8.3.23

La República Federal de Alemania consiguió un descuento de entre 50% hasta 75% en su deuda, puesto que, además de las reducciones directas, no se capitalizaron los intereses vencidos. Hubo una quita sustantiva de casi la mitad de la deuda, con una reducción de un tercio de los intereses. Estos quedaron fijos... la reducción de las tasas de interés fluctuó entre 0% y no más del 5%. Le otorgaron largos períodos de gracia para realizar las amortizaciones, tanto que recién el 3 de octubre de 2010 Alemania terminó de pagar la deuda pendiente. El servicio de la deuda se estableció a partir de la capacidad de pago de su economía... Así, dicho servicio se supeditó a un excedente de exportaciones garantizado por los propios acreedores... Incluso una buena parte de los pagos se pudo hacer en moneda alemana... Los acreedores se propusieron no desequilibrar la situación financiera de la economía alemana ni afectar sus reservas de divisas... Se trató de un arreglo que devolvió la credibilidad económica a Alemania para que vuelva a ser un socio del capitalismo metropolitano fortaleciendo su capacidad económica... Lo que fue bueno para Alemania, por qué no es bueno para el resto

 "(...) la larga historia de “la deuda eterna”[6] de los países del sur global. Se contratan créditos, muchas veces presionados por los acreedores -bancos y/o empresas transnacionales y/o gobiernos-, que lucran de esos empréstitos. Poco más adelante, en vista de que no se ha considerado la real capacidad de pago, normalmente cuando cae la demanda de las materias primas que exporta el país deudor, se suspende el servicio de las deudas. Posteriormente se reestructuran los compromisos imposibles de cumplir consiguiendo nuevos créditos, al tiempo que se ajusta la economía del deudor con recortes del gasto público, privatizaciones, eliminación de subsidios, entrega de yacimientos de minerales o petróleo, entre otras muchas condiciones, que forman parte de estos procesos para asegurar los excedentes que permitan servir la deuda. En algunos casos se reactiva por un tiempo la economía, si mejoran las condiciones internacionales, hasta que se reanuda este ciclo… Y así, una y otra vez, con algunas diferencias menores propias de cada coyuntura, se repite esta historia interminable, en la que el papel cómplice y hasta corrupto de varios actores de los Estados deudores y por cierto también de los acreedores es una constante. La interrelación corrupta entre acreedores y deudores es inocultable: bien sabemos que “el tango se baila entre dos”. 

Los logros concretos de un arreglo envidiable

Este país europeo, destrozado por guerra que desató en 1939, con su industria desmantelada, pero con una base tecnológica superior a lo que actualmente se considera un país de ingresos medios, recibió un tratamiento que ya quisieran obtener otros países con deudas asfixiantes, incluyendo la misma Europa.

En ese contexto arrancó una conferencia en Londres para encontrar una salida definitiva a todas las deudas alemanas. A más de las deudas mencionadas previas a la segunda guerra mundial, se incorporaron las deudas de otras instituciones públicas, incluyendo créditos obtenidos por deudores privados alemanes. Igualmente fueron negociados los prestamos que Alemania había obtenido de quienes le habían derrotado por segunda ocasión, principalmente de Estados Unidos, empeñados en financiar la reconstrucción alemana con el Plan Marshall. Además, se quería que este país pueda acceder lo antes posible a créditos de la banca internacional y así reintegrarse nuevamente al comercio mundial.

Se trabajó a pasos acelerados. Una primera jornada se dio del 28 de febrero al 8 de agosto de 1952,con un único receso de seis semanas, para concluir en la fecha que estamos recordando. Participaron en ella representantes de 22 países acreedores (entre ellos Grecia), otros tres países mandaron observadores, el Banco de Pagos Internacionales (BIZ),como así también representantes de los acreedores privados. Los Estados Unidos, en medio de una “guerra fría” que se calentaba aceleradamente, presionaron para acelerar las negociaciones, las razones geopolíticas eran evidentes.

Cabe destacar que antes del comienzo mismo de las negociaciones, se había logrado un alivio por el lado del interés y sobre todo del interés compuesto acumulados desde la suspensión de pagos en 1932. Con ese antecedente, en Londres se consiguieron condiciones dignas de ser recordadas.

