6.5.25

Ece Temelkuran: El mes pasado, pocas semanas después de las arbitrarias primeras detenciones y denegaciones de entrada en las fronteras estadounidenses, tenía que ir a la Universidad de Princeton como profesora invitada... Pregunté a los profesores que me habían invitado si les parecía seguro viajar. Me recordó a cuando, estando yo en Turquía, mis amigos periodistas europeos me preguntaban si los detendrían. Y, como yo entonces, los profesores americanos me respondieron dubitativos y con medias frases: «Bueno...Sabes..»... Para curarnos en salud, acabamos inclinándonos por la opción online... supe que esa sedosa conexión que hay entre nosotros, los humanos, se había cortado. A ellos su país se les antojaba más oscuro y yo, por mi parte, pensé en desentenderme de su infortunio en estos malos tiempos. Al fin y al cabo, sabía lo que pasaría. Así es como un país deriva hacia la oscuridad, no como consecuencia de las órdenes de un dictador, sino del abandono a sus ciudadanos por parte del resto del mundo, de la desaparición de esos millones de hilos de seda que nos mantienen unidos como humanidad... Lo inaceptable se normalizó a una velocidad tal que, apenas unas semanas después de la crisis en la frontera, la Unión Europea comenzó a distribuir teléfonos prepago entre aquellos de sus trabajadores que tenían que viajar a Estados Unidos... Al final, las personas acaban encontrándose en apuros «de forma poco probable, pero no totalmente descartable»... Y en esa inquietante ambigüedad subyace el rasgo distintivo del fascismo de hoy en día... Una de estas nuevas características del fascismo del siglo XXI es que se parece a la nube. Después de todo, es la versión política del «capitalismo de la nube»... Ahora está en Turquía, operando para encarcelar a los rivales políticos de Erdogan; ahora en Israel, matando de hambre a los niños palestinos. Después aparece en la costa italiana para devolver a los refugiados al mar y se planta de pronto en Estados Unidos, haciendo que llueva sobre un nuevo país con la policía fronteriza. El fascismo estilo nube tiene infinitas manos cometiendo crímenes impredecibles con una arbitrariedad de la que intentamos ser conscientes y a la que intentamos adaptarnos

 "El mes pasado, pocas semanas después de las arbitrarias primeras detenciones y denegaciones de entrada en las fronteras estadounidenses, tenía que ir a la Universidad de Princeton como profesora invitada para hablar sobre el fascismo global. Pregunté a los profesores que me habían invitado si les parecía seguro viajar. Me recordó a cuando, estando yo en Turquía, mis amigos periodistas europeos me preguntaban si los detendrían. Y, como yo entonces, los profesores americanos me respondieron dubitativos y con medias frases: «Bueno...Sabes..».. Decidieron recurrir a un despacho de abogados. Después de darle muchas vueltas al tema, el informe final fue, también, inquietantemente ambiguo: «Aunque una detención es poco probable, no podemos descartarla al cien por cien». Para curarnos en salud, acabamos inclinándonos por la opción online.

Al final todo fue aparentemente bien, pero yo he estado en el otro lado de esta historia y supe que esa sedosa conexión que hay entre nosotros, los humanos, se había cortado. A ellos su país se les antojaba más oscuro y yo, por mi parte, pensé en desentenderme de su infortunio en estos malos tiempos. Al fin y al cabo, sabía lo que pasaría. Así es como un país deriva hacia la oscuridad, no como consecuencia de las órdenes de un dictador, sino del abandono a sus ciudadanos por parte del resto del mundo, de la desaparición de esos millones de hilos de seda que nos mantienen unidos como humanidad.Mientras tanto, lo que había comenzado como algo absurdo y alarmante -académicos, intelectuales y gente de a pie con ideas a los cuales se les denegaba la entrada o se encarcelaba durante semanas tras inspeccionar sus teléfonos móviles- se convirtió en algo normal. Lo inaceptable se normalizó a una velocidad tal que, apenas unas semanas después de la crisis en la frontera, la Unión Europea comenzó a distribuir teléfonos prepago entre aquellos de sus trabajadores que tenían que viajar a Estados Unidos. Algunos países europeos aconsejaron a sus ciudadanos LGBTQ que no viajaran a América, como si de una recomendación de viaje de TripAdvisor se tratara. Una farsa que comenzó sin aviso previo continua ahora con absoluta arbitrariedad. Al final, las personas acaban encontrándose en apuros «de forma poco probable, pero no totalmente descartable», tal y como escribía el despacho de abogados en su informe final. Y en esa inquietante ambigüedad subyace el rasgo distintivo del fascismo de hoy en día.

Muchos de nosotros -escritores, pensadores y políticos- intentamos encontrar un término con gancho para el fascismo de hoy. Yo he acabado pensando que, en el fondo, no tratamos sólo de analizar, sino también de atraer la atención de la gente para poder alertarlos convenientemente. Puede que eso de «si pudiera dar con la palabra adecuada, la gente se pararía a escuchar. Quizás entonces harían algo» sea demasiado humano. De hecho, es fascismo viejo del bueno, sólo que con nuevas gafas y gadgets glamurosos, como una aplicación actualizada con nuevas características. Una de estas nuevas características del fascismo del siglo XXI es que se parece a la nube. Después de todo, es la versión política del «capitalismo de la nube».

El término fue acuñado por el economista y político griego Yanis Varoufakis. Éste dice que existe un nuevo sistema económico en el que las grandes tecnológicas, sobre todo las que operan en la nube, han sustituido a los clásicos pilares capitalistas, como los mercados y beneficios, por plataformas y rentas. Este sistema se caracteriza por la creación de sistemas feudales digitales en los que los individuos trabajan para esas plataformas, convirtiéndose voluntariamente en feudos digitales. Es como en la Edad Media, pero en versión digital. Nadie se lanza por sí mismo a este nuevo sistema de esclavitud, por supuesto; sin embargo, todo parece acontecer como si se tratara del orden natural de las cosas.

El término «nube» nos dice mucho de la realidad actual del mundo. Como en la nube, el sistema es vago, mutable y escurridizo -está en todas partes y en ningún lugar-, lo cual se parece mucho a las nubes que viajan con la tormenta. Ahora está en Turquía, operando para encarcelar a los rivales políticos de Erdogan; ahora en Israel, matando de hambre a los niños palestinos. Después aparece en la costa italiana para devolver a los refugiados al mar y se planta de pronto en Estados Unidos, haciendo que llueva sobre un nuevo país con la policía fronteriza. El fascismo estilo nube tiene infinitas manos cometiendo crímenes impredecibles con una arbitrariedad de la que intentamos ser conscientes y a la que intentamos adaptarnos. Como los feudos de la nube, nos hacemos a ello. Y, al poco tiempo, perdemos la capacidad de sorprendernos, normalizando la nube a regañadientes, como si fuera un fenómeno natural con el que tenemos que vivir. Como si la nube, simplemente, fuera. Sólo tienes que dejar tu móvil en casa cuando te vayas a América. Cómprate uno de prepago. No es para tanto. Si ves una nube, coge un paraguas y apresúrate a adelantar a aquellos que no lo tienen.

El fallecido Papa Francisco llamó a esta actitud del paraguas «indiferencia global». Con frecuencia se refirió a la dignidad humana como la última línea de defensa de la moralidad humana contra todo lo indigno de nuestra actual realidad política y económica. Yo lo entendí no sólo como la dignidad del pobre que la desigualdad destroza. La dignidad, como valor humano central que nos une a todos, es vulnerable de muchas otras formas. Aquellos que se pueden permitir los paraguas para protegerse del fascismo tipo nube, que se compran el móvil prepago sin protestar, también tienen la dignidad hecha trizas, por mucho que anestesien sus corazones para no sentirlo. El Papa no dejó de señalar a la dignidad herida de la humanidad; y aludió a la resistencia civil cuando afirmó que, si las leyes no son lo suficientemente buenas, uno puede ir contra ellas para ponerse del lado de un bien mayor.

Para acabar, en el documental biográfico sobre Wim Wenders, éste dijo: «Revolución. No tengáis miedo de la palabra». Una palabra que durante un tiempo estuvo acompañada de cierta sorna, de un sarcástico entrecomillado de manos, en los círculos intelectuales progresistas. Esa sorna es el símbolo de nuestra pérdida de fe en la humanidad y del comienzo de nuestra sumisión a la nube más oscura. El Papa, mientras tanto, sonreía cuando la pronunciaba. Qué gran diferencia.

Esta nube nuestra, este fascismo tipo nube, está recorriendo el planeta, descargando su lluvia ácida sobre todos nosotros. Aun así, cada vez que aparece en un país, sus ciudadanos se comportan como si fuera la primera vez y sólo les estuviera pasando a ellos. Se repite la sorpresa que marca el comienzo de nuestra retirada, y creer que un paraguas lo suficientemente grande, hecho exclusivamente para nuestra nación, puede salvarnos, es el comienzo de nuestra derrota. La cuestión es si conseguiremos hacer que la nube se vaya antes de la derrota definitiva. Como humanidad, lo que nos separa de esta oscura nube es la cuestión de la fe. Quizás no en Dios, pero sí en la gozosa entidad divina que se materializa cuando las personas se unen para defender su dignidad. Una nube de resistencia que sea tan arbitraria, mutante e impredecible como el fascismo tipo nube. La omnipresencia de la resistencia estilo nube de la dignidad humana puede parar esta lluvia ácida. No digo «revolución» pues, al fin y al cabo, no soy el Papa. Que descanse en el gozo de la dignidad y la carcajada existencial.

(Ece Temelkuran , Revista de prensa, 05/05/25, fuente El Mundo)

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