5.4.10

La 'bancarrota moral' de la iglesia católica... y la del Papa

"Ratzinger calló ante las denuncias contra el abusador de 200 niños. El Papa fue alertado por un obispo de EE UU cuando dirigía el Santo Oficio - El Vaticano alega que no actuó porque el pederasta era anciano y enfermo.

El Vaticano aparece cada día más superado por la crisis de la pederastia clerical. La exclusiva publicada ayer por The New York Times sobre el difunto sacerdote Lawrence Murphy, quien abusó durante años de unos 200 niños sordos en Wisconsin y nunca fue denunciado ni expulsado de la Iglesia, interpela directamente al Papa y a su número dos y secretario de Estado, Tarcisio Bertone.

Los documentos publicados parecen probar que los dos altos cargos vaticanos intentaron tapar el caso cuando dirigían la Congregación para la Doctrina de la Fe. En 1996, el entonces prefecto Joseph Ratzinger dejó sin respuesta dos cartas sobre el asunto enviadas por el arzobispo de Milwaukee. En ellas se contaban los abusos cometidos por Murphy, que trabajó como educador de niños sordos entre 1950 y 1974.

Ocho meses después de que Ratzinger recibiese las cartas, su número dos, Bertone, ordenó a los obispos comenzar un juicio canónico secreto que podía haber llevado a la expulsión de Murphy. Pero poco después paralizó la orden. Escribió a Ratzinger pidiéndole que le dejara morir en paz. La Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por Ratzinger entre 1981 y 2005, tiene desde 2001 la competencia exclusiva sobre los abusos.

Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede, explicó que el Vaticano decidió no castigar a Murphy porque cuando conoció las acusaciones el cura estaba "muy enfermo". Y recordó que Raztinger sólo fue informado del caso a finales de los noventa, más de 20 años después de que la investigación civil al pederasta hubiera terminado sin resultados. L'Osservatore Romano negó las imputaciones y acusó a The New York Times de "un evidente e innoble intento de golpear, a toda costa, a Benedicto XVI y sus colaboradores".

Según Lombardi, Murphy no fue expulsado "porque en casos similares el derecho canónico no prevé castigos automáticos, sino que recomienda que se emita una sentencia que no excluya la pena más grande, la dimisión del estado clerical". Lombardi reiteró además que "las normas de la Iglesia no han prohibido nunca denunciar los abusos a menores a las autoridades judiciales", y trasladó así la responsabilidad a los obispos locales.

La afirmación pone el acento en el gigantesco problema que vive el Vaticano. La Santa Sede castiga desde 2001 con la excomunión a quienes traicionen al Papa revelando los casos investigados por el Vaticano. La pena se ejecuta latae sententiae, es decir sin proceso, y es sólo revocable por el Pontífice. Por el contrario, los abusos se castigan con penas variables, que dependen de la gravedad: suspensión temporal, prohibición, privación y, en los casos peores, dimisión del estado clerical, la máxima pena canónica." (El País, 26/03/2010)

"El teólogo Karlheinz Deschner, católico en tiempos, empezó en 1970 a escribir en Alemania la Historia Criminal del Cristianismo, proyectada para 10 volúmenes, de los que han aparecido nueve. Tendrá que ampliar el relato, si la jerarquía romana no toma por los cuernos su actual crisis de moralidad. Hasta ahora, Deschner ha descrito los métodos de delincuencia en el comercio y las finanzas, en la educación, en la propagación de la ignorancia y la superstición, o en la explotación de una moralidad sexual disparatada. (...)

Lo que ahora publica The New York Times sobre la implicación del papa Ratzinger en tanto encubrimiento era un secreto a voces, con testimonio documental. Se trata de una carta que el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio de la Inquisición) mandó en 2001 a los obispos de Estados Unidos exigiéndoles secreto sobre las investigaciones que involucraban a sacerdotes en abusos sexuales. Exigía, además, que todas las pesquisas "preliminares" hechas por eclesiásticos fuesen enviadas a su oficina en el Vaticano. Esta escandalosa misiva ya fue usada en un juicio contra una iglesia de Tejas y contra el propio Ratzinger, por obstrucción a la justicia.

En cualquier organización esta oleada de escándalos serían percibidos como una bancarrota moral. La Iglesia católica es distinta. Siempre encuentra motivaciones ajenas al asunto principal. Se ha podido leer estos días a cuento de los abusos producidos en Alemania. Un prelado incluso acudió a la matemática. De los 210.000 casos de abusos denunciados en ese país desde 1995, sólo 94 afectan a personas de la Iglesia católica. Como el porcentaje que sale es de un 0,044, la jerarquía apela a una disculpa sucia: "El anticlericalismo de los medios de comunicación".

