"La fecha clave parece estar en el año 1999. A la altura de ese año,
la economía española había corregido los desequilibrios básicos que
habían ocasionado la crisis de 1993.
Muchas empresas habían comenzado un
proceso importante de modernización interna y de internacionalización.
Se había recobrado la paz laboral y reconducido los costes salariales. Y
el modelo productivo se orientaba hacia actividades productivas y de
mercado.
Pero a partir de 1999 algo comenzó a torcerse. Volvieron los
desequilibrios macroeconómicos y la economía se orientó hacia
actividades especulativas y suntuarias, como las grandes inversiones en
AVE, aeropuertos y demás. De forma intrigante, el inicio de este
deterioro coincidió con la entrada de la peseta en el euro.
La pregunta es inevitable: ¿pudo el euro afectar negativamente al
proceso de reforma institucional y contribuir a sesgar el modelo