"La electrificación es la principal herramienta contra las nuevas tiranías, contra los que están empujando el mundo al caos. Estados Unidos se ha convertido en el principal proveedor de gas natural de España;
cuyos precios han subido por el ataque criminal e ilegal de ese mismo
país contra Irán, que ha respondido bloqueando el estrecho de Ormuz.
Estados Unidos, además, ya era y sigue siendo uno de los principales
proveedores de petróleo de nuestro país; otra materia prima cuyo coste
se ha disparado tras la guerra.
La transición energética es imperfecta,
genera conflictos y, en demasiadas ocasiones, se transita junto a
aliados indeseables. Está claro. Lo que también está claro es que es, en
estos momentos, urgente e indispensable. No solamente por justicia
climática, también para forzar la desconexión del Estado autoritario más peligroso e impredecible
del momento, con permiso de otra ficción colonialista que sigue
practicando impunemente el genocidio. A los que están de gira en estos
momentos contra la “falsa transición energética” me gustaría
preguntarles, en caso de que quisieran escuchar, sobre cuál es la
alternativa que proponen que no caiga en vaguedades, confianza ciega en una futura movilización popular que está a punto de estallar pero que nunca cae del árbol o desconocimiento interesado sobre las capacidades y la relación de fuerzas actual.
La potencia renovable española es un hecho. Ante las dudas legítimamente generadas
por el apagón de hace un año, el almacenamiento con baterías está a
punto de erigirse como una realidad. No solamente evitando emisiones;
aplanando los picos de demanda para evitar sobretensiones, bajando el
precio de la luz y, con suerte, mandando definitivamente al retiro a las
caras e ineficientes centrales nucleares. Mientras
la propaganda grita, se esperan 30 GW de baterías que podrían reducir
el coste de las horas más caras para consumir electricidad a más de la mitad.
En
cualquier caso, no es necesario mirar al futuro: la potencia renovable
actualmente instalada -y las lluvias de este año- están logrando que el país pase de puntillas por la crisis energética desatada por la guerra en Irán.
Y si no fuera por un probable exceso de celo por parte del operador del
sistema para guardarse las espaldas en caso de un hipotético nuevo
apagón, la situación sería aún más benigna: estamos quemando más gas del
que sería necesario, y la eólica, la fotovoltaica y la hidroeléctrica
funcionan. A todo trapo.
Toda esta energía se puede utilizar, además de para romper lazos con Estados Unidos al margen de posicionamientos grandilocuentes, para vivir mejor. Así lo asegura Greenpeace en su nuevo informe, en el que plantea que un modelo 100% renovable, basado no solo en la electrificación sino en la reducción de la demanda, en la eficiencia y en la suficiencia, es tanto deseable como posible.
Me alegra el esfuerzo, me consta que consciente, que ha hecho Greenpeace en sumar la propuesta a la denuncia. En los últimos años se han convertido en un agente político con un pie en la toma de decisiones mientras que siguen campeonando en lo que han hecho siempre bien: la performance de protesta, la irrupción en los titulares y la valentía para salirse del molde. Sin embargo, me ha decepcionado ligeramente la falta de aterrizaje de ese “vivir mejor” en un informe predominantemente macro. Es cierto que muchas de las recetas incluidas no por sabidas han perdido eficacia: rehabilitación masiva de los edificios, bombas de calor contra el terrorismo geopolítico estadounidense, ciudades compactas con sistemas de transporte público robusto para coger el coche, eléctrico y compartido, lo menos posible.
Pero sigo echando de menos la respuesta a la pregunta que no puedo evitar: ¿y qué más? La electrificación es necesaria y urgente, pero… ¿cómo nos va a cambiar la vida? Vamos a tener mucha más luz, y mucho más barata, pero… ¿para qué tanta luz?
El
último plan del Gobierno contra la crisis energética puede presumir de
varios aciertos, no tanto por la audacia del Ejecutivo sino por la
insistencia de los grupos de presión e interesados desde hace años. Las condiciones para el autoconsumo compartido han mejorado,
por ejemplo, aumentando el rango por el cual se pueden conectar las
viviendas al punto de generación; y se han simplificado los trámites
administrativos. Semanas antes, el Gobierno anunció una reclamada mejora
de las ayudas al coche eléctrico; se pasa del plan Moves al plan Auto+ y
las subvenciones son directamente aplicadas por el concesionario, sin
tener que adelantar un dinero sin certezas de su vuelta.
Sin embargo, se vuelve a desperdiciar una nueva oportunidad para dar un golpe sobre el tablero, para que ese “vivir mejor” pase de vivir en el mundo abstracto de los deseos a irrumpir en la conversación del café.
