Para muchos, AIG sería como España: aunque su economía esté mucho más saneada que la griega, el tamaño de su deuda es sustancialmente distinto así que Grecia podría terminar saliendo de la zona euro, pero los 600.000 millones de euros al año que nuestro país necesita de los mercados financieros hacen imposible que España saliera de la eurozona sin arrastrarla en su caída.
La asimetría de percepciones no deja de resultar sintomática: mientras que en España confiamos en que la recuperación económica de Francia y Alemania tirará de nuestra economía, generando exportaciones, turismo, inversiones y empleos que nos permitirán reducir el déficit y financiar nuestra deuda, en muchos países europeos piensan que España lastra, cuando no pone en peligro, sus perspectivas de recuperación.
El guión de un equipo de televisión holandesa, de paso por Madrid estos días, apenas contenía matices: 20% de paro y 12% de déficit, todo ello aderezado con imágenes de las viviendas vacías que Paco el Pocero ha dejado en Seseña y una pregunta en el titular, ¿Hundirá España la eurozona? Desgraciadamente, así es como nos ven fuera de España estos días. No esperemos compasión alguna: muchos europeos odian hoy tanto al sur de Europa como los americanos a Wall Street.
Por el momento, Europa ha salvado los muebles, pero está obligada a hacer una profunda reflexión sobre lo ocurrido. La crisis ha mostrado las limitaciones de la unión monetaria. Pero corregir estas limitaciones supondría una mayor integración política y económica, cosa que Alemania no quiere de ninguna manera.Con todo, lo escalofriante de la crisis no es la dinámica de los mercados financieros, cuyo negocio es la volatilidad, sino la reproducción de estereotipos y juicios sobre el carácter nacional que domina el debate estos días. Después de todos estos años de integración europea, ¿hay algo que de verdad nos una? ¿Cuál es el sentido último de Europa más allá del mero utilitarismo económico?" (JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA: ¿Se salvará Europa?. El País, ed. Galicia, internacional, 15/02/2010, p. 6)
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