"En cuanto enfrento al tipo del rellano sé lo que ha llegado.
—Le traigo una comunicación del juzgado.
Bajo el brazo derecho lleva un paquetón de folios, calculo que unos 300. Con la izquierda me tiende un papel.
—¿Es la orden de desahucio?
Llevo ya algún tiempo esperándola, desde que el BBVA me comunicó que
si quería saber algo de mi hipoteca me pusiera en contacto con los
servicios jurídicos. Cuando una oye en la oficina bancaria "servicios
jurídicos" sabe que las cosas han pasado a un lugar en el que se manejan
otras palabras, otros términos.
Es una sensación similar a la que
provocaban "las cosas de los mayores" en la primera adolescencia.
Tendrás que vivirlas, vas a oírlas, pero lo esencial se te va a escapar.
—Bueno, más o menos —el tipo titubea—. Tiene usted que presentarse en el juzgado y firmarme esto.
—¿Y si no lo firmo?
—Le va a dar igual.
A lo lejos se oyen los primeros petardos, calentando una huelga
general que alguna lumbrera, ya me da igual de qué partido, ha
calificado de "huelga política", como si hubiera alguna huelga que no lo
fuera. Qué sabrán.
—Niños, id tirando hacia el salón.
Firmo. Total Firmo y agarro el paquetón de folios. Juzgado de Primera
Instancia 4 Barcelona. Gran Via de les Corts Catalanes, 111.
Procedimiento Ejecución Hipotecaria xxx/2012 Sección 2C. Parte
demandante BANCO BILBAO VIZCAYA ARGENTARIA, S.A. Procurador IRENE SOLA
SOLE. Parte demandada Cristina Fallarás Sánchez.
Me detengo a pensar que el nombre del demandante y de la procuradora están escritos en mayúsculas y el mío, en minúsculas.
Y de repente facebook y twitter enloquecidos, y las radios y las televisiones enloquecidos, y todo el mundo buscándome.
Suena el teléfono. Es el productor del gran programa nocturno, máxima audiencia.
— Hola, Cristina, que hemos leído lo tuyo y querríamos invitarte al programa, a la tertulia.
— Justo me encuentro en Madrid para participar en el Festival Eñe de literatura.
— Tendrías que estar en el estudio a las 8 de la tarde.
— No creo, será imposible, acabo la tertulia a esa misma hora. En realidad es difícil todo, porque además no tengo pasaje…
— No importa nada. Te ponemos un taxi, pagamos otra noche de hotel, te mando un nuevo billete.
Llego a los estudios del canal privado hacia las ocho de la tarde. Me
sientan a esperar junto a dos matrimonios. El hombre y la mujer mayores
rondan los setenta. Ella está algo preocupada por su pelo y se alisa la
falda nerviosa, tan fuera de lugar, al otro lado de la pantalla que
seguramente le acompaña a diario, horas y horas de una jubilación que
imaginó muelle.
Su marido sencillamente no existe. Es un hombre que pese
a estar ahí, grueso, rotundo, con el aire enrojecido de los machos
rurales incrustados en ciudad, pese a todo eso, queda claro que ya no
existe. Aunque, después, veré cómo una lágrima suave le recorre la
mejilla de cera.
El hombre del matrimonio más joven ha entrado en la cuarentena hace
tiempo, ella debe ir cinco años por detrás. En sus rostros la emoción de
encontrarse en los estudios de televisión, algo cercano a dios, se
mezcla con un aire de pasmo.
— Somos desahuciados — me explica el más joven con dejo andaluz.
Primero nos echaron a nosotros de la casa, y ahora echarán a mis padres,
porque ellos fueron quienes avalaron la compra de nuestro piso –un
gesto con la cabeza hacia el padre de cera. Con su piso, el de toda la
vida. Nos vamos los cuatro a la calle, con los críos. Lo único que nos
queda es esto, venir a la televisión.
Sucede algo dentro de mi estómago. Luego sucede algo dentro de mi cerebro. Después me llega a los ojos.
De golpe no sé qué hago allí, entre esas cuatro personas de cuya
hondísima desgracia me siento tan lejos. “Lo único que nos queda es
esto”.
¿Cómo explicar que no, que no estamos en el mismo barco? ¿Cómo
explicarme esa necesidad con náusea de salir huyendo, llamar a un taxi,
volver a mi casa, llorar sobre las hojas del limonero del patio, este
año generoso en limones?
Busco desesperada a una de las azafatas del programa. Quiero saber,
necesito saber que no me van a sentar en la tierra del precipicio
absoluto de cuyo borde cuelgan las piernas de esas personas que me miran
sin entender a qué he venido.
Hasta ese momento no he tenido claro qué
soy, qué significa aquello que ha echado a andar con la narración de mi
hielo en la puerta de casa. Y en ese momento, dudo: ¿Soy una
desahuciada? ¿Soy una entre los cientos de miles de personas a los que
ya no les queda NADA? ¿Es eso lo que me ha traído hasta este extrarradio madrileño?
— Perdone, señorita, ¿me puede explicar qué he venido yo a hacer aquí? — le digo a la azafata.
Mi voz vibra sobre una irritación algo violenta. La chavala me mira con asombro.
— Pues a la tertulia, ¿no? Usted se sentará en esta silla, junto a tal y tal y tal, que opinan y...
Me desprecio por relajarme, me daría de hostias, pero me relajo.
Soy una desahuciada, sí, una de tantísimos. Pero aún puedo narrar, y eso me salva.
Luego, sólo a veces, vomito" (Este artículo fue publicado el 12 de diciembre de 2012 en la revista argentina Anfibia.
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