Un artículo del 2011:
"Nunca como ahora el futuro de la economía española ha estado tan
pendiente de las cajas de ahorros. La agencia Moody's, rebajó el jueves
un escalón la calificación de la deuda española por las necesidades de
capitalización y provisiones de la banca tras sus enormes inversiones en
el sector inmobiliario (...)
Ante esa situación, ¿qué parte de la culpa es del Banco de España? La
institución se ha llevado muchos elogios por ser la única que implantó
provisiones anticíclicas, pero resulta que la mitad del sistema
financiero está tocado y todo él tiene un problema sistémico con el
ladrillo.
Se ha presumido mucho de su supervisión cercana a las
entidades, con inspectores dentro de ellas, pero ni siquiera eso ha
servido para frenar el riesgo inmobiliario.
La primera cuestión es saber si el supervisor advirtió a tiempo de la
bomba de ladrillo que se le venía encima. No hay duda: el Banco de
España lo vio. Es más, lo advirtió: "La magnitud de la sobrevaloración
podría llegar al 20%". La afirmación puede ser leída en cualquier
artículo de estos días.
Pero no. Se trata de una conclusión publicada en
septiembre de 2003 por el Boletín Económico del Banco de España y
recogida en primera página de algunos medios. La tajante afirmación
causó incluso sorpresa al propio ministro de Economía, por entonces
Rodrigo Rato, quien pidió explicaciones a su gobernador, Jaime Caruana.
Este contactó con Fernando Restoy, uno de los autores del artículo,
entonces peso pesado del Servicio de Estudios y hoy vicepresidente de la
CNMV. Restoy le explicó que el análisis se apoyaba en gran número de
datos macroeconómicos y estimaciones habituales, por lo que el análisis
estaba matizado y no era la primera vez (ni fue la última) que se
llegaba a esta conclusión.
Semanas más tarde, Rato zanjó la polémica:
"No creo que estemos ante una situación de burbuja. Los propios datos
del Banco de España fijan un exceso de precios de la vivienda, pero que
no se pueden entender como una burbuja como la que vivimos con los
valores tecnológicos en 2000", señaló el ministro de Economía tras una
reunión del Ecofin.
Días después, Emilio Botín, presidente del Banco
Santander, reafirmó al ministro: "No hay burbuja, y en este sentido el
informe del Banco de España, que yo he leído a fondo, no ha sido bien
interpretado".
El suceso refleja la difícil relación que existía entre el Gobierno y
el gobernador, entre el poder político y el poder financiero, una de
las claves para entender por qué desde el Banco de España se anticipó
pero no se frenó la burbuja inmobiliaria ni se abordó la
recapitalización de las cajas hasta que llegó el plácet de La Moncloa.
No hay que olvidar que un pinchazo de la burbuja hubiera supuesto un
frenazo de la economía, y eso no hay ministro (se llame Rodrigo Rato o
Pedro Solbes) ni Gobierno (sea del PP o del PSOE) que lo desee. Todo
esto sucedió pese a que los gestores del Banco de España gozan de una
Ley de Autonomía que, al menos teóricamente, les protege frente al poder
político. (...)
Jaime Caruana (Valencia, 1952), responsable de la institución entre 2000
y 2006, y Miguel Fernández Ordóñez (Madrid, 1945), desde junio de 2006
hasta ahora, fueron supervisores y controladores del sistema financiero
durante la burbuja inmobiliaria y la posterior crisis de las cajas.
Su
privilegiada situación les convirtió en actores clave ante el engorde y
la caída de la economía, pero ¿midieron los riesgos reales de la
economía y del sistema financiero? ¿Atajaron las desviaciones? ¿Qué
medidas podían haber tomado? Y si no intervinieron, ¿fue porque las
medidas necesarias quedaban fuera de sus competencias o porque no se
rebelaron frente a los Gobiernos que les habían nombrado? (...)
En 1999 Caruana fue nombrado director general de Supervisión del
Banco de España, tras ocupar la Dirección General del Tesoro bajo el
mandato de Aznar y Rato. En el verano de 2000, cuando ocupó la butaca de
gobernador, sabía que la economía venía recalentada desde 1995.
En su
primer discurso ante las cajas de ahorros, el 18 de abril de 2001,
advirtió de los riegos del sector e hizo cuatro peticiones: que no
abusaran de la inversión industrial "porque puede ser extraña a la
naturaleza y objetivos de estas entidades"; que redujeran la emisión de
acciones preferentes (que hoy están recomprando a bajos precios y que
fue la fuente inagotable de liquidez); que controlasen la expansión del
crédito y que profesionalizasen los consejos de administración.
En la
misma sesión, Cristóbal Montoro, entonces ministro de Hacienda, abogó
por la reducción del peso político en el sector.