 En realidad no fue un simple alivio temporal, sino una solución duradera. Alemania obtuvo ventajas envidiables. Concretamente, la República Federal de Alemania consiguió un descuento de entre 50% hasta 75% en su deuda, puesto que, además de las reducciones directas, no se capitalizaron los intereses vencidos. Alcanzó una drástica reducción de las tasas de interés, que fluctuaron entre 0% y no más del 5%. Le otorgaron largos períodos de gracia para realizar las amortizaciones, tanto que recién el 3 de octubre de 2010 Alemania terminó de pagar la deuda pendiente. El servicio de la deuda se estableció a partir de la capacidad de pago de su economía, definida en base a informes preparados por el banquero Hermann Joseph Abs, quien presidía la delegación alemana; él fue muy claro cuando afirmó que la solución debía ser “aceptable para los acreedores y pagable para los deudores”.[7]Así, dicho servicio se supeditó a un excedente de exportaciones garantizado por los propios acreedores, permitiendo que Alemania impulse una política industrial de sustitución de importaciones fundamental para su reconstrucción. Así las cosas, la relación servicio-exportaciones, que no podía superar el 5%, alcanzó su valor más alto en 1959 con un 4,2%. Dicho servicio representó el nivel más alto con 4,49% del gasto fiscal alemán en 1953.  Incluso una buena parte de los pagos se pudo hacer en moneda alemana.

Una comparación con lo que consiguen los países del sur marca una envidiable diferencia.

Londres, un arreglo cualitativamente sostenible

Más allá de las impactantes cifras del Acuerdo de Londres, cuentan sus elementos cualitativos, de largo más aleccionadores que los simples números mencionados. No fue un vulgar acuerdo de reestructuración de deudas como los que se dan en el mundo empobrecido como parte de un proceso sin fin de refinanciamientos atados a condicionamientos económicos normalmente imposibles de satisfacer. Se trató de un arreglo que devolvió la credibilidad económica a Alemania para que vuelva a ser un socio del capitalismo metropolitano fortaleciendo su capacidad económica fue un claro objetivo del Acuerdo de Londres. Los acreedores se propusieron no desequilibrar la situación financiera de la economía alemana ni afectar sus reservas de divisas.

Los acreedores asumieron conscientemente pérdidas para viabilizar el acuerdo. Se negoció con todos los actores tanto acreedores como deudores, en una sola operación; de esta manera se evitó, por el lado de los acreedores, que aparezcan los conocidos como “fondos buitre” o “polizones” que buscan lucrar de la moratoria de un país deudor. Hubo una quita sustantiva de casi la mitad de la deuda, con una reducción de un tercio de los intereses. Estos quedaron fijos. Los plazos de pago fueron claros. Con esta negociación, a la postre, los propios acreedores resultaron beneficiados al consolidar la posición de un importante socio comercial.

Inclusive se estableció la posibilidad de suspender los pagos para renegociar los términos pactados si había alguna alteración sustantiva que limitara la disponibilidad de recursos, esto es, se estipularon cláusulas de contingencia. Incluso se definió un sistema de arbitraje independiente, al que, por cierto, nunca fue necesario recurrir gracias a las generosas condiciones acordadas; también en algunas circunstancias potenciales litigios con los acreedores podían ventilarse en los tribunales alemanes.

Un punto clave, la capacidad de pago, definida por los propios alemanes no por los acreedores, se estableció considerando la real situación de la economía; en esta operación no participó el Fondo Monetario Internacional(FMI), que empezó a funcionar a fines del año 1945.[8]Como para completar el arreglo, los mismos acreedores aceptaron introducir una suerte de ajuste en sus economías para asegurar la compra de productos alemanes. En conclusión, Alemania, con el Acuerdo de Londres, encontró un gran impulso para su renombrado “milagro económico”.

No hay duda que este tipo de arreglo resulta apetecible para los países del sur global.  Tan es así que el canciller Helmut Schmidt, en 1983, concluyó que “los países en desarrollo están ahora en una situación similar a la del Estado alemán en la década de 1920; (cuando) Alemania no podía llevar a cabo sus pagos de ´reparación´”.[9] Una aseveración que, sin embargo, no transcendió en acción practica alguna para que los países del sur puedan obtener un tratamiento similar. Es más, en la actualidad, parece que esta experiencia ha sido totalmente olvidada en el mundo de las grandes potencias, incluyendo Alemania.

Es evidente que el acuerdo londinense debe ser ubicado en el entorno geopolítico del momento; un manejo que se ha repetido de alguna manera en otros casos. Así al igual que Alemania, en 1971, Indonesia, con la coordinación del mismo banquero alemán de las renegociaciones de la deuda alemana en 1953, se benefició de un acuerdo similar por el deseo político de las potencias de occidente de apoyar al gobierno que había “alejado la amenaza comunista”, asesinando a más de medio millón de personas. Tratamientos parecidos se repitieron años después con Polonia, para facilitar su recuperación económica luego de concluido el régimen comunista. Más tarde se instrumentó un plan similar con Egipto, para asegurar su lealtad durante la gigantesca operación bélica de Washington y sus aliados en contra del Irak en1991. Y la historia se repitió con Pakistán, a fines del año 2001, en medio de la denominada “guerra contra el terrorismo”, pues los Estados Unidos necesitaban su apoyo para bombardear Afganistán. Y ese sería el camino para facilitar el pago de las deudas y la reconstrucción de Ucrania…

