"En una novela, las primeras páginas suelen abrir interrogantes a los que
el narrador deberá luego dar respuesta, sin incurrir en incoherencias
ni dejar ningún cabo suelto. La mente humana aspira al equilibrio y
quiere que las cosas encajen, que tengan sentido. (...)
Los ciudadanos se sienten frustrados y no pueden descansar en paz
mientras los culpables no sean castigados. No es un afán justiciero, ni
un deseo soterrado de linchamiento. Simplemente, quieren recuperar la fe
en las instituciones y en los que las encarnan, la convicción de que la
justicia funciona y es igual para todos.
Quieren carcajearse viendo
cómo el preboste de turno da un brinco al sentarse, quieren poder
imaginarse a los aprovechados pagando sus fechorías en la cárcel, o al
menos privados de sus privilegios y coches oficiales. Necesitan que la
justicia les acabe de contar la historia, para dormir tranquilos.
Esto es justo lo que no está ocurriendo con las innumerables estafas y
casos de corrupción que infestan las páginas de nuestros periódicos, y
en particular con el caso Bárcenas. Nuestro sistema político
carece de mecanismos de depuración y nuestro sistema judicial, con su
lentitud exasperante, no apacigua nuestra conciencia. Los casos se
dirimen a la vista de todos.
A los ciudadanos nos gustaría no tenernos
que enterar de los detalles escabrosos de cada caso, no tener que
soportar el hedor que despiden. Desearíamos que los responsables
dimitieran y que los culpables fueran condenados con rapidez, para
descansar a gusto.
Es la tarea que esperamos de nuestros políticos y de
nuestros jueces. Que los unos asuman las responsabilidades que les
correspondan y que los otros se tapen la nariz, que se enfrenten al
hedor, sin dejar que lo inunde todo, y nos limpien la casa. (...)
Pero nuestras instituciones judiciales y políticas escriben novelones
infames en las que los hilos del argumento se pierden en extraños
laberintos procesales, los protagonistas se confunden en la mente del
lector, sobran personajes y capítulos, los enredos se entremezclan, las
pistas se pierden, todo suena a sabido por la reiteración de los
chanchullos, pocas veces se llega al final y aún menos al fondo de
ningún asunto, nadie se da por enterado de nada y pocos pagan de verdad
sus fechorías.
La acumulación de casos y su similitud son tales que ni
los pintorescos nombres con los que son denominados —Gürtel, Campeón,
ITV, Nóos, Emperador, Palma Arena, Pokémon, Clotilde, Mercurio, Palau,
Pretoria, Malaya, Ballena Blanca, etcétera— sirven para
individualizarlos en la mente del lector.
Hay miles de imputados,
cientos de sumarios pudriéndose en los juzgados, nadie devuelve un euro y
el conjunto es una novela sembrada de indicios concluyentes de los que
nadie saca conclusiones, de acciones sin consecuencias, de responsables
que no se responsabilizan de nada y de víctimas impotentes ante la
insultante impunidad de los culpables. (...)
Hoy, esta novela tiene un protagonista indiscutible, el preso de Soto
del Real, y los indicios sobre la financiación ilegal del partido del
que era tesorero son tan abrumadores que si de verdad fuera una novela
no podríamos abandonar la lectura hasta llegar al final, con las
dimisiones y condenas pertinentes, que sin duda serían ejemplares.
Pero
aquí nadie escribe el último capítulo y nosotros seguimos en suspenso,
sin saber cómo acaba el denigrado protagonista de Desgracia —que, si la traducción fuera fiel, debería titularse Deshonra, por cierto— ni qué tipo de maldición pesa sobre la estirpe de los Buendía. ¿Cómo no van a cundir el cinismo y la desafección?
Estoy convencido de que la mayoría de nuestros políticos son honestos
y la mayoría de nuestros jueces, diligentes y capaces. Pero es obvio
que algo está fallando. Algo fundamental." (
Carles Casajuana , El País,
5 AGO 2013 )
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