Caruana describió con precisión el camino que ha llevado al
despeñadero a buena parte del sector, algunos bancos incluidos. Las
cajas no compartieron el diagnóstico del gobernador y la reacción fue
enérgica. Desde entonces se abrió un enfrentamiento, más o menos
soterrado, que no se ha cerrado hasta la reciente llegada de Isidro
Fainé a la presidencia de la CECA.
Han pasado diez años desde el
discurso de Caruana, y las cajas siguen teniendo buena parte de aquellos
problemas. Es decir, ni Caruana los corrigió ni Ordóñez ha actuado
después hasta que ha sido urgente porque el sector ha entrado en la UVI. (...)
Dos años después de aquel discurso, el 21 de junio de 2003, con los
créditos hipotecarios aumentando a tasas del 20%, Caruana pidió a bancos
y cajas que pisaran el freno. "El aumento real del coste de la vivienda
podría haber sobrepasado los niveles coherentes.
Es necesario una
reconducción y paulatina moderación de la financiación crediticia a las
familias y sociedades directamente involucradas en el negocio
inmobiliario, lo que impediría que el precio de la vivienda acabara
alejándose excesivamente de su valor de equilibrio y reduciría la
probabilidad de que terminasen produciéndose ajustes más bruscos", es
decir, el pinchazo de la burbuja.
No le hicieron mucho caso: La Caixa incrementó el crédito hipotecario
un 23,4%; el BBVA, un 17%; el Banco Popular, un 43,8%; Caja Madrid, un
24,9% y el Santander, un 14,9%. Los gestores bancarios tampoco supieron
reaccionar ante el espejismo de beneficios fáciles e infinitos. Aunque
con diferencias entre unos y otros, todos han quedado marcados con una
lección que no van a olvidar.
"¿Nosotros culpables de la burbuja?", se
pregunta un alto ejecutivo en activo. "Sin duda nos corresponde una
parte de la factura. Incluso algunos servicios de estudios de bancos y
cajas también lo anticiparon, pero lo fácil es verlo ahora. Entonces, la
competencia entre entidades era tremenda, nadie podía dejar de crecer o
te pasaban en el ranking". (...)
"Romper el paso y salirse de la manada puede llegar a ser clave cuando
la lógica te alerta de que algo no va bien. Aquí hubo avisos, pero...". (...)
"Durante la época de la burbuja se produjeron dos claras señales de
alarma: el incremento del endeudamiento de las entidades en relación con
el volumen de depósitos y la concentración del negocio inmobiliario. En
cuanto a la primera cuestión, en 1998 el volumen de créditos del sector
financiero era igual a los depósitos.
Ocho años después, en 2006, los
créditos eran un 50% más que los depósitos. En cuanto a los préstamos a
promotores, pasaron de representar el 12% del PIB en 2000 al 29% en
2005", apunta Luis Garicano, profesor de la London School of Economics.
Juan José Toribio, profesor emérito de Economía del IESE, añade un
aspecto clave: "El endeudamiento se hizo con ahorro que venía del
exterior, un factor que ahora ha añadido una vulnerabilidad enorme a la
economía española. Esto nunca había sucedido antes. España tuvo el
déficit de la balanza de pagos más alto del mundo después de Islandia y
tenía que haber sido un grave motivo de preocupación". (...)
José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney, recuerda que el Banco
de España fue el único del mundo que creó las provisiones anticrisis, un
colchón de 40.000 millones que las entidades crearon mientras crecía el
crédito para cuando llegaran las vacas flacas.
Además, comenta, impidió
que la gran banca diseñara los productos opacos, cuyo riesgo no quedaba
en el balance, pese a las insistentes peticiones de algunos jugadores
que veían cómo sus competidores anglosajones hacían tanto dinero con
estos activos, que después les hundieron. (...)
"De no haber tomado esas medidas, nuestro destino sería parecido al
de Irlanda. No obstante, el supervisor tenía que haber sido consciente
de que no debía permitir que se dieran préstamos por un importe superior
al 80% del valor de tasación. También podía haber limitado el crédito a
los promotores, donde la banca se quedaba con todo el riesgo", apunta
Díez.
Garicano añade otra posible actuación: "Se debía haber reformado
la legislación sobre las tasadoras para evitar que fueran propiedad de
las entidades financieras. De esta manera, sus valoraciones hubieran
sido más ajustadas a los precios de mercado".
Desde fuera de España también se cree que se podía haber hecho más. Nicolas Veron, analista del think tank
Bruegel, de Bruselas, comenta que el Banco de España "aprobó una alta
concentración de riesgo inmobiliario en algunos bancos. Si tuviera que
hacerlo otra vez, con la perspectiva de la crisis, sería más
restrictivo". Vicente Cuñat, de la London School of Economics, matiza:
"Con la perspectiva que nos da conocer lo que sucedió después, seguro
que se podría haber mejorado la actuación del Banco de España tanto a
nivel macroecnómico como de regulación prudencial; pero es difícil saber
cual habría sido la política más razonable con la información que se
tenía en ese momento".
