"Primero jerarquizó la suscripción de Tratados de Libre Comercio con los países conectados a su propio océano. Posteriormente incentivó la articulación de esos convenios, en el conglomerado zonal de la Alianza del Pacífico (AP).
Esa avanzada comercial fue sucedida por una oleada de financiamiento, que en la última década alcanzó 130 mil millones de dólares en préstamos bancarios y 72 mil millones en adquisiciones corporativas. Esa consolidación crediticia fue afianzada con una secuencia de inversiones directas, centradas en obras de infraestructura para mejorar la competitividad de su abastecimiento.
Esa enorme red de puertos, caminos y corredores bioceánicos abarata la adquisición de materias primas y la colocación de los sobrantes industriales. América Latina ya es el segundo mayor destino de ese tipo obras, que se expanden a un ritmo galopante. Con el soporte chino se construyen actualmente nuevos puentes en Panamá y Guyana, metros en Colombia, dragados en Brasil, Argentina o Uruguay, aeropuertos en Ecuador, ferrocarriles e hidro vías en Perú y carreteras en Chile (Fuenzalida, 2022).
La adquisición de empresas se concentra en los segmentos estratégicos del gas, el petróleo, la minería y los metales. China apetece el cobre de Perú, el litio de Bolivia y el petróleo de Venezuela. Las firmas estatales de la nueva potencia desenvuelven un papel protagónico en esas capturas. Anticipan o determinan la presencia subsiguiente de las compañías privadas. El sector público chino alinea todas las secuencias a seguir en cada país, en función de un plan diagramado por Beijing.
La entidad financiera de ese comando (Banco Asiático de Inversión en Infraestructura), provee los fondos requeridos para elevar las tasas de inversión directa a los niveles récord de la región. Esos promedios anuales saltaron de 1.357 millones de dólares (2001-2009) a 10.817 (2010-2016) y transformaron a Latinoamérica en el segundo mayor destino de colocaciones de ese tipo.
China comienza a coronar su penetración económica integral con la provisión de tecnología. Ya disputa la primacía de sus equipos 5G, a través de tres empresas insignias (Huawei, Alibaba y Tencent). Negocia contra reloj en cada país la instalación de esos equipos, en choque con sus competidores de Occidente. Logró acuerdos favorables en México, República Dominicana, Panamá y Ecuador, mientras tantea la predisposición de Brasil y Argentina (Lo Brutto; Crivelli, 2019).
ASTUCIA GEOPOLÍTICA
China captura los mercados de América Latina, combinando audacia económica con astucia geopolítica. No confronta abiertamente con el rival estadounidense, pero para concertar convenios exige a todos sus clientes la ruptura de relaciones diplomáticas con Taiwán.
Ese reconocimiento del principio de “una sola China” es la condición de cualquier acuerdo comercial o financiero con la nueva potencia. A través de esta vía indirecta, Beijing consolida su peso global y corroe el tradicional sometimiento de los gobiernos latinoamericanos a los dictados de Washington.
Es muy llamativa la velocidad con que China consiguió imponer ese cambio. La influencia que había logrado mantener Taiwán hasta el 2007 en Centroamérica y el Caribe fue erosionada por la diplomacia de Beijing, que volcó a su favor a Panamá, la República Dominicana y El Salvador. Esa secuencia demolió a las representaciones de Taipéi, que tan sólo conservaron oficinas en pequeños o relegados países de la región, al cabo de una asombrosa secuencia de rupturas (Regueiro, 2021)
Ese resultado es muy impactante, en una región tan sensible a los intereses de Estados Unidos. El gigante del Norte siempre privilegió la cercanía de esa zona y su gravitación para el comercio mundial. China penetró en ese corazón de la influencia yanqui, erradicando a las delegaciones taiwanesas y transformándose en el segundo socio de la zona. (...)
Beijing extendió esta misma estrategia a Sudamérica y negocia con gran tenacidad la ruptura de Paraguay, que es uno de los 15 países del mundo que aún mantiene el reconocimiento de Taiwán. También en este caso actúa con gran paciencia, ocupando paulatinamente mayores espacios y sin confrontar abiertamente con Washington. Las ofertas de negocios son la tentadora prenda que ofrece Beijing a las elites pronorteamericanas. Convoca a priorizar los réditos económicos, en desmedro de las preferencias ideológicas.
Durante la pandemia, China añadió otra carta al coctel de atracciones que pone a disposición de los gobiernos latinoamericanos, para ganar su favoritismo. En el dramático escenario prevaleciente durante la infección, desenvolvió una inteligente diplomacia del barbijo con grandes ofertas de las vacunas. Aportó el material sanitario que la administración de Trump retaceaba a sus tradicionales protegidos del hemisferio. (...)
China concentra sus baterías en la esfera económica evitando choques en el plano geopolítico o militar. Ha seleccionado el campo de batalla más favorable para su perfil actual. Circunvala el universo bélico y apuesta todas sus barajas al avance de la Ruta de la Seda. (...)
