria en afganistán se dio a
través de la corrupción que siempre se atribuía a los afganos, pero que
en gran medida se alimentaba a sí misma. Los supuestos expertos en
desarrollo. la ayuda y el dinero para el desarrollo inundaron Afganistán
sin tener en consideración lo que una devastada economía como la afgana
podía absorber. Parte de ese dinero fue enviado de manera deliberada
por la CIA para pagar a los señores de la guerra y asegurarse de que, a
la larga, fueran sensibles a los intereses estadounidenses, que a menudo
eran intereses violentos e incluían cosas como las acciones del Mando
Conjunto de Operaciones Especiales durante la guerra en Afganistán, y en
particular de las Fuerzas Especiales del Ejército, cuando irrumpían en
las casas de personas sospechosas de ser talibanes o colaboradoras de
los talibanes. De nuevo, los talibanes, ni siquiera al-Qaeda, ni
siquiera el grupo que atacó a EE.UU., mucho menos el núcleo de al-Qaeda
que conspiró, planeó y ejecutó los ataques del 11-S. EE.UU. estaba ahora
en una guerra prolongada con quienes una vez dieron refugio y formaron
alianza con al-Qaeda, en lugar de con la propia al-Qaeda. EE.UU. era
responsable de lo que pasara en Afganistán pero nunca actuó de manera
responsable hacia el pueblo afgano. (...)" (Entrevista a Spencer Ackerman , , Rebelión, 09/10/2021)
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