Con ser importante esto, más lo fue el siguiente escalón de la secuencia: el contagio, en distintos grados, a otros países como Portugal, Irlanda, Italia, España, Hungría, Bulgaria, etcétera, que vieron crecer, casi automáticamente, el precio que han de pagar por sus emisiones de deuda soberana. Todos ellos con fuertes desequilibrios de sus cuentas públicas. No sólo aumentó el riesgo-país, sino que se incrementaron los seguros de impago de la deuda, conocidos como CDS (credit default swaps). (...)
La posibilidad de que Grecia suspenda sus pagos no es una abstracción. No sería la primera vez: en los últimos dos siglos las naciones han dejado de pagar sus deudas en alrededor de un centenar de ocasiones. La diferencia es que ahora no ocurriría en la lejana Argentina o en México, o en la diminuta Islandia, sino en la periferia de la eurozona. Grecia puede intentar reestructurar su deuda (transformar la de corto y medio plazo en deuda a largo plazo, lograr una quita, buscar un canje, o simplemente dejar de pagarla). Las declaraciones más demagógicas -que proceden de Alemania- para que abandone la disciplina del euro y vuelva al dracma, no harían más que complicar el panorama. ¿Alguien cree que con el dracma Grecia pagaría mejor a la banca privada lo que le debe?
Además, el efecto contagio sugiere la cuestión mayor: la UE no dispone de mecanismos para abordar una crisis de la deuda pública en la eurozona. Las respuestas dadas a la deuda privada bancaria han sido nacionales, pero las soluciones a la deuda pública, denominada en euros, no pueden ser más que colectivas. Y no hay respuesta. Hasta ahora no ha habido voluntad política en el nivel de compromiso del núcleo duro de la UE ante los problemas de su periferia." (Joaquín Estefanía: La probeta de Frankenstein. El País, ed. Galicia, economía, 26/04/2010, p. 22)
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