31.3.13

"Les pagamos, de modo que puedan sentarse al sol en nuestras playas, comprar nuestras casas, comer nuestra comida, bañarse en bolas en nuestro océano y decirnos que somos perezosos y que nos merecemos la miseria que tenemos"

"Los padres nacieron en la ciudad, tuvieron una educación mejor que los abuelos y recibieron la enorme influencia del espíritu consumista que penetró en Grecia. Entraron a formar parte del mercado laboral a comienzos de los noventa. Se consideraban a sí mismos más "europeos", menos nacionalistas, con menor conciencia de clase y menor participación en las luchas sociales que la generación anterior.

 Su interés por los deportes y las celebridades así como por su propio avance social impidió que participaran en las grandes luchas sociales de los abuelos. Disfrutaron de mejoras salariales mediante negociaciones de arriba abajo. No prestaron atención al grotesco enriquecimiento de la cleptocrática élite política socialista e ignoraron el aumento de la deuda, tanto pública como personal, que "financiaba" sus vacaciones en el extranjero, la segunda vivienda y los coches alemanes de importación.

 Pagaban generosamente a los tutores que preparaban a sus hijos para las pruebas de entrada a la universidad. Su futuro estaba asegurado por las estadísticas oficiales cada vez más optimistas (falsificadas) y las evaluaciones positivas de los expertos de la UE. Los sindicatos y las asociaciones empresariales se centraban exclusivamente en los aumentos de salario, de ingresos, de créditos baratos y de acceso a los últimos juguetes tecnológicos del momento. 

Los padres hablaban inglés, eran partidarios de una integración europea aún mayor y rechazaban las dudas y las críticas de los abuelos hacia la OTAN y las guerras promovidas por Israel, a las desigualdades dentro de la UE y a los efectos de la liberalización económica. Ignoraron las críticas vertidas contra los estrechos vínculos entre los cleptócratas del Pasok, los banqueros propios y extranjeros, los propietarios de yates y los plutócratas millonarios. 

El cinismo era su "reacción moderna" ante la omnipresente corrupción y el creciente endeudamiento. Mientras ellos tuvieran lo suyo, ¿por qué desafiar al statu quo? Con la llegada de la Catástrofe Griega, los padres lo perdieron todo: empleo, seguridad social, casas, coches y vacaciones.

 Los que habían sido "europeístas" se convirtieron de repente en críticos virulentos de los eurobanqueros –la Troika-, que ordenaban a los padres sacrificar todo lo que poseían para salvar a los gobernantes cleptocráticos, los millonarios evasores de impuestos y los banqueros endeudados. La catástrofe económica fue erosionando hasta hacer añicos la conciencia consumista "europea moderna" de los padres de clase media y trabajadora con movilidad ascendente. 

Primero sufrieron sucesivos recortes salariales y luego perdieron la seguridad del empleo, cuando se produjeron despidos masivos con y sin indemnización. 

La consternación, el miedo y la incertidumbre dieron paso a la certeza de estar frente al pelotón de ejecución financiero. Fueron conscientes de estar atrapados en una interminable caída libre. Se echaron a la calle y descubrieron que toda su generación y toda su clase estaban desarraigados y desechados. Los padres descubrieron que no valían nada y que tenían que manifestarse y luchar para reafirmar su propia valía. (...9

La inmensa mayoría de los hijos está desempleada: a comienzos de 2013, más del 55 % no ha tenido nunca un empleo. Su número aumenta día a día y semana tras semana, mientras familias enteras se empobrecen y los hogares se desintegran. La asistencia escolar ha disminuido, mientras las posibilidades de empleo se desvanecen y el espectro del desempleo masivo de larga duración acecha cada día. Las posibilidades de que los jóvenes formen parejas estables y nuevas familias han desaparecido. 

Se ha multiplicado la "cultura de la calle" y los salones recreativos se han convertido en un lugar de encuentro más que de juego. Se ha reducido la asistencia a conciertos pop y se acude masivamente a las manifestaciones de protesta. Ahora, la creciente politización y radicalización de los hijos comienza en la escuela media y se profundiza en las escuelas técnicas y secundarias y en la universidad. 

Muchos jóvenes cercanos a los treinta nunca han tenido empleo, ni se han marchado de casa de sus padres o sus abuelos, por lo que no pueden planear un matrimonio futuro o formar una familia. La falta de experiencia laboral supone la ausencia del compañerismo ligado al trabajo y de afiliación sindical. 

