Y miedo al ver los rendimientos de las letras a corto plazo del tesoro norteamericano acercarse a cero: los inversores estaban tan ansiosos de colocar su efectivo en algún puerto seguro, que terminaron por pagar dinero al gobierno norteamericano por la custodia de sus ahorros; algo que no se había visto desde el final de la II Guerra Mundial. (...)
A
lo que hemos asistido es a una masiva huída global del riesgo y a la
consiguiente puesta a salvo del efectivo a gran escala. Ha sido la peor
semana en los mercados financieros desde los sombríos días de otoño de
2008, el momento culminante de la implosión del sistema bancario
occidental, momento que fue, a su vez, uno de los peores desde
comienzos de los años 30 del siglo pasado.
Pero en importantes
respectos, esta semana ha sido peor. Al menos, en 2008, los Estados
podían respaldar con su contabilidad nacional a sus respectivos
sistemas bancarios y restaurar la confianza. Ahora, los miedos arraigan
más hondo, y resultan harto más difíciles de conjurar.
Los
mercados han perdido confianza en que los gobiernos occidentales
puedan gestionar con éxito el legado de una gigantesca deuda privada y
de unos bancos quebrados/rescatados, sin imponer unos costes ciclópeos e
inconfesables.
No saben cuáles son los costes: tal vez una serie de
quiebras en cadena en la deuda pública, empezando por Europa; tal vez
una deflación por sobreendeudamiento a escala mundial; o tal vez,
incluso, imprimir a lo loco más y más dinero para pagar deudas públicas
y privadas, generando una inflación tan ingobernable como volátil. No
lo saben; pero sí saben que los costes serán enormes. E impredecibles. (...)
Entretanto, los rendimientos de la deuda pública italiana se disparaban simultáneamente el viernes hasta un 6,4%, lo que significa que el gobierno italiano tiene que prepararse para acumular enormes y deflacionarios excedentes presupuestarios durante años sólo para el servicio de su deuda pública, que rebasa el 120% de su PIB. (...)
"Ninguna economía desarrollada está haciendo nada por promover el crecimiento y crear empleo", dice George Magnus, un veterano asesor del banco de inversiones USB. Lleva razón. Dondequiera que se mire, lo que se observa es un escenario de horror.
Para decirlo sumariamente, demasiados países clave –empezando por el Reino Unido, cuya pavorosa deuda privada representa tres veces y media su PIB, y siguiendo por Japón, España, Francia, Italia, los EEUU y hasta la supuestamente santa Alemania— han llegado a acumular demasiada deuda privada, una deuda privada que no puede devolverse sin que se de un crecimiento económico excepcional. (...)
Las lecciones ofrecidas por la historia son claras. Sin crecimiento pública o privadamente generado, sólo hay otras dos vías para liquidar las deudas privadas luego de un hundimiento del crédito: la quiebra o la inflación; manejadas con prudencia, o dejadas peligrosamente de manejar (...)
Lo
que se precisa es un cambio radical de paradigma en nuestra forma de
pensar y actuar. La idea fija que paraliza a Occidente es que los
Estados se atraviesan en el camino de unos mercados que funcionan
perfectamente, y que el mejor capitalismo –y el mejor sistema
financiero— es el que se deja a su propio albur. Los gobiernos estarían
para cuadrar su contabilidad, para garantizar la estabilidad de
precios, y para ninguna otra cosa.
Como ha sugerido el economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, si las opciones son: o bien quiebra pública y privada, permanente debilidad bancaria y estancamiento económico (tal vez depresión), o bien inflación; entonces la opción menos mala pasa por aceptar la inflación, manejándola dentro de ciertos límites." (SinPermiso, 07/08/2011, 'Un sistema financiero convertido en manicomio, unas elites políticas totalmente desnortadas', de Will Hutton)
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