Detrás de este tipo de justificaciones se alza la idea de que la Iglesia cristiana sigue siendo una Sociedad Perfecta (así la definió el BOE español en 1953), por encima de códigos y de castigos en la Tierra. Sus jerarquías, por tanto, estarían sometidas a una ley superior y, en todo caso, al Derecho Canónico. Los abusos sexuales serían en ese contexto sólo un pecado, no un delito. Bastaría con confesarlos y arrepentirse, para dejarlos atrás." (JUAN G. BEDOYA: Una bancarrota moral. El País, ed. Galicia, sociedad , 26/03/2010, p.37)

"Dios, ¿esto está bien?". Las víctimas del padre Murphy: niños sordos indefensos ante las agresiones.

Unas veces sucedía durante la confesión. Otras en medio de la noche, en los dormitorios. El padre Murphy llegaba, les masturbaba y se marchaba. Con 13 años, Arthur Budzinski se escondía bajo su cama llorando, temeroso del siguiente asalto e incapaz de pedir ayuda. El infierno de abusos sexuales en el que vivía a manos del cura al que su familia confió su educación no podía relatárselo a sus padres, que desconocían el lenguaje de signos. Budzinski era sordo e incapaz de hablar. Años después de los abusos sexuales que marcaron su vida para siempre, Budzinski, hoy pasados los 60, pudo relatar las vejaciones a las que fue sometido. Lo hizo con las manos, con el lenguaje que le enseñó su verdugo.

Un nuevo caso de pederastia sacude a la Iglesia de Roma, quien echó tierra sobre cerca de un cuarto de siglo de acosos. Más de 200 niños sordos fueron sometidos a abusos entre 1950 y 1974 por el padre Lawrence Murphy , quien impartía clases en la renombrada escuela para discapacitados auditivos de Saint John, en Milwaukee (Wisconsin) -colegio que cerró sus puertas en 1983 por razones económicas-. Ayer, el diario The New York Times llevaba a su primera página el caso y aseguraba que el Vaticano no castigó al cura acusado de abusar de los menores -a pesar de tener conocimiento de los hechos- "porque estaba muy enfermo".

Los hechos eran así un día cualquiera. "Me encontraba en la cancha jugando al baloncesto y los chicos venían y me decían: 'El padre Murphy quiere verte", explicó James Smith, cuando ya de adulto pudo enfrentar sus demonios. "Intentaba no ir, escaparme, pero finalmente el padre me arrastraba a su oficina y abusaba de mí", contó Smith. "Una vez más", puntualizó. "Nunca se lo dije a nadie", declaró una de las muchas víctimas de Murphy. "Pensé que estaba solo". No le faltaba razón.

Porque no sólo las autoridades vaticanas fracasaron a la hora de hacer justicia. En el caso de pederastia de la Iglesia de Milwaukee que ahora salpica al Vaticano también la justicia ordinaria ignoró por completo las denuncias de las víctimas durante demasiado tiempo. Tres sucesivos arzobispos de Wisconsin supieron que el padre Murphy abusaba de los niños de Saint John, pero nunca lo reportaron a las autoridades civiles, según el Times, que ha obtenido todos los documentos para escribir su artículo de los abogados Jeff Anderson y Mike Finnegan, letrados de cinco de las víctimas del sacerdote católico que han demandado a la Archidiócesis de Milwaukee. Ni la policía, ni la fiscalía. Nadie. Nadie, hizo nada.

La ronda nocturna del sacerdote a veces incluía el abuso de más de un niño en sus camas. "Casi nunca decía nada", relató Steve Geier, sobre quien los abusos comenzaron cuando tenía siete años. A veces, cuando otros pequeños veían cómo el reverendo abusaba de sus compañeros, se tapaban la cabeza con las mantas, se abrazaban y sollozaban juntos. "Murphy era muy fuerte y poderoso", recordó Geier para el periódico local Milwaukee Journal Sentinel en el año 2006. "No podías escapar. Era como estar en una prisión", declaró en la entrevista. "Me sentía muy confundido, el padre Murphy me manoseaba y yo preguntaba: 'Dios, ¿esto está bien?".

El padre Murphy nunca fue castigado. Arrepentido de sus pecados -admitió haber abusado de al menos 30 chicos, según una trabajadora social que le dio apoyo psicológico-, fue trasladado discretamente en 1974 a una diócesis al norte del Estado. Allí pasó sus últimos 24 años de vida. Rodeado de niños en las parroquias, en los colegios y en un centro de detención juvenil donde predicaba.

Murphy murió en 1998 a los 72 años y fue enterrado con su hábito de cura. Su familia desoyó las instrucciones del arzobispado de Milwaukee de que su funeral fuera pequeño y que el féretro se mantuviera cerrado. Cuanto menos se hablara del caso, mejor. Para muchos, el padre Murphy era casi un santo. Un hombre dotado para entender a los sordos, comunicarse con ellos a través de su particular lenguaje y con grandes dotes para recaudar fondos para su causa. Sólo los abusados sabían lo que sucedía cuando el reverendo de cara redonda los hacía llamar a su despacho" (El País, 26/03/2010)

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