En su lugar ha cobrado importancia la solidaridad informal del grupo de semejantes. Las perspectivas de trabajo se centran en la emigración, o en la búsqueda ajetreada de un trabajo ocasional miserable o en unirse a la lucha. Hoy en día vagabundean por las calles llenos de ira, desesperación y una profunda frustración.

 A medida que pasan los años, los hijos cada vez votan más por la Izquierda (Syriza) pero están hartos de la ineficaz oposición parlamentaria, las manifestaciones rituales y los foros sociales sin trascendencia, por los que desfilan conferenciantes radicales locales y extranjeros que exponen teorías sobre la crisis, pero que siempre han tenido un trabajo y un sobre a fin de mes. La inmensa mayoría de jóvenes sin empleo cree que "prometer no cuesta nada". 

 Los intelectuales, los políticos de nueva izquierda y los griegos del extranjero no tienen nada que ver con su experiencia cotidiana ni les ofrecen soluciones tangibles. Por eso los hijos se han unido a la guerrilla urbana anarquista. De momento, son pocos los hijos desempleados que han acudido a la llamada neonazi del Amanecer Dorado. 

 Pero no simpatizan mucho con el apoyo de la Izquierda a los inmigrantes en busca de empleo, especialmente cuando en sus barrios sufren los abusos de camellos y proxenetas albaneses, de Oriente Próximo y de los Balcanes.     (...)
 
La comida del domingo era un sello distintivo de la época de los abuelos: la familia se juntaba alrededor del cordero asado con patatas, una ensalada campesina con queso feta y aceitunas y dulces de postre. 

Los abuelos mantuvieron la costumbre hasta que la Catástrofe acabó con otra "estupenda tradición familiar", como con el resto de cosas placenteras. Tres generaciones viviendo juntas, bajo un mismo techo, de una sola fuente de ingresos (la pensión menguante del abuelo) no es una situación que permita mantener buenas relaciones.

 Los ahorros disminuyen, las deudas se acumulan y la frustración provoca conflictos y rencores. Ocasionalmente, la ira se dispara contra los seres más próximos. La falta de independencia produce discusiones; los préstamos familiares no se devuelven. Las comidas se convierten en el momento para contar las penalidades.

 Las bromas ligeras, el buen humor y las historietas desaparecen en un miasma de preocupaciones sobre la próxima comida, el precario presupuesto familiar y la búsqueda infructuosa de empleo. 

Las comidas han pasado a ser un momento para reflexionar sobre las tensiones de la supervivencia cotidiana. (...)

Las familias se han convertido en algo sombrío, ya no son un refugio frente al duro mundo exterior: en casa siempre hay motivos para quejarse. Los hijos vienen y se van. Escuchan música solos en su habitación. ¿Quién quiere llevar a la novia a un dormitorio diminuto, bajo la mirada de desaprobación de la abuela y caras largas por todas partes? 

Se van a la esquina, bajan al centro de Atenas, al barrio de Exarchia1 y pasan el rato en un portal o un salón recreativo, o se echan al hombro una bandera negra en una manifestación contra toda la podrida mierda, contra los ladrones, banqueros y acreedores.(...)

 "Los mayores ladrones no son los que roban un banco, sino los dueños del banco", contaba un estudiante de filosofía a una multitud de hijos mientras les enseñaba cómo fabricar un cóctel Molotov. Otro estudiante, éste de ciencias exactas, calculaba el número de veces que los académicos revolucionarios locales y extranjeros habían mencionado la "crisis" en una hora y planteaba una ecuación que equivalía a cero resultados positivos. 

La pérdida de perspectivas de futuro y el peso de una vida hogareña sombría están eliminando cualquier resto de respeto por un sistema político y legal que impone miseria, indignidad y humillaciones para poder pagar a los acreedores extranjeros.

 "Les pagamos, de modo que puedan sentarse al sol en nuestras playas, comprar nuestras casas, comer nuestra comida, bañarse en bolas en nuestro océano y decirnos que somos perezosos y que nos merecemos la miseria que tenemos". (...)

Los hijos forman un ejército cada vez mayor de desempleados y están madurando rápidamente. En la actualidad están dispersos. Algunos quieren salir, irse de Grecia... pero la mayoría se quedarán. ¿Conseguirán organizarse e ir más allá de la actual oposición electoral, diseñar un nuevo movimiento radical que rompa con el podrido sistema electoral represivo? 

¿Se convertirán en los militantes de un nuevo movimiento de resistencia heroico? ¿Cuál de los nietos escalará las paredes del parlamento desafiando a los colaboradores coloniales y a sus amos de la Troika? ¿Quién levantará la bandera de una nueva Grecia libre, independiente y socialista?"             (James Petras, Rebelión, 11/03/2013)

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