"(...) Estados Unidos se halla, sobre todo desde el último año, en un proceso de cambio que podría desembocar en uno de estos sucesos históricos que, pese a estar ocurriendo ante nuestras narices, negamos ignorando su realidad y sus repercusiones.
Su sistema democrático podría estar gravemente amenazado, y sus tensiones internas se encuentran en un punto de conflicto civil que roza el guerracivilismo, con las potenciales consecuencias que ello puede acarrear. Y esto es una cosa que debe preocuparnos a quienes siendo demócratas nos hallamos en la esfera de influencia estadounidense, porque como suele decirse, cuando Washington se resfría, toda Europa estornuda.
El Comité de Investigación del congreso sigue analizando los testimonios de los sucesos que rodean el asalto al Capitolio, y las pruebas se siguen acumulando en la responsabilidad de que dicho asalto fuera ideado por Trump como estrategia de mantenerse en el poder. Es decir, no se descarta que efectivamente, el asalto fuera una tentativa por parte del expresidente de medir sus fuerzas y su apoyo, quizás no para dar un paso autoritario, pero si para sembrar el camino a su más que clara reelección en 2024.
Que Trump tiene firmes posibilidades de ser presidente es claro dentro del clima que se respira en el país precisamente a raíz de la interpretación que se dio al asalto, ya que varía desde un acto en defensa de la democracia, a un intento de golpe de Estado liderado por un presidente en proceso de salida. Y la división interpretativa de ese hecho, ha generado en el país una confrontación, de momento irreconciliable. (...)
Actualmente dos tercios del electorado republicano cree que Trump fue expulsado ilegítimamente del gobierno, y más de una tercera parte de los votantes republicanos consideran en las encuestas que recurrir a la violencia para “salvar el país” sería un acto legítimo y patriota.
Y esa visión no se ciñe solo al espectro civil del electorado republicano.
En Diciembre de 2021, tres generales retirados del ejército estadounidense, denunciaron la existencia de planes por parte de las fuerzas armadas para dar un golpe de estado de cara a las elecciones de 2024. Los generales, Paul Eaton, Antonio Taguba y Steven Anderson, a su aviso añadieron que el potencial de un colapso total de la cadena de mando por líneas partidistas —desde arriba de la cadena al nivel de escuadrón— podría ser significante si ocurriera otra insurrección.
Junto a sus declaraciones, se suma la del jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, el general Mark A. Milley. Milley, el general con el mayor rango del ejército, comentó que había temido que Trump diera un golpe para perpetuar su mandato ante la victoria de Biden. Sus sospechas eran compartidas por más compañeros, hasta el punto de que varios generales en activo más mantuvieron contacto estrecho para vigilar que el presidente saliente no atentara contra los resultados electorales.
Las preocupaciones de estos excargos y altos cargos del ejército de que la institución vea la lealtad de sus integrantes hacia el gobierno fracturada internamente, y que esa división pudiera afectar a la actuación de las fuerzas armadas en caso de nuevos incidentes, no es baladí. De hecho, 124 generales y almirantes retirados firmaron una carta impugnando las elecciones de 2020, por lo que a su preocupante misiva hay que concluir que hay cargos militares de presumible alto rango y en funciones, que comparten esa visión falsa de un robo electoral y un consecuente gobierno ilegítimo.
A esta bola de nieve creciente hay que sumarle la constante crispación generada y mantenida, en el que a día de hoy la polarización ciudadana está ascendiendo a niveles en los que en varios casos ya no se habla de adversarios políticos, sino de enemigos políticos. No hay que olvidar que Trump enarboló premisas y visiones de Estados Unidos que retrotraen al periodo de secesión estadounidense. Recicló para el presente, buena parte del relato de la Causa Perdida que más de siglo y medio después de la guerra civil sigue sin haberse subsanado, y usó el victimismo ennoblecido que aun genera mares de tinta y lágrimas de supremacistas blancos para su campaña electoral. En su legislatura se fraguó una división simple y maniquea de la sociedad, los patriotas y los enemigos.
Tras su paso por las instituciones, y más de un año después del asalto al Capitolio, hay autores, analistas y un variado número de personajes públicos que hablan de la posibilidad de una guerra civil en EEUU. Y lo que resulta profundamente preocupante de ello es que no resulta una locura pensarlo.
Actualmente el país pugna por dos formas, relatos, modelos y valores de país que son absolutamente incompatibles entre sí, la voluntad de negociación y de debate de ambas visiones de país está harto abandonada y la percepción del Otro es de hostilidad. Sumado esto a que ambas partes parecen haber interiorizado que la única forma aparente de hacer prevalecer sus ideas es el sometimiento del contrincante, en un país dominado por la propiedad de armas, da una combinación peligrosa. Hay quien menciona, en este análisis de “Segunda Guerra Civil”, que siempre retrotrae a la guerra de secesión, la idea de que EEUU se acabe desbrozando en dos nuevas entidades debido a esta situación de tensionamiento ideológico extremo, pero eso es más que descartable.
La guerra de secesión se dio porque los Estados del sur, no querían perder su mano de obra esclava y sabían que no conseguirían que en el norte se generara una regresión legislativa que devolviera a la población negra a la esclavitud, por lo que solo les quedaba dejar de formar parte de la unión. En esta ocasión ninguno de los dos grupos hegemónicos (sabiendo que hay más, si bien no tan influyentes) se plantea dividir el país, sino homogeneizarlo de acuerdo a su visión y proyecto político.
Lo que parece claro, es que si Biden sigue por el camino que parece empeñado en mantener, de grandes discursos progresistas y ninguna política de cambio estructural en los grandes temas de la nación (racismo, sanidad privatizada, pobreza incluso entre quienes tienen uno o más empleos, cero persecución real de organizaciones armadas de extrema derecha que amenazan con atentar…) serán los republicanos quienes tomen el relevo. Esto pasa inherentemente porque sea Trump o alguien de su círculo familiar, quien tome la presidencia, y puede incluso que la próxima vez no necesite medir el ambiente social para decidirse a no aceptar futuras elecciones que lo echen. (...)
La evolución que le espera al país es incierta, y requiere de un
seguimiento que alcance lo que queda de legislatura para ver de lo que
son capaces los demócratas. No se trata de caer en el tremendismo, ni de
inculcar miedo gratuito acerca de un conflicto armado inminente en el
país, pero es innegable que si no se da una planificación gubernamental
que se centre y se tome muy en serio la situación, esta escalada solo
puede desembocar en derroteros violentos. (...)" (Ander Moraza, El Salto, 23/01/22)
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