Beijing se arriesga a conformar un nuevo entramado de negocios más autonomizado de la vieja protección imperialista. Espera que la propia globalización de la economía contrarreste las tendencias a la dislocación y al consiguiente desenlace confrontativo. La factibilidad de ese horizonte en el mediano plazo es muy dudosa, pero en el interregno ha creado un escenario inédito. Una potencia captura enormes porciones de la economía mundial, sin hacer valer la correspondiente fuerza militar. El imperialismo norteamericano no ha encontrado hasta ahora ninguna respuesta frente a semejante desafío. (...)
Al cabo de varias décadas de intensa expansión sólo ha instalado una base militar, en un punto estratégico de África (Djibuti) y no ha participado en ningún conflicto armado. Afrontó en los años 60 tensiones armadas con India y chocó con Vietnam en la crisis camboyana. Pero esos datos del pasado no reaparecen en la estrategia defensiva actual. (...)
Un contundente abismo separa a la expansión china del patrón imperial estadounidense. Beijing no cuenta con bases militares en Colombia, ni mantiene una flota en el Caribe. Tampoco utiliza sus embajadas para organizar conspiraciones. No financió los complots de Guaidó, el golpe de estado de Añez, el desplazamiento de Zelaya, la remoción de Aristide o la destitución de Lugo.
China tampoco repite las asonadas de la CIA, las operaciones de la DEA o las capturas del FBI. Hace negocios con todos los gobiernos, sin incidir en la política interna. La contraposición con el descarado intervencionismo de Washington salta a la vista. (...)
Las inversiones de China en minería, agro y combustibles presentan muchos puntos de contacto con los corredores extractivistas del IIRSA, que Estados Unidos propicia desde hace décadas. Pero la gestión de esa infraestructura depende en el primer caso de las empresas y los estados nacionales que suscribieron esos contratos. No opera allí el dispositivo militar, judicial, político y mediático, que Estados Unidos sostiene en todo el continente para asegurar sus negocios.
Es indudable que frente a ambas situaciones corresponde auspiciar políticas de protección de los bienes comunes, para apuntalar los procesos de integración regional, que permitan utilizar esos recursos en forma productiva. Sobre este corolario no existen divergencias significativas en la izquierda latinoamericana. La discrepancia radica en cómo deben posicionarse los procesos políticos soberanos, frente al dominador estadounidense y frente al financiador, cliente o inversor chino. Un trato equivalente para ambos casos obstruye la batalla efectiva por la unidad regional. (...)
China no actúa como un dominador imperial, pero tampoco favorece a Latinoamérica. Los convenios actuales agravan la primarización y el drenaje de la plusvalía. La nueva potencia no es un simple socio y tampoco forma parte del Sur Global. Su expansión externa está guiada por principios de maximización del lucro y no por normas de cooperación.
Beijing amolda los acuerdos con cada país de la región a su propia conveniencia. En Perú y Venezuela concertó asociaciones con empresas estatales. En Argentina y Brasil optó por la compra de compañías ya asentadas. En Perú se ha convertido en un gran jugador del sector energético-minero. Maneja el 25% del cobre, el 100% del mineral de hierro y el 30% del petróleo. Esa flexibilidad de tratados con cada país es determinada en China por rigurosos cálculos de beneficio.
América Latina necesita una estrategia propia para retomar su desarrollo y crear los cimientos de un rumbo socialista. Estos pilares pueden sintonizar, pero no convergen espontáneamente con la política exterior de China. El gigante asiático es un potencial socio de ese desenvolvimiento, pero no un aliado natural y resulta indispensable registrar esas diferencias observando lo ocurrido en otras zonas del planeta. (...)
China avanza en distintas partes del mundo afianzando la gravitación de su propia economía a costa del rival estadounidense. Ese doble movimiento podría apuntalar el desarrollo de la periferia, si contemplara convenios acordes a ese desenvolvimiento y no meros lucros para los capitalistas locales asociados con el gigante asiático. Sólo el primero tipo de enlaces permitirían apuntalar un proyecto emancipatorio común.
La estrategia que sigue china en su propio entorno regional no está guiada por estos principios. Genera avances y éxitos que refuerzan su influencia, pero sin lazos visibles con futuros socialistas. (...)
Muchos analistas repiten esas evaluaciones por admiración al desarrollo logrado por China o por deseos de contagio, a través de la mera asociación con el nuevo gigante. Con esa mirada alimentan todas las creencias en una cooperación mutualmente favorable, que no se verifica en las relaciones actuales.
Reconocer esa carencia es el punto de partida para promover otro
tipo de acuerdos, que apuntalen el desenvolvimiento latinoamericano,
junto a la meta popular de un futuro de creciente igualdad social. Ese
objetivo exige, además, una batalla teórica contra el neoliberalismo que
abordamos en nuestro próximo texto. (...)" ( , Rebelión, 24/03/2023)
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