"Tras el discurso del Papa sobre la "bandera blanca" (es decir, sobre la necesidad de negociaciones) se produjo una copiosa producción de artículos, en los que se afirmaba básicamente que, puesto que Putin era un agresor, era justo, lícito y necesario que fuera derrotado y castigado.
A lo que es fácil responder que como el zar no está convencido de ello, toda esta argumentación choca con la única condición indispensable para el cese de la guerra, la voluntad de ambas partes de hacer la paz, y por tanto también de Putin. Pero si pasamos de la crítica de salón a valorar la exhortación del Papa a la luz de la teología cristiana -que tanto ha tenido que ver en el derecho internacional- veremos que los presupuestos de lo que propugna el pontífice están todos ahí.
Leamos a Francisco Suárez, que además de teólogo es jesuita. Escribe que la "guerra de defensa no sólo es siempre lícita, sino que a veces incluso está prescrita" y además incluso la de agresión no es mala en sí misma "sino que puede ser lícita y necesaria" si se cumplen las condiciones señaladas por los teólogos: que la guerra sea declarada por el poder legítimo, que haya una causa justa y un modo correcto de llevarla a cabo.
De Vitoria también consideraba legítima la guerra defensiva en cualquier caso, incluso por parte de particulares (agraviados). Cualquier comunidad política (es decir, unos y otros) puede declarar y llevar a cabo una guerra. Incluso la guerra de agresión puede ser justa si tiene por objeto proteger un derecho (propio) ofendido.
Pero aunque la guerra de agresión también puede ser justa y la guerra defensiva es siempre justa, los teólogos-juristas escolásticos plantearon el consiguiente problema de que, en tal caso, podría ocurrir que los beligerantes se jactaran de luchar por una causa justa.
De ello se deduce que, si se desea el cese de la guerra, no es realista condicionar el resultado a la restauración del derecho lesionado por el "crimen de agresión", tal como ha sido declinado en todas sus formas por las almas bellas (¿?), sino llegar a un acuerdo que pueda tener en cuenta las posiciones (y situaciones) de las partes beligerantes, aunque no coincidan -de hecho casi nunca coinciden- con el orden anterior. Casi todas las guerras terminan en tratados: las pocas que no concluyen de este modo son las peores. Porque, o bien terminan con un dictado no negociado, sino impuesto por el vencedor, o bien cuando el enemigo es destruido políticamente (véase Alemania en 1945, el Reino de las Dos Sicilias en 1861, etc. etc.), de modo que no hay enemigo con el que negociar, en representación de la comunidad vencida.
Porque lo que se olvida y lo que la Iglesia no ha olvidado es que el enemigo no es sólo el que hace (o contra el que hacemos) la guerra, sino también el sujeto con el que se puede -y normalmente se concluye- la paz. No es sólo el perturbador del orden -como en la narración de los Alguaciles Globales-, sino aquel con quien se construye un nuevo orden." (Teodoro Klitsche de la Grange, Italia e il mondo, 16/03/24; traducción DEEPL)
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