" Tres soluciones y sólo una viable: una negociación diplomática urgente
(...) Hay tres posibilidades de que Rusia no gane esta guerra. La primera es una negociación diplomática urgente.
La segunda, una guerra nuclear que termine con el poder militar ruso.
En esta opción, es más que probable que Europa, Ucrania incluida, no
tenga nada que celebrar. No parece una opción aconsejable. Es posible
que le sirviese a Estados Unidos si pensase que podía limitar a Europa
un conflicto nuclear, aunque no es realista pensar que Rusia estuviese
dispuesta a limitar la destrucción nuclear a Europa. La tercera opción
sería que Putin hiciese caso a lo que diga Estados Unidos, cosa que no
parece. (...)
Cuatro meses después, la invasión de Ucrania entra en un escenario más
que preocupante. Probablemente, ya sean decenas de miles los civiles y
militares muertos en ambos bandos, amén de la destrucción de
infraestructuras que ha costado años crear. Con todo, si la diplomacia y
la negociación no se imponen, es muy posible que lo peor aún esté por
llegar.
Rusia controla el espacio aéreo ucraniano y ha tomado bajo el control de
su ejército gran parte de la región del Donbass, las provincias de
mayoría cultural rusa que se negaron a reconocer al gobierno surgido del
golpe de Estado del Maidan en 2014 y que han estado sometidas al ataque
constante del ejército ucraniano y las milicias filonazis, hoy
integradas en la policía y el ejército ucraniano.
Ocho años machacando a conciencia a la población de Donbass
“Nosotros tendremos trabajo y ellos no; nosotros tendremos pensiones y
ellos no; nosotros tendremos prestaciones para los pensionistas y los
niños y ellos no; nuestros hijos irán a la escuela y a la guardería, los
de ellos se quedarán en los sótanos, porque no pueden hacer nada”.
Estas palabras las pronunció el presidente golpista Piotr Poroshenko en
diciembre de 2014, unos meses después del golpe y con el ejército
bombardeando poblaciones del Donbass. Se le puede ver pronunciándolas en
el documental Donbass de la directora francesa Anne-Laire Bonnel.
Efectivamente fue lo que pasó. Durante ocho años la población de esa
zona se vio obligada a vivir en los sótanos, a pesar del acuerdo de alto
el fuego de Minsk. La invasión rusa de Ucrania empezó el 24 de febrero
de 2022, pero la guerra contra la población rusófila llevaba ya ocho
años ante la complicidad de la OTAN y la UE, con un balance de 14.000 muertos, la mayoría civiles.
Más allá de las valoraciones que se hagan sobre la lentitud y el coste
para los rusos de lo que hablan tan a menudo las fuentes anónimas de la
inteligencia británica, lo cierto es que Rusia controla toda la franja
del mar de Azov (una quinta parte del territorio de la Ucrania
soviética) y amenaza con cerrarle la salida al mar Negro, ocupando
Odessa, la emblemática ciudad de El acorazado Potemkin, de mayoría rusa al igual que el resto.
Frente a esta situación, Estados Unidos ha anunciado que suministrará a
Ucrania misiles con un alcance de 300 kilómetros. Esta medida va a
llevar la guerra a un estadio de destrucción muchísimo mayor,
básicamente en detrimento del pueblo ucraniano. De hecho, Rusia ha
amenazado con responder al uso de estos misiles atacando las principales
infraestructuras ucranianas. Esperemos que la diplomacia se imponga
antes de que veamos el resultado de esta nueva fase.
No hay muchos motivos para la esperanza. Estados Unidos está encantado
con un conflicto en el que dice estar dispuesto a sacrificar hasta el
último ucraniano y hasta el último euro. Es una forma lógica de intentar debilitar a Rusia sin implicarse directamente en la guerra.
Lo que no se entiende es la posición de la UE, convertida en el pagano
económico de la estrategia de Estados Unidos y en correr el riesgo de
que alguno de esos misiles se desvíe de trayectoria. La posibilidad de
que la guerra implique directamente a la OTAN a través de Polonia o
Rumanía es un hecho cada vez más cercano. La reciente decisión de
Lituania de cerrar el corredor de Kaliningrado es lo más parecido a una
declaración de guerra. Y Lituania forma parte de la OTAN.
Tres soluciones y sólo una viable: una negociación diplomática urgente
(...) Hay tres posibilidades de que Rusia no gane esta guerra. La primera es una negociación diplomática urgente. La segunda, una guerra nuclear que termine con el poder militar ruso. En esta opción, es más que probable que Europa, Ucrania incluida, no tenga nada que celebrar. No parece una opción aconsejable. Es posible que le sirviese a Estados Unidos si pensase que podía limitar a Europa un conflicto nuclear, aunque no es realista pensar que Rusia estuviese dispuesta a limitar la destrucción nuclear a Europa. La tercera opción sería que Putin hiciese caso a lo que diga Estados Unidos, cosa que no parece. (...)
Lo mismo que para la UE pero aumentado vale para Ucrania. O elige negociar y ceder una parte de la antigua república socialista o se arriesga a perder mucho más, sin contar el coste añadido en vidas y bienes. Es una elección muy dura, pero la menos mala. Es lo que ocurre cuando uno se empeña en convertir en ratas a los vecinos y no se tiene la fuerza suficiente. Si la guerra continúa, Ucrania corre el serio riesgo de seguir perdiendo más territorio: Odessa, Járkov o Kiev pueden terminar volviendo a ser territorio ruso. Si la guerra se generaliza, la nueva Ucrania será de cenizas. (...)
Europa, los europeos, ya estamos pagando un alto precio por esta guerra
que nos ha convertido en la nueva Ucrania, en la nueva frontera y no
tiene visos de reducirse. Al contrario, a la sangría escandalosa de los
bolsillos de los trabajadores se une la amenaza de una posible recesión
económica. La tormenta perfecta. La patronal ya está presionando para
que los trabajadores y pensionistas pierdan un IPC que está rondando el
8%.
“¿Periodismo? de guerra”, seguridad y control
En otro orden de cosas, estos cuatro meses han puesto de manifiesto el
descenso a los infiernos de la información y las libertades. Algunos de
los montajes propagandísticos no han tenido nada que
envidiar a los del supuesto ataque iraquí a una maternidad de Kuwait.
Las televisiones se empeñan de que están transmitiendo información real
en tiempo real y desde el lugar de los hechos. Falso de toda falsedad.
La realidad es que los periodistas que están en la zona de
guerra se ven constreñidos a ir a donde les interesa llevarlos a la
autoridad de la zona y su información se ve limitada a la que les
suministra esa misma autoridad. Ese es el triste marco de la información de guerra por más que nos la intenten adornar con falsos atributos. (...)" (Manuel González , Mundo Obrero, 27/06/22)
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