"La devastadora austeridad impuesta por Berlín a toda la zona euro y
en particular a sus socios del Sur (Grecia, Portugal, España, Italia y
Chipre) está provocando en estos países una subida de la germanofobia.
En sus recientes visitas a Madrid, Atenas y Lisboa, la canciller alemana
Angela Merkel ha sido recibida por manifestaciones muy hostiles.
Miles
de víctimas de las políticas ‘austericidas’ denunciaron en calles y
plazas la coacción del “IV Reich” y acogieron a la dirigente alemana con banderas nazis y uniformes de las SS o de la Wehrmacht…
En
Francia también –cuando se acaban de celebrar por todo lo alto los
cincuenta años del Tratado de amistad franco-alemán, piedra angular de
la política europea de París– los amigos del presidente François
Hollande ya no dudan en reclamar un “enfrentamiento democrático” con
Alemania y acusan al vecino germano de “intransigencia egoísta”. (...)
Hasta en el Reino Unido –que no pertenece a la zona euro–, la clase
política se alza igualmente para protestar contra la nueva “hegemonía
germana” y denunciar las consecuencias de ello: una “Europa dominada por
Berlín, o sea precisamente lo que el proyecto europeo debía, en
principio, impedir”. (...)
Muchos analistas constatan que la crisis, paradójicamente, es lo que
ha permitido a Berlín “conquistar Europa” y alcanzar una posición de
dominación que no tenía desde 1941… Lo que le hace decir, con ironía, al
semanario Der Spiegel: “Alemania ganó la Segunda Guerra Mundial la semana pasada…” (1).
El
hecho es que Alemania lidera en solitario la Unión Europea. Basándose
en lo que considera su “éxito económico”, Berlín no duda en imponerle a
todos sus socios su detestable receta nacional: la austeridad.
En
particular a los de la orilla mediterránea, cuyos habitantes son
considerados por muchos políticos y por los medios de comunicación
alemanes como unos “perezosos”, unos “indolentes”, unos “tramposos” y
unos “corruptos”. En cierto modo, esos alemanes están convencidos de que
la crisis opone un Norte mayoritariamente protestante, trabajador,
hacendoso, austero y ahorrador, a un Sur católico u ortodoxo, gandul,
jaranero, vividor y rumboso.
¿No declaró acaso, la propia Angela Merkel,
ante los militantes de su partido, la CDU, en mayo de 2011, que “en
países como Grecia, España y Portugal, la gente no tendría que jubilarse
tan pronto, en todo caso no antes que en Alemania (2), y los
asalariados tendrían también que trabajar un poco más, porque no es
normal que algunos se tomen largas vacaciones cuando otros apenas
tenemos asueto. Esto, a la larga, aunque se disponga de una moneda
común, no puede funcionar” (3)?
Otra prueba de esa convicción
germana de que mientras el alemán trabaja los ribereños del Mediterráneo
viven a la bartola (4), la constituye la provocadora declaración, en
Salónica, del ministro adjunto alemán de Empleo, Hans-Joachim Fuchtel,
enviado a Grecia por Merkel para ayudar a reestructurar los municipios
griegos:
“Los estudios demuestran –afirmó Fuchtel– que aquí se precisan
tres griegos para hacer el trabajo que haría un solo alemán”. Y
partiendo de semejante conclusión, el ministro recomendó el despido de
miles de funcionarios locales… Los cuales, al día siguiente, se
amotinaron y casi ajustician al cónsul alemán, Wolfgang
Hoelscher-Obermaier, al grito de “¡Linchemos a los nazis!” (5)…
Más
allá de los viejos clichés –“perezosos” contra “nazis”–, lo que está en
juego es la salida de la crisis. Porque, a escala planetaria, las demás
grandes economías, Estados Unidos y Japón, han vuelto al crecimiento
mientras la UE sigue sumida en la recesión. (...)
