" Los mensajes de los participantes en el Foro Ambrosetti resultaban
tremendamente sombríos sobre el futuro de la eurozona. En especial, el
del economista jefe de Nomura, Richard Koo, que alertaba del riesgo de
que Europa acabe como Japón y de la necesidad de dar marcha atrás con la
actual oleada de ajustes.(...)
Su argumento es que el diagnóstico de la crisis económica por parte
de las autoridades europeas es erróneo.
“Asistimos a una crisis de
balances que está forzando un desendeudamiento masivo del sector
privado. La clave es que si el sector privado está en un proceso de
desapalancamiento, lo último que necesitas es que el Gobierno reduzca su
déficit presupuestario”, alertaba Koo.
Así sucedió con Japón en 1997,
desde luego. En su opinión, “si el Banco Central tiene los tipos de
interés próximos a cero y nada pasa, es que has dejado de estar en un
mundo normal”.
En esas conferencias, el más agorero de los economistas,
Nouriel Roubini, asentía. “Europa puede ser peor que Japón”, aseguraba.
“Japón tuvo una gran recesión y un gran estancamiento, pero nunca tuvo
una Gran Depresión. Y la recesión en algunos países de la eurozona puede
convertirse en una depresión, lo mismo que sucedió en los años
treinta”.
Lo cierto es que las similitudes entre la Europa de la crisis
soberana de nunca acabar y el Japón que acumula dos décadas perdidas
tras la crisis inmobiliaria en los años noventa son crecientes. En un
informe de finales de 2011, los economistas de Nomura ya apuntaban esos
paralelismos.
“En el manejo de la segunda fase de su crisis es cuando
Europa se está asemejando mucho a Japón: actúa demasiado tarde, con
demasiadas reticencias, de forma demasiado tímida, y sus líderes son lo
opuesto a un dechado de confianza y decisión”, subrayaba en ese informe
Paul Sheard. Pero hay más.
La crisis japonesa se prolongó más allá de lo razonable por la
persistencia de bancos zombis y la incapacidad de las autoridades para
llevar a cabo un saneamiento de los balances del sector financiero como
vía para garantizar la fluidez del crédito.
Y a eso, como recordaba Koo,
no contribuye precisamente el pacto de disciplina fiscal que impone una
política de austeridad sincronizada en la eurozona y deja sin recursos a
los Gobiernos para sanear definitivamente el sistema financiero. (...)
“La clave está en combinar tres factores: conseguir que los bancos
pongan a valor de mercado sus activos, recapitalizarlos en caso de que
fuera necesario y, con ello, lograr que vuelva a fluir el crédito; una
política monetaria suficientemente laxa hasta que la economía muestre
síntomas claros de solidez, y una política fiscal que reconduzca el
déficit estructural al equilibrio, pero en un plazo suficientemente
largo para no ahogar la economía. Una política excesivamente miope puede
dar lugar a una situación estructuralmente complicada” (El País, 08/04/2012)
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