"Los padres nacieron en la ciudad, tuvieron una educación mejor que
los abuelos y recibieron la enorme influencia del espíritu consumista
que penetró en Grecia. Entraron a formar parte del mercado laboral a
comienzos de los noventa. Se consideraban a sí mismos más "europeos",
menos nacionalistas, con menor conciencia de clase y menor participación
en las luchas sociales que la generación anterior.
Su interés por los
deportes y las celebridades así como por su propio avance social impidió
que participaran en las grandes luchas sociales de los abuelos.
Disfrutaron de mejoras salariales mediante negociaciones de arriba
abajo. No prestaron atención al grotesco enriquecimiento de la
cleptocrática élite política socialista e ignoraron el aumento de la
deuda, tanto pública como personal, que "financiaba" sus vacaciones en
el extranjero, la segunda vivienda y los coches alemanes de importación.
Pagaban generosamente a los tutores que preparaban a sus hijos para las
pruebas de entrada a la universidad. Su futuro estaba asegurado por las
estadísticas oficiales cada vez más optimistas (falsificadas) y las
evaluaciones positivas de los expertos de la UE. Los sindicatos y las
asociaciones empresariales se centraban exclusivamente en los aumentos
de salario, de ingresos, de créditos baratos y de acceso a los últimos
juguetes tecnológicos del momento.
Los padres hablaban inglés,
eran partidarios de una integración europea aún mayor y rechazaban las
dudas y las críticas de los abuelos hacia la OTAN y las guerras
promovidas por Israel, a las desigualdades dentro de la UE y a los
efectos de la liberalización económica. Ignoraron las críticas vertidas
contra los estrechos vínculos entre los cleptócratas del Pasok, los
banqueros propios y extranjeros, los propietarios de yates y los
plutócratas millonarios.
El cinismo era su "reacción moderna"
ante la omnipresente corrupción y el creciente endeudamiento. Mientras
ellos tuvieran lo suyo, ¿por qué desafiar al statu quo? Con la llegada
de la Catástrofe Griega, los padres lo perdieron todo: empleo, seguridad
social, casas, coches y vacaciones.
Los que habían sido "europeístas"
se convirtieron de repente en críticos virulentos de los eurobanqueros
–la Troika-, que ordenaban a los padres sacrificar todo lo que poseían
para salvar a los gobernantes cleptocráticos, los millonarios evasores
de impuestos y los banqueros endeudados. La catástrofe económica fue
erosionando hasta hacer añicos la conciencia consumista "europea
moderna" de los padres de clase media y trabajadora con movilidad
ascendente.
Primero sufrieron sucesivos recortes salariales y luego perdieron la
seguridad del empleo, cuando se produjeron despidos masivos con y sin
indemnización.
La consternación, el miedo y la incertidumbre
dieron paso a la certeza de estar frente al pelotón de ejecución
financiero. Fueron conscientes de estar atrapados en una interminable
caída libre. Se echaron a la calle y descubrieron que toda su generación
y toda su clase estaban desarraigados y desechados. Los padres
descubrieron que no valían nada y que tenían que manifestarse y luchar
para reafirmar su propia valía. (...9
La inmensa mayoría de los hijos está desempleada: a comienzos de
2013, más del 55 % no ha tenido nunca un empleo. Su número aumenta día a
día y semana tras semana, mientras familias enteras se empobrecen y los
hogares se desintegran. La asistencia escolar ha disminuido, mientras
las posibilidades de empleo se desvanecen y el espectro del desempleo
masivo de larga duración acecha cada día. Las posibilidades de que los
jóvenes formen parejas estables y nuevas familias han desaparecido.
Se ha multiplicado la "cultura de la calle" y los salones recreativos
se han convertido en un lugar de encuentro más que de juego. Se ha
reducido la asistencia a conciertos pop y se acude masivamente a las
manifestaciones de protesta. Ahora, la creciente politización y
radicalización de los hijos comienza en la escuela media y se profundiza
en las escuelas técnicas y secundarias y en la universidad.
Muchos jóvenes cercanos a los treinta nunca han tenido empleo, ni se han
marchado de casa de sus padres o sus abuelos, por lo que no pueden
planear un matrimonio futuro o formar una familia. La falta de
experiencia laboral supone la ausencia del compañerismo ligado al
trabajo y de afiliación sindical.
En su lugar ha cobrado importancia la
solidaridad informal del grupo de semejantes. Las perspectivas de
trabajo se centran en la emigración, o en la búsqueda ajetreada de un
trabajo ocasional miserable o en unirse a la lucha. Hoy en día
vagabundean por las calles llenos de ira, desesperación y una profunda
frustración.