Pero es que, además, está demostrado que la austeridad no funciona y
es destructora. Cada mes que pasa, Europa, con ese remedio, se hunde más
en la recesión. Los ajustes y los recortes sucesivos matan el
crecimiento y tampoco permiten el desendeudamiento de los países.
Ya no
son sólo los Estados del Sur y sus poblaciones quienes protestan contra
las políticas de ajuste, a ellos se suman ahora, entre otros, los Países
Bajos, Suecia, los socialdemócratas alemanes y la propia Comisión
Europea que considera que “la austeridad ha alcanzado sus límites”.
Sobre todo cuando las tesis “científicas” de los profesores Kenneth
Rogoff y Carmen Reinhart, en las que se basaban las políticas de
austeridad, se han revelado falsas; no se apoyaban en ninguna
racionalidad económica (8).
Es hora, por consiguiente, de ir pensando en otras soluciones. Berlín y el “merkiavelismo”
(9) pretenden que no las hay. Pero es fácil demostrar lo contrario.
Por
ejemplo, se le podría dar mucho más tiempo –como ya se está empezando a
hacer– a los países europeos para alcanzar el célebre 3% de déficit
presupuestario; y también cuestionar esta absurda “regla de oro”…
Habría que reducir el valor del euro, moneda demasiado fuerte para la mayoría de los países de la eurozona, y estimular de ese modo las exportaciones. Japón, segunda economía del mundo, lo ha hecho bajo la dirección de su nuevo Primer ministro conservador, Shinzo Abe, inundando la economía de liquidez (todo lo contrario de la austeridad) (10), reduciendo en seis meses el valor del yen un 22%, mientras la tasa de crecimiento daba un espectacular salto adelante situándose en un 3,5% anual…
Otra perspectiva: los 120.000 millones de euros previstos
en el Pacto Fiscal que se firmó el año pasado para el “estímulo del
crecimiento”… ¿Qué espera la UE para decidirse a gastarlos? ¿Y los 5.000
millones de euros disponibles de los “Fondos Estructurales Europeos”?
¿Por qué no se utilizan? Con sumas tan colosales, ya presupuestadas, se
podrían realizar grandes obras de infraestructura y dar trabajo a
millones de desempleados…
O sea un verdadero New Deal europeo, o como
dice Peer Steinbrück, el candidato socialdemócrata rival de Angela
Merkel en las elecciones legislativas alemanas del próximo 22 de
septiembre: “Necesitamos un auténtico Plan de desarrollo y de
inversiones europeo para estimular un crecimiento sostenible. Porque lo
que está en juego no es la estabilidad del euro, sino la estabilidad de
todo nuestro sistema social y político. La injusticia social amenaza la
democracia” (11).
Otra alternativa a la austeridad consistiría en
imitar lo que hizo Berlín después de la reunificación en 1993 en
beneficio de los Länder del Este, creando un pequeño impuesto indoloro
del 1%. A escala europea supondría un fondo de unos 200.000 millones de
euros al año que no les vendría mal a los países en dificultad…
Otra
medida sería que la canciller Merkel se decidiese a subir los salarios
en Alemania, con lo cual relanzaría el consumo interno, estimularía su
propia economía (que con un crecimiento de apenas el 0,1% en el primer
trimestre de 2013 ronda la recesión), aumentaría las importaciones
procedentes de los demás países europeos y pondría así en marcha el
motor del crecimiento en toda la Unión.
Y ni siquiera abordamos
aquí otras soluciones como sería sencillamente el abandono del euro y el
retorno al Sistema monetario europeo, propuesto recientemente por Oskar
Lafontaine, ex ministro de Finanzas alemán y fundador de Die Linke.
Como vemos, las soluciones no “austeritarias” existen ¿a qué esperan los
gobiernos para adoptarlas?" (Ignacio Ramonet en Le Monde diplomatique (Nº: 212 Junio 2.013), en Caffe Reggio, 01/06/2013)
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