"Existe una guerra entre quienes dicen que no hay una guerra y entre quienes dicen que sí la hay. Todo el mundo lo sabe. Las grandes tecnológicas, las farmacéuticas, las eléctricas han cavado sus trincheras. Enfrente, el Estado, y su defensa —con diezmados ejércitos— del interés general. Todo el mundo lo sabe. La sociedad, en tierra de nadie, solo posee herrumbrosas lanzas: las protestas civiles.
Las grandes organizaciones están echando un pulso al Estado y sus competencias. Impuestos, regulación, aranceles, desprotección de los empleados, falsos autónomos. Los ricos se han enriquecido más con la crisis sanitaria y los pobres continúan vestidos con la precariedad. Unos 12,4 millones de españoles viven en riesgo de exclusión social o pobreza extrema. El sol se derrama al igual que vidrio fundido sobre su existencia. Todo el mundo lo sabe. ¿Hasta cuándo soportará el Estado este pulso de las grandes organizaciones? ¿Qué perdurará del interés general? ¿Dónde está el equilibrio entre la libertad económica y el compromiso social?
Son, quizá, las grandes cuestiones de la década. Los más de 20 expertos que construyen esta pieza rasgan ese verso repetitivo de Leonard Cohen. “Todo el mundo lo sabe”. Premios Nobel de Economía, profesores del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), Harvard, Stern, Yale, London School of Economics (LSE), Berkeley, Princeton, Míchigan, Pompeu Fabra o figuras mundiales, como el economista serbio-estadounidense Branko Milanović —una de las principales voces que denuncian la desigualdad—, reconocen la guerra entre el interés general (Estado) y las grandes organizaciones.
Pero nadie menciona la palabra —como propuso Podemos, con las eléctricas o la banca— “nacionalización”. La respuesta es la ortodoxia económica. “Mayor transparencia, regulación y competencia”, resume por correo electrónico Thomas Philippon, profesor de finanzas en la Escuela de Negocios Stern de Nueva York. Aunque antes, sin concesiones, advierte: “Hay que obligar a esos colosos [tecnológicos] a que hagan tres cosas; sí o sí: pagar impuestos. Llevan 20 años evadiendo gravámenes de forma agresiva. Aceptar alguna forma de regulación y competir de manera justa. Han usado con demasiada frecuencia su poder de mercado para limitar la competencia”.
Este es el mundo y muchos parecen hablar únicamente desde sus bolsillos. Los números cuentan lo que se intuye. El año pasado, las cinco Big Tech (Apple, Amazon, Google, Microsoft y Facebook) ingresaron más de 1,2 billones de dólares. A Apple le sobra tanta liquidez que ha recomprado 90.000 millones (unos 77.300 millones de euros actuales) de acciones propias. Más o menos, el equivalente al PIB de Kenia. Los historiadores avisan de que el país ha regresado a una nueva edad de oro (1870-1901), cuando los monopolios ponían el nombre a todo.
El azúcar, las finanzas, el ferrocarril o el petróleo de Rockefeller. ¿Otra vez los desheredados de la Tierra serán más pobres y los privilegiados más ricos? “Hay una lucha trascendental entre los gigantes tecnológicos y la sociedad civil, o sea, los ciudadanos de a pie”, describe Daron Acemoglu, profesor de economía del MIT. “Este enfrentamiento tiene consecuencias importantes para nuestro futuro. Por ejemplo, el control de la información, la soberanía del consumidor y la participación ciudadana en la política”. Transitamos un momento difícil para saber hacia dónde amanecerá el mañana. “Pero hay un despertar de la sociedad civil sobre los peligros del poder y los planes de estas compañías. Quizá exista alguna esperanza en el futuro. Sin embargo, es una lucha desigual”, admite el docente. (...)