A medida que pasan los años, los hijos cada vez votan más
por la Izquierda (Syriza) pero están hartos de la ineficaz oposición
parlamentaria, las manifestaciones rituales y los foros sociales sin
trascendencia, por los que desfilan conferenciantes radicales locales y
extranjeros que exponen teorías sobre la crisis, pero que siempre han
tenido un trabajo y un sobre a fin de mes. La inmensa mayoría de jóvenes
sin empleo cree que "prometer no cuesta nada".
Los intelectuales, los políticos de nueva izquierda y los griegos del
extranjero no tienen nada que ver con su experiencia cotidiana ni les
ofrecen soluciones tangibles. Por eso los hijos se han unido a la
guerrilla urbana anarquista. De momento, son pocos los hijos
desempleados que han acudido a la llamada neonazi del Amanecer Dorado.
Pero no simpatizan mucho con el apoyo de la Izquierda a los inmigrantes
en busca de empleo, especialmente cuando en sus barrios sufren los
abusos de camellos y proxenetas albaneses, de Oriente Próximo y de los
Balcanes. (...)
La comida del domingo era un sello distintivo de la época de los
abuelos: la familia se juntaba alrededor del cordero asado con patatas,
una ensalada campesina con queso feta y aceitunas y dulces de postre.
Los abuelos mantuvieron la costumbre hasta que la Catástrofe acabó con
otra "estupenda tradición familiar", como con el resto de cosas
placenteras. Tres generaciones viviendo juntas, bajo un mismo techo, de
una sola fuente de ingresos (la pensión menguante del abuelo) no es una
situación que permita mantener buenas relaciones.
Los ahorros
disminuyen, las deudas se acumulan y la frustración provoca conflictos y
rencores. Ocasionalmente, la ira se dispara contra los seres más
próximos. La falta de independencia produce discusiones; los préstamos
familiares no se devuelven. Las comidas se convierten en el momento para
contar las penalidades.
Las bromas ligeras, el buen humor y las
historietas desaparecen en un miasma de preocupaciones sobre la próxima
comida, el precario presupuesto familiar y la búsqueda infructuosa de
empleo.
Las comidas han pasado a ser un momento para reflexionar sobre las tensiones de la supervivencia cotidiana. (...)
Las familias se han convertido en algo sombrío, ya no son un refugio
frente al duro mundo exterior: en casa siempre hay motivos para
quejarse. Los hijos vienen y se van. Escuchan música solos en su
habitación. ¿Quién quiere llevar a la novia a un dormitorio diminuto,
bajo la mirada de desaprobación de la abuela y caras largas por todas
partes?
Se van a la esquina, bajan al centro de Atenas, al barrio de
Exarchia1 y pasan el rato en un portal o un salón recreativo,
o se echan al hombro una bandera negra en una manifestación contra toda
la podrida mierda, contra los ladrones, banqueros y acreedores.(...)
"Los mayores ladrones no son los que roban un banco, sino los dueños del
banco", contaba un estudiante de filosofía a una multitud de hijos
mientras les enseñaba cómo fabricar un cóctel Molotov. Otro estudiante,
éste de ciencias exactas, calculaba el número de veces que los
académicos revolucionarios locales y extranjeros habían mencionado la
"crisis" en una hora y planteaba una ecuación que equivalía a cero
resultados positivos.
La pérdida de perspectivas de futuro y el peso de
una vida hogareña sombría están eliminando cualquier resto de respeto
por un sistema político y legal que impone miseria, indignidad y
humillaciones para poder pagar a los acreedores extranjeros.
"Les
pagamos, de modo que puedan sentarse al sol en nuestras playas, comprar
nuestras casas, comer nuestra comida, bañarse en bolas en nuestro océano
y decirnos que somos perezosos y que nos merecemos la miseria que
tenemos". (...)
Los hijos forman un ejército cada vez mayor de desempleados y están
madurando rápidamente. En la actualidad están dispersos. Algunos quieren
salir, irse de Grecia... pero la mayoría se quedarán. ¿Conseguirán
organizarse e ir más allá de la actual oposición electoral, diseñar un
nuevo movimiento radical que rompa con el podrido sistema electoral
represivo?
¿Se convertirán en los militantes de un nuevo movimiento de
resistencia heroico? ¿Cuál de los nietos escalará las paredes del
parlamento desafiando a los colaboradores coloniales y a sus amos de la
Troika? ¿Quién levantará la bandera de una nueva Grecia libre,
independiente y socialista?" (James Petras, Rebelión, 11/03/2013)
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