"Mientras Estados Unidos se centra en su enfrentamiento con Rusia en Ucrania y la creciente competencia con China, Medio Oriente volvió a aplicar a sus asuntos las soluciones de siempre: matrimonios de conveniencia entre las potencias rivales. No se trata de «matrimonios sagrados» al estilo católico, integrales y permanentes, sino de tranquilos acuerdos pragmáticos para sobrevivir mediante relaciones de corto plazo, acordes con las cambiantes condiciones estratégicas. Si tan solo Israel pudiera entenderlo.
Por supuesto, un factor relativamente constante —la religión— sí juega un papel importante en la clasificación de los países de la región como rivales o aliados, pero la brecha entre suníes y chiitas recibió un peso excesivo en las evaluaciones de los cambios diplomáticos de la región. Los intereses geopolíticos y la supervivencia de los regímenes siempre están por encima de las identidades religiosas. Esto ayuda a explicar por qué los regímenes árabes conservadores mostraron una capacidad sorprendente para resistir tanto la agitación interna —por ejemplo la rotunda derrota de la fuerzas prodemocráticas durante la primavera árabe— como las presiones externas.
Los países del Golfo son un ejemplo de este enfoque obstinado. orientados a los negocios y a la sombra de estados depredadores como Irak e Irán, se preocupan mucho más por el comercio y los acuerdos discretos de seguridad que por la ideología. Una demostración especialmente llamativa de ese pragmatismo diplomático tuvo lugar el mes pasado, cuando Arabia Saudita, líder del mundo sunita, restableció relaciones con el Irán chiita.
Más allá de los titulares que anunciaron con bombos y platillos el papel de China como mediador en el acercamiento, la lógica detrás del cambio es clara: para Irán —desesperado por salir de las crisis económicas y sociales que impulsaron los levantamientos populares de los últimos meses— Arabia Saudita es una línea salvavidas muy necesaria; para los sauditas, el fracaso de la campaña de «máxima presión» estadounidense contra Irán —principalmente debido a la alianza de la República Islámica con China y Rusia— y el inminente surgimiento de Irán como estado nuclear obligan a la distensión. Es muy probable que Arabia Saudita también se haya visto motivada por la perspectiva de poner fin a la guerra en Yemen, donde sufrió derrotas humillantes a manos de los hutíes, representantes de Irán. Con paz, el Reino podría centrarse en diversificar la economía para reducir el predominio del petróleo y los petroquímicos.
Arabia Saudita, una economía que depende del comercio, solo puede prosperar en un contexto de paz y seguridad. Su apertura hacia Irán es parte de un arreglo regional mayor. Los Emiratos Árabes Unidos restablecieron las relaciones diplomáticas con Irán el año pasado y se espera que Bahréin los imite pronto. Turquía se ha comunicado tanto con Siria como con Israel, y los estados árabes parecen estar permitiendo que Siria —con el baazismo, su particular régimen laico y nacionalista— vuelva al redil. El mes pasado, el presidente sirio Bashar al-Ássad, rechazado y convertido en paria desde hace mucho, visitó los EAU, y hay expectativas de una reconciliación entre los sauditas y el «carnicero de Damasco».
También en este caso, el principio rector fue el pragmatismo. Las situaciones distintas requieren políticas distintas, y en un momento en que EE. UU. —el archienemigo internacional principal de Ássad— se muestra menos asertivo en la región, Siria se ve como un socio legítimo. Pero nadie debiera esperar que la Liga Árabe reciba a Siria si solo se compromete a reducir el despliegue militar iraní en su territorio. Una característica clave de los matrimonios de conveniencia en Medio Oriente es que no conllevan cambios políticos que reflejen los intereses centrales de las partes. Irán no reducirá el apoyo a Hizbulá en el Líbano, independientemente de que tenga o no embajadas en Arabia Saudita. De igual manera, el acercamiento entre sauditas e iraníes no cambiará el hecho de que EE. UU. es el garante en última instancia de la seguridad de Arabia Saudita. Tampoco lleva a descartar un acuerdo de paz entre sauditas e israelíes, la familia Saúd siempre está interesada en diversificar sus opciones estratégicas.
Antes de que pueda lograrse un acuerdo entre sauditas e israelíes, sin embargo, Israel tendrá que poner en orden su situación política, evitar escaladas en los territorios ocupados, congelar la expansión de los asentamientos y recuperar su relación con EE. UU. Más fundamental aún es que los israelíes deben entender lo que ya comprenden los árabes, turcos e iraníes: los acuerdos pragmáticos serán mucho mejores que la búsqueda de una imposible victoria total. El Acuerdo de Abraham, que normalizó las relaciones diplomáticas entre Israel, los EAU, Bahréin, Marruecos y Sudán, fue más el resultado de la presión estadounidense que de la experiencia diplomática israelí. Y, para sus nuevos socios árabes, la situación israelí ya se está deteriorando, no solo por la crisis local, sino también porque se negó a repensar su estrategia frente a Irán. Mientras que otros países de Medio Oriente se adaptan a las condiciones estratégicas actuales, Israel sigue comprometido con la «guerra entre sombras» contra Irán, con ataques encubiertos que incluyen acometidas con drones y ciberataques, además de ataques aéreos contra objetivos iraníes en Siria. A pesar de la plétora de matrimonios recientes, la falta de visión y coraje de los líderes israelíes implica que es poco probable que vayan a pasar pronto por el altar." (
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