Las renovables producen para nosotres luz barata, sí, que se pierde en
su camino hasta el consumidor final entre impuestos, peajes, las tretas
del mercado libre y una tarifa regulada cada vez más difícil de
entender. Australia, gracias a su inmensa producción renovable, está empezando a ofrecer horas de luz gratis
en las horas de mayor generación. El objetivo es doble. Por un lado, se
busca casar esa generación masiva con un aumento de la demanda y evitar
desperdicios. Por otro lado, se manda un mensaje clave en tiempos de
negacionismo asesino: esto es para la gente. Esta agenda es la agenda de vuestra factura.
Soy
consciente de que la Comisión Europea, brazo político del
neoliberalismo y guardiana de las esencias de la libre competencia, nos
miraría escandalizada: también se escandalizaron cuando España propuso
un tope al gas que acabó sirviendo para convertirse en la potencia europea que mejor capeó la crisis energética de 2022. También en los 40, en Estados Unidos, las compañías eléctricas se opusieron al “electricity for all”
que arguía la empresa pública Tennessee Valley Authority (TVA), una de
las patas del New Deal, que alumbró a coste bajo el sur del país. Convendría no dar la batalla perdida de antemano.
Las facilidades al autoconsumo son bien recibidas, pero el enfoque sigue siendo pasivo: ten tú la iniciativa, ciudadano, y ya te pagaremos si eso.
El Estado español sigue resistiéndose a pasar a un enfoque proactivo en
el asunto, acudiendo casa por casa a proponer el cambio -y el ahorro-.
Cualquiera que se pasee por cualquier barrio residencial de clase media
puede comprobar que las placas solares están triunfando en los tejados
de las viviendas unifamiliares. Excelente noticia, aunque solo sea por
lo aspiracional. Pero la asignatura del autoconsumo en barrios urbanos de menos renta, facilidades y espacio mental sigue cateada. No es imposible.
En Alemania,
por ejemplo, las Stadtwerke, empresas públicas y municipales de
energía, van bloque por bloque de las ciudades en las que operan
proponiendo, financiando y ejecutando la instalación de placas solares.
De vuelta a Australia, el Gobierno federal
creó el programa “Community Solar Banks”, cuyo funcionamiento es
curioso: la persona interesada compra una porción de una “granja solar”,
una instalación fotovoltaica que no tiene por qué ubicarse en su
vecindario, y el Estado le baja directamente su factura de la luz.
Incluso hay iniciativas locales aquí en España que podrían amplificarse:
el proyecto EPIU de Getafe identifica hogares vulnerables mediante big data y acude a instalar directamente las placas para el autoconsumo colectivo de todo el edificio.
En cuanto al vehículo eléctrico,
la mejora del sistema de subvención es notable. Pero queda muchísimo
camino por recorrer. De los veinte países que ofrecen incentivos a la
compra de automóviles eléctricos en Europa, doce superan a España en importe. ¿Por qué no se utiliza la recaudación tributaria por la generación eléctrica para suplir ese gap?
¿Y por qué no utilizamos tanta luz barata, como tenemos y vamos a
tener, para incentivar (forzar) a los Gobiernos municipales y
autonómicos a mejorar los servicios de transporte público electrointensivos, como el metro?
El Gobierno de Ayuso ya puso hace unos años el precio de la luz como
excusa para justificar el declive de frecuencias de los últimos años.
Los autobuses eléctricos gratuitos o a muy bajo coste no solucionarán,
desde luego, todos nuestros amplísimos problemas de movilidad urbana e
interurbana. Pero permiten algo incluso más valioso: cambiar el rumbo de la conversación.
Hay
varios obstáculos muy definidos: la coalición entre el capital fósil,
el poder político ultraderechista y la reacción de la manosfera, por
ejemplo. Los que prefieren proclamar que nada es posible para
salvaguardar sus posiciones, también. Pero la (auto)complacencia del progresismo electrooptimista,
a otro nivel, es otra de ellas. La luz barata para bajar nuestra
factura en un contexto en el que todo sube de precio o directamente te
expulsa es, desde luego, una buena noticia. La luz barata para cambiarnos la vida que vendrá sería aún mejor; con
pisos bien aislados sin tener que comernos la cabeza con la burocracia,
tejiendo redes y alianzas con la vecindad en la comunidad energética,
desplazándonos más rápido, a tiempo y sin asfixiar a nadie. Y si tiene
que quejarse la comunidad porque he tirado un cable desde el balcón para
cargar la moto, que se quejen. Todo gran cambio implica desorden."
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