Lo que fue bueno para Alemania, por qué no es bueno para el resto…

Las lecciones que se podrían extraer de esta negociación histórica constituyen un referente para exigir cambios sustantivos en el manejo de la deuda externa. Los acreedores fueron hace 70 años más eficientes en términos económicos y aún más humanos de lo que son hoy. A contrapelo de “tanta generosidad” con una nación doblemente agresora, los países del sur global-países que incluso no han invadido a vecino alguno- están atados a una rueda sin fin de refinanciaciones de sus deudas y de empobrecimiento continuado.

La deuda, como se ha demostrado hasta la saciedad con su largo historial, asoma como un mecanismo de exacción de recursos desde los países pobres y de imposición de políticas desde los países ricos. La deuda, no solo las deudas financieras, normalmente son herramientas que sirven para reafirmar las desigualdades de todo tipo.

Cuando está en el interés político de los acreedores resolver un problema de deuda con medidas integrales, como sucedió con Alemania en 1953, lo hacen. Aparece la voluntad política. En la mayoría de los casos la deuda -lo que engarza con otro axioma que también se podría pedir prestado al mismo Clausewitz- es un acto de poder cuyo objetivo es forzar al país deudor a hacer la voluntad de los acreedores. Y los acreedores, lo sabemos, no están dispuestos a perder su poder.

Esta realidad sostiene lo “eterno” de las deudas de muchos países del sur, inclusive del sur europeo como es el caso de Grecia en la actualidad.[10] Y en este contexto, en pleno siglo XXI, Alemania, la economía más poderosa de Europa, se ha transformado irónicamente en uno de los acreedores más inflexibles.

Desde esa perspectiva, cabe replantear las alternativas reconociendo el carácter político de la deuda, que incluso supone un reto global. No podemos seguir aceptando los acuerdos orquestados por el FMI y el Banco Mundial, que no pasan de ser una suerte de parches financieros al tiempo que son poderosas palancas para seguir profundizando el carácter de economías primario exportadores de los países del sur global, atendiendo siempre los intereses de los acreedores.

 El Acuerdo de Londres nos ofrece un listado de temas a considerar para enfrentar la deuda externa: capacidad de pago, quitas sustantivas de deuda, reducción importante de las tasas de interés, transparencia en las negociaciones para determinar los beneficios de las partes, cláusulas de contingencia, esquemas de manejo de controversias y posibilidad de un arbitraje justo y transparente, entre otras muchas cuestiones brevemente descritas en este texto. Para avanzar en este camino buscando soluciones duraderas son necesarios, aunque no suficientes, aquellos reclamos de condonación y anulación de deudas, las auditorias ciudadanas[11] y las reiteradas denuncias de tantas violencias y corrupciones atadas al endeudamiento externo.

Empero, a más de las soluciones inspiradas en los elementos fundamentales de dicho Acuerdo para muchos países en el mundo, se requieren respuestas globales. Hay que desarmar la posibilidad de que la deuda externa siga siendo esa herramienta del poder imperial de los Estados, de la gran banca, de las grandes empresas transnacionales, que cuentan con la complicidad de muchos actores en los Estados deudores, sean los propios gobiernos, los grandes grupos empresariales, la tecnocracia criolla o los poderosos medios de comunicación.

Hoy más que nunca es el momento de viabilizar un marco jurídico regulador del sistema financiero internacional. Pensemos en un Código Financiero Internacional, pactado, acordado y acogido a nivel mundial, sin excepción, por todos los actores. El objetivo a más corto plazo de este código es servir como instrumento para, dentro de lo posible, aminorar los impactos negativos de las crisis financieras generadas por la evolución cíclica del capitalismo. Con este Código se debería establecer la legalidad y legitimidad de todas las actividades financieras. El servicio de la deuda en ningún caso debería mermar las inversiones sociales y/o forzar a renovados saqueos de la Naturaleza. A partir de ese Código habría que configurar una serie de instancias e instituciones que permitan el flujo indispensable de recursos financieros internacionales en clave con transiciones socio-ecológicas orientadas a la construcción de otros horizontes civilizatorios.[12] Así sería recomendable constituir un Tribunal Internacional de Arbitraje de Inversiones y Finanzas, un Tribunal Internacional de Arbitraje de Deuda Soberana[13],un Banco Central Mundial -sin injerencia del Banco Mundial y del FMI, cuya desaparición es más que recomendable-. (...)"                      (Alberto Acosta , Rebelión, 27/02/2023)

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