“La amenaza procede de dos vías”, alerta en conversación telefónica Branko Milanović, académico sénior en el Stone Center for Socio-Economic Inequality (Nueva York). “Igual que sucede con los monopolios clásicos, ahogan la competencia. Pero muchos de sus servicios son gratis. Algo que nunca ocurría con los tradicionales. Sin embargo, su capacidad para vender esos datos, que solo poseen ellos, los convierte en monopolistas frente a otras compañías”. La segunda “amenaza” es política. Amazon apenas tenía grupos lobbistas hace cinco años. Hoy gasta millones para influir en las leyes del país. “Si no se los detiene ahora, será imposible pararlos una vez que se hayan extendido a múltiples áreas de la economía”, advierte Milanović. (...)
Las corporaciones tecnológicas están devorando el mundo, como Saturno a su hijo: el interés general. “Y lo más dramático es que desde los organismos públicos no solo no se ha actuado con severidad para evitar esta acumulación de poder en unas pocas compañías, sino que, incluso, en algunos casos, se ha alentado esta concentración”, narra José García Montalvo, catedrático de Economía de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).
Y critica: “Resulta impresentable que Facebook [renombrada Meta, quizá con su nuevo nombre Zuckerberg quiera lavar, tal vez en el río de Angus Deaton, los pecados de sus manos] no haya cumplido una de las condiciones básicas de su fusión con Instagram y WhatsApp, que impide que las empresas puedan compartir datos. Pero ¿de verdad pensaba la autoridad de la competencia que se podría controlar lo que la firma haría con los datos una vez producida la compra?”, se cuestiona el experto. (...)
La sociedad arriesga mucho. “El plan de Google de conectar Arabia Saudí e Israel mediante fibra óptica e incluso crear nuevas monedas vulnera la soberanía de los Estados”, avisa Thomas Husson, analista principal de la consultora estadounidense Forrester Research. (...)
España tiene una defensa contra esta avalancha estadounidense, sin fracturar, por ahora, multinacionales inmensas y competidores desleales. Fiscalidad. Y evitar que a países como Irlanda —convertidos en cuasi paraísos tributarios— les crezca un trébol de cuatro hojas cada vez que se implanta una industria tecnológica extranjera. “Impuestos, gobernanza y regulación coordinada en el ámbito global y europeo”, propone Roberto Ruiz-Scholtes, responsable de Estrategia de UBS. Pero el “famoso” 15% mínimo que Europa aplicará al gravamen de sociedades (y que tras dos décadas ha aceptado a regañadientes Irlanda, con un coste de entre 800 y 2.000 millones de euros) apenas aportará 400 millones a España en 2023.
Ecos similares del hundimiento de la política contra los paraísos fiscales. “Además, durante demasiado tiempo, hemos dejado de lado las leyes anticompetencia. Resulta necesario tomárselas en serio, algo que llevamos sin hacer 20 años”, advierte Federico Steinberg, investigador principal del Real Instituto Elcano. Y añade: “En Europa estamos viendo un retorno de un mayor peso del Estado, de medidas socialdemócratas, de presupuestos expansivos en lo social”. (...)
Sin embargo, a veces, se abren cielos claros sobre ese horizonte de chatarra. Existen maneras de construir una relación “sana” entre las grandes empresas y el interés general. Carlos Martín, director del Gabinete Económico de CC OO, resume esa relación de vecindad y sus reglas. “No permitir que [las compañías] sean demasiado grandes para dejarlas caer o poner en peligro la competencia en los mercados”, propone. Interpretado de otro modo. “Los Estados deben estar muy bien empoderados y equipados para romperlas en unidades más pequeñas, si resulta necesario”, apunta. (...)
Movimientos de ajedrez. Proteger a la Reina. “Impedir la captura del
regulador prohibiendo la participación de expolíticos y altos
funcionarios del Estado en consejos, filiales o asociaciones”. Bloquear
las ‘puertas giratorias’. Fracturar el pronombre “mío”. “La propiedad
debería hacerse más temporal, rotatoria y líquida con el fin de promover
la igualdad de oportunidades desde el nacimiento, superando la
inequidad estructural que llega de lo aleatorio que supone nacer en una
familia acomodada o pobre”, zanja. ¿Qué mérito tiene crecer en un
entorno u otro? Nadie lo elige. No es el camino hacia una sociedad más
justa." (Miguel A. García Vega, El País, 14/11/21)
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