"La crisis ha convertido a los colegios en una última trinchera contra
el hambre en demasiados casos. Desde hace meses, los directores de los
centros educativos andaluces alertaban de que el almuerzo que se ofrece a
los escolares es la única comida fuerte que hacen al día algunos
menores.
Con seis de cada 100 niños andaluces en situación de extrema
pobreza, la Junta de Andalucía ha anunciado este jueves que, dentro de
un par de semanas, aprobará un decreto para luchar contra la exclusión
social.
Entre las medidas que se contemplan está utilizar la red de
centros escolares de la comunidad para garantizar que los menores cuyas
familias están en situación más extrema coman al menos tres veces al
día: desayuno, almuerzo y merienda.
“Muchos padres nos dicen que la comida que hacen ahora en el colegio
es esencial”, ha señalado Miguel Rosa Castejón, director del colegio
público San José Obrero, donde están escolarizados alumnos de zonas
desfavorecidas de Sevilla.
“Estamos viendo que lo que antes eran situaciones anecdóticas y puntuales ahora es un problema que afecta a grupos más amplios como constatan las Administraciones y las ONG”, asegura Marta Arias, directora de Sensibilización y Políticas de Infancia de Unicef España.
180 chicos almuerzan a diario en el colegio que dirige Miguel Rosa
Castejón. Y un centenar de ellos lo hacen de forma gratuita. (...)
Todavía no se conoce a cuántos menores afectará el nuevo plan andaluz de
las tres comidas diarias, aunque fuentes de la Junta han recalcado que
va dirigido a las familias en “riesgo de exclusión social” y clases
medias con un empobrecimiento sobrevenido. Es decir, que no llegará a
los alrededor de 100.000 niños que tienen el servicio de comedor
completamente gratuito ahora gracias a las bonificaciones." (El País, 18/04/2013)
"Cada vez más niños pasan hambre en Grecia.
En su trabajo como director de una escuela primaria, Leonidas Nikas
está acostumbrado a ver a los niños jugar, reír y soñar con el futuro.
Sin embargo, en los últimos tiempos, ha empezado a ver otra cosa
totalmente distinta, algo que pensaba imposible en Grecia: niños que
rebuscan en los cubos de basura del colegio para encontrar algo que
llevarse a la boca; pequeños necesitados que piden a sus compañeros las
sobras de su comida; y a un chico de 11 años, Pantelis Petrakis,
retorcido de dolor por el hambre que pasa.
“No había comido prácticamente nada en casa”, explica Nikas, sentado
en su abarrotado despacho del colegio, que está situado cerca del puerto
del Pireo, en un barrio obrero de Atenas, mientras oímos a niños que
saltan a la cuerda en el patio. Cuenta que habló con los padres de
Pantelis y los vio avergonzados y humillados; le confesaron que llevaban
meses buscando trabajo sin resultado. Sus ahorros se habían esfumado y
vivían de pasta y ketchup.
“Ni en la peor de mis pesadillas podía haber imaginado que
llegaríamos a una situación así”, dice Nikas. “En Grecia, los niños
empiezan a venir al colegio muertos de hambre. Hay familias que no solo
tienen dificultades para encontrar trabajo, sino para sobrevivir”. (...)
El año pasado, se calcula que el 10% de los alumnos griegos de
educación primaria y media padecían lo que los profesionales de la salud
pública denominan “inseguridad alimentaria”, es decir, que pasaban
hambre o corrían peligro de pasarla, dice la doctora Athena Linos,
profesora en la Facultad de Medicina de la Universidad de Atenas y
directora de un programa de ayuda alimentaria en Prolepsis, una ONG de
salud pública que ha estudiado la situación. “En materia de inseguridad
alimentaria, Gracia ha caído al nivel de algunos países africanos”,
asegura.
Los colegios griegos no tienen comedores subvencionados. Los alumnos
tienen que llevar su propia comida o comprársela en la cafetería. Y eso
tiene un coste que se ha vuelto inalcanzable para las familias con
escasos ingresos o ninguno.(...)