A toro pasado, algunos directivos que estuvieron en el Banco de
España admiten que podían y debían haber ido más lejos. Pero recuerdan
que la implantación de los colchones anticíclicos fue una dura batalla.
"Supuso un agrio enfrentamiento con el sector y un desgaste para la
institución.
La banca decía que le perjudicábamos frente a sus
competidores internacionales en su cotización porque las provisiones
restaban beneficios. Tal vez esto nos tranquilizó la conciencia porque
pensamos que sería suficiente si el mercado inmobiliario se caía",
comentan estas fuentes, que piden el anonimato. Un analista, que pide el
anonimato, dice que la provisiones anticrisis tras la crisis que llegó
"fue como poner un casco a un piloto de fórmula 1". (...)
Paul De Grove, experto en bancos centrales de la Universidad de
Lovaina, considera que el Banco de España y el BCE "podrían haber hecho
más para detener la burbuja. El supervisor utilizó las provisiones
anticíclicas, pero no fueron suficientes. También podría haber elevado
los requisitos mínimos de capital, en cooperación con el BCE.
William McChesney, presidente de la Reserva Federal entre 1951 y
1970, dijo la famosa frase: "Un buen banquero central es aquel que
retira el ponche cuando la fiesta se anima". Otros economistas, como
Daniel Gros, del think tank de Bruselas, CEPS, prefieren otra sentencia:
"Es mejor recoger los desperdicios de la burbuja cuando estalla que
pincharla cuando crece". La explicación es que tras las burbujas, el
nivel de la economía es más elevado que cuando se inició. Las
autoridades españolas se apuntaron a esta segunda opción. (...)
Uno de los análisis más premonitorios lo hizo la Asociación de
Inspectores del Banco de España en mayo de 2006. Después de duros
enfrentamientos por reivindicaciones laborales, enviaron una carta al
ministro Solbes donde criticaban a Caruana: "Ante el riesgo inmobiliario
acumulado en las entidades, los órganos rectores del Banco de España
han tenido una actitud pasiva.
Hay motivos suficientes para la
preocupación, especialmente si se tiene en cuenta el legado de los seis
años de mandato del señor don Jaime Caruana".En palabras de la asociación, "la pasiva actitud adoptada por los
órganos rectores del Banco de España, con su gobernador a la cabeza,
ante el insostenible crecimiento del crédito bancario en España durante
los años de mandato del señor Caruana" era una de las "causas más
evidentes" de los desequilibrios de la economía.
"Los inspectores del
Banco de España no compartimos la complaciente actitud del gobernador
ante la creciente acumulación de riesgos en el sistema bancario
derivados de la anómala evolución del mercado inmobiliario nacional
desde 2000", añadían. No obstante, no creían que la sangre llegara al
río:
"La gran mayoría de las entidades españolas están bien
capitalizadas y su solvencia no es previsible que se vea comprometida
aun en los escenarios más desfavorables". En su opinión, "el desmedido
crecimiento del crédito bancario" fue "una de las causas principales de
la extraordinaria subida del precio de los inmuebles" y reprocharon al
gobernador "la falta de determinación" para exigir "rigor" a las
entidades financieras "en la asunción de riesgos". (...)
Si alguien conocía perfectamente lo que estaba pasando, ese era
Fernández Ordóñez. En 2003, en dos artículos en EL PAÍS, criticó con
dureza la herencia que dejaba Rato. En su opinión, el ministro negó la
burbuja "por el miedo con que cualquier responsable de Economía ve
acercarse el final de un modelo de crecimiento basado en el boom
inmobiliario y en la explosión del endeudamiento de las familias".
Auguró que, con la caída de los precios de los pisos, subiría el paro y
se hundiría el consumo. "Por eso el ministro niega la evidencia. Porque
estuvo en su mano diseñar una política fiscal coherente con la política
monetaria" para que la vivienda se revalorizara poco a poco. "El legado
de Rato es buenos resultados a corto y problemas a medio plazo",
concluyó.
Lo que nunca esperó Fernández Ordóñez es que él heredaría ese legado. (...)
Desde fuera, el Banco de España parece una fortaleza compacta. Desde
dentro no se cuestiona el baluarte que supone para la economía y el
sistema financiero, pero se ven grietas. "El poder está en el Gobierno
y, cada vez más, en la banca", dice un inspector del Banco de España.
"¿Es normal que Luis Ángel Rojo sea consejero del Santander y que el que
fuera su ex subgobernador, Miguel Martín, presida la patronal
bancaria?". (El País, 13/03/2011)
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