Dado que Grecia había perdido su independencia en la función de crear moneda, el mecanismo de reporto era verosímilmente la única manera de inyectar "dinero vertical" en Grecia, una vez que el BCE frenó la expansión de su balance general a medida que se desaceleraba la crisis. Así, varios banqueros centrales europeos empezaron a decir a micrófono abierto que la suspensión temporal de las reglas del BCE se levantaría a fin de año (apuntando al mecanismo que permite al BCE la tenencia y el reporto de deuda pública mal calificada de la zona euro). Y subitáneamente, hete aquí que surge una crisis en toda regla en Grecia.
¡Y qué oportuna! Especialmente porque venía a dar finalmente a Berlín la palanca para imponer totalmente su versión penitencial de la teoría económica a los pretendidamente indolentes gorrones meridionales del Mediterráneo. Lo que se calla convenencieramente es la idea de que, cuanto mayor sea el lapso de tiempo en que los PIIGS (Portugal, Italia, Irlanda, España y Grecia) se vean forzados a trastabillear por un sendero de crecimiento estancado, tanto más persistirán los déficits presupuestarios y tanto mayor será la deuda pública en relación al PIB, es decir, tanto mayores serán los problemas por los que ahora se pretende castigarles. Es como si alguien tuviera mucha fiebre a causa de la gripe y, por eso mismo, se le negaran los medicamentos. Emprenderla contra los estabilizadores automáticos con programas de austeridad es empresa fútil, a menos que se empiece por desmantelar buena parte de la capacidad automática que está en el origen de esos estabilizadores.
Y eso es exactamente lo que está pasando ahora. Como ha observado Bill Mitchell:
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