“No dejo de oír a mi alrededor: ‘Mis padres no tienen dinero. No
sabemos qué vamos a hacer’”, explica Evangelia Karakaxa, una vivaracha
chica de 15 años que estudia en el instituto número 9 de Acharnes.
Esta ciudad, una población obrera situada en las montañas de Ática,
era un centro de bullicio y actividad, gracias a las importaciones,
hasta que la crisis económica eliminó miles de puestos de trabajo.
Ahora, Evangelia dice que muchos de sus compañeros de clase pasan
hambre, y hace poco hubo un chico que se desmayó. Algunos niños están
empezando a tobar comida, añade. Aunque no lo disculpa, entiende su
situación. “Los que están bien alimentados nunca podrán comprender a los
que no lo están”, afirma.
“Nos han destrozado nuestros sueños”, continúa; sus padres están en
paro pero no tienen una situación tan mala como otros. Hace una pausa y
continúa en voz baja. “Dicen que, cuando uno se ahoga, ve pasar su vida
en un destello ante sus ojos: Tengo la sensación de que, en Grecia,
estamos ahogándonos en tierra firme”.
Alexandra Perri, que trabaja en el colegio, dice que al menos 60 de
los 280 alumnos sufren malnutrición. Niños que antes presumían de comer
dulces y carne hablan ahora de macarrones cocidos, lentejas, arroz o
patatas. “Lo más barato”, explica Perri. Este año, los casos de
malnutrición se han multiplicado. “Hace un año no estábamos así”, dice
Perri mientras intenta contener las lágrimas. “Lo aterrador es a qué
velocidad está deteriorándose la situación”. (...)
En el piso de la familia, próximo al colegio, Themelina Petrakis, que
tiene las luces apagadas, me enseña su nevera y sus armarios. Dentro
hay poca cosa, aparte de unos cuantos botes de ketchup y otros
condimentos, algunos macarrones y sobras de una comida que le han dado
en el ayuntamiento.
La familia vivía bien e incluso ayudaba a otras más necesitadas hasta
el año pasado. Tenía un piso espacioso, una televisión de plasma y una
PlayStation.
Pero en diciembre despidieron a su marido, Michalis, de 41 años, que
trabajaba en una empresa de transportes. Llevaba cinco meses sin cobrar
el sueldo. El matrimonio dejó de poder pagar el alquiler, y en febrero
se les acabó el dinero.
“Cuando llamó el director del colegio, tuve que confesarle que no
teníamos comida”, dice la señora Petrakis, de 36 años, que abraza a
Pantelis con cariño mientras él mantiene la mirada baja. (...)
Michalis Petrakis dice que el hecho de no haber encontrado otro
trabajo le hace sentirse menos hombre. Cuando empezaron a acabárseles
los alimentos, dejó de comer casi por completo, y empezó a perder peso.
“El verano pasado, cuando trabajaba, incluso tiraba el pan que me
sobraba”, dice entre lágrimas. “Ahora estoy aquí, sentado, con una
auténtica guerra dentro de mi cabeza, intentando pensar cómo vamos a
sobrevivir”.
Cuando tiene hambre, la señora Petrakis propone una solución. “Es muy
sencillo”, dice. “Cuando tengo hambre, me mareo, así que me duermo
hasta que se me pasa”. (...)
En las zonas rurales, por lo menos, la gente puede cultivar sus alimentos. Pero eso no basta para erradicar el problema. (...)
Lleva tres años sin encontrar trabajo. Ahora, dice, su familia vive de
lo que llama “una dieta a base de col”, que complementa con los
caracoles que encuentra en los campos de los alrededores. “Ya sé que la
col no basta para garantizar la nutrición”, dice con amargura, “pero no
hay alternativa”. (...)
Leonidas Nikas, el director del colegio de Pantelis, ha decidido
hacerse cargo de las cosas en su propio centro y está organizando
campañas de recogida de alimentos. Le indigna ver que, en su opinión,
Europa no está teniendo en cuenta los problemas de Grecia.
“No digo que tengamos que limitarnos a esperar a que otros nos
ayuden”, dice. “Pero, si la Unión Europea no hace como esta escuela, en
la que todos están ayudándose entre sí porque somos una gran familia, no
tenemos futuro”. (El País, 18/04/2013)
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