"Hace algunos meses que vivo en Santiago de Chile. Llegué para quedarme por un tiempo.
Solo la vida dirá cuánto. En algo más de nueve meses en este delgado
país del fin del mundo, he sabido lo que significa tener treinta y pocos
y comenzar una nueva vida.
Por fin me siento frente al ordenador,
después de leer la columna de Elvira Lindo, titulada “Fuera de España”.
En ella sostiene Lindo: “El extranjero sigue siendo ese lugar donde a
menudo uno se siente más solo que la una”.
Aquí he encontrado amor, una buena cantidad de amigos y amigas, y un
trabajo que me llena y para el que me preparé durante años gracias a la
educación pública española. Me conecto constantemente a las diversas
redes sociales y hablo con mi familia y amigos en España.
Soy en definitiva, una inmigrante con suerte, pero inmigrante al final del día. Soy, en este lado del mundo, una “nordaca”.
Dicho no con desprecio por los chilenos, pero si con un dejo de
satisfacción exitosa por recibir una cantidad cada vez mayor de
españoles en un país que crece a tasas superiores al 6% y que roza el
pleno empleo.
Nordaca… ¿Qué implica ser una nordaca? Para muchos chilenos y
chilenas significa ser hija de un sistema de bienestar colapsado. Un
sistema donde el Estado (todavía con mayúscula), nos proveyó de sanidad y
educación pública de calidad. Para ellos, la crisis es el efecto
directo de ese derroche insostenible, de ese cuento de hadas.
Nordaca
también significa que la crisis tiene parte de su origen en que somos
acomodaticios, que no trabajamos todo lo necesario, que no nos
esforzamos lo suficiente, que no hemos sido lo emprendedores que
debíamos. Irónico, ¿no? ¿Cuántas veces escuché esos argumentos
hace pocos años en España respecto de los “sudacas”? Hoy lo escucho en
un país donde el mercado lo es prácticamente todo.
Donde el estado
(ahora con minúscula), provee servicios de mala calidad al que acuden
los pobres y los sectores vulnerables, los que no tienen opción. Para
los demás, está el mercado: el de la salud, el de la educación, el de
las pensiones. Serás bienvenido, siempre que lo puedas pagar.
Un país acogedor con los migrantes rubios y europeos, pero que
mantiene uno de los índices de desigualdad y exclusión más altos del
mundo. Y desde aquí, miro cómo nuestro país continúa cayendo y mutando
hacia este modelo de mercado, salvajemente excluyente. Mientras, la
incertidumbre, la nuestra y la mía, ya es parte del paisaje.
Tiene razón Elvira Lindo: una se siente más sola que la una." (Blog 3.500 millones, El País, 14/04/2013)
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