"Sostengo que los Estados europeos se han convertido en objetivos legítimos al participar en los ataques contra Rusia. Las reacciones emocionales y, a menudo, histéricas que provoca este argumento revelan el alcance de la radicalización que envuelve a Europa.
La mayoría de los países evitan enviar armas a Estados en guerra precisamente porque hacerlo les expone al riesgo de convertirse en participantes en el conflicto. Muchos líderes occidentales, desde Boris Johnson hasta Marco Rubio, reconocen que se trata de una guerra por poder. Los Estados europeos proporcionan armas, inteligencia, selección de objetivos, planificación y contratistas. Los líderes europeos hablan abiertamente de la necesidad de llevar la guerra al territorio ruso y de destruir las refinerías rusas, al tiempo que amplían rápidamente la producción de armas de largo alcance para respaldar este objetivo. Ahora también se están lanzando ataques desde el territorio de los Estados bálticos. Por lo tanto, es difícil negar que los Estados europeos están directamente involucrados en acciones militares contra Rusia. A medida que esta implicación se intensifica, Rusia se ve sometida a una presión cada vez mayor para tomar represalias y restablecer su capacidad de disuasión. Todo esto debería ser de sentido común, pero en Europa, reconocer la marcha hacia la guerra se considera una observación controvertida. ¿Por qué?
Las respuestas que recibo rara vez abordan este argumento directamente. En su lugar, se centran en la invasión de Ucrania por parte de Rusia y en los crímenes de guerra. Independientemente de la opinión que se tenga sobre esas cuestiones, estas no alteran la cuestión de la participación occidental en los ataques contra Rusia. El argumento implícito parece ser que Rusia es excepcionalmente malvada y, por lo tanto, Occidente está justificado para atacar a Rusia, mientras que a Rusia no se le permite responder. La mayoría de la gente reconocería que si Rusia hubiera lanzado misiles contra Washington o Londres en respuesta a la invasión de Irak, se habría entendido como un ataque ruso con consecuencias impredecibles. Al atacar a las fuerzas rusas en Ucrania, los Estados europeos se vieron envueltos en el conflicto; al atacar dentro de la propia Rusia, están profundizando aún más esa implicación y haciendo inevitable una represalia rusa. El derecho de Ucrania a la autodefensa no tiene nada que ver con el debate sobre la participación europea. Hubo un tiempo en que el presidente Biden argumentó que enviar F-16 a Ucrania significaba la Tercera Guerra Mundial; hoy en día, este argumento sería calumniado y censurado en Europa como «propaganda rusa». El instinto de autoconservación ha desaparecido.
Sostengo que los europeos se han radicalizado porque ahora parece existir la creencia generalizada de que reconocer la realidad de la implicación europea es una traición. En su mente, la realidad es una construcción social. Advertir de que Europa podría encaminarse hacia una guerra directa con Rusia se condena como una forma de «legitimar» la represalia rusa y se descarta como una postura «prorrusa». El predominio del constructivismo y el énfasis en los «actos de habla» han llevado a la creencia de que incluso utilizar el análisis realista y debatir sobre intereses nacionales contrapuestos implica legitimar la realpolitik y, por lo tanto, construir socialmente una realidad más peligrosa. Los actos de habla se refieren al uso del lenguaje como fuente de poder para construir realidades políticas e influir en los resultados. Todo se interpreta como declaraciones normativas sobre lo que uno apoya o desea que sea el funcionamiento del mundo, en lugar de reconocer una realidad objetiva del mundo. Si uno no participa en este autoengaño suicida, se le acusará de haberse puesto del lado de Rusia. Si esta mentalidad radicalizada hubiera prevalecido durante la Guerra Fría, nunca habríamos sobrevivido.
Los académicos en Europa se ven obligados a asumir el papel de activistas. Es imposible analizar los conflictos sin que se le exija condenar a Hamás, Irán, Rusia y el «otro» para demostrar que se ha puesto de nuestro lado. Esta es la prueba de fuego ideológica para determinar si se le permite participar en el debate o si debe ser expulsado de la sociedad civilizada. El papel de los académicos es analítico, no moralista. El objetivo es explicar las motivaciones, la distribución del poder y el comportamiento estratégico. Un análisis objetivo nos permite buscar la mejor política para maximizar nuestra seguridad. La exigencia de ajustarse a la postura moral «correcta» y a los actos de habla aprobados por la UE implica la participación obligatoria en el esloganismo emocional e histérico. Cuando la premisa de cualquier debate es que nos encontramos en una lucha entre el bien y el mal, entonces la seguridad solo puede significar victoria o disuasión. La guerra crea paz, la diplomacia es apaciguamiento, y los europeos celebran la ignorancia al criminalizar la capacidad de reconocer las preocupaciones de seguridad de la otra parte.
En Europa, también se considera «propaganda rusa» argumentar que el expansionismo de la OTAN provocó la guerra de Ucrania. Las abrumadoras pruebas que lo respaldan son irrelevantes y bajo ninguna circunstancia se debatirán, ya que se considera un argumento inmoral que legitima la invasión de Rusia. Nuestros líderes políticos enmarcan todas sus políticas como «proucranianas»: el derrocamiento de Yanukóvich, el armamento de las milicias de extrema derecha, el sabotaje del acuerdo de paz de Minsk, el ignorar las preocupaciones de seguridad de Rusia, el apoyo a la militarización, el boicot a la diplomacia, etc. ¿Qué hace que esto sea «proucraniano»? ¿Acaso algo de esto ha beneficiado a Ucrania? Estas preguntas no pueden plantearse porque se consideran «prorrusas». Todo el mundo siente empatía por la espantosa situación en Ucrania y desea apoyar a quienes sufren, y los líderes europeos se han arrogado el derecho de monopolizar lo que implica una postura «proucraniana»: luchar hasta el último ucraniano.
Del mismo modo, las advertencias sobre la marcha de Europa hacia la guerra con la mayor potencia nuclear del mundo al participar en los ataques se consideran esfuerzos traicioneros para reducir la confianza, la legitimidad y el apoyo a los esfuerzos bélicos de la OTAN a instancias de Rusia. «A quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco»."
(Glenn Diesen , blog, 20/05/26, traducción Salvador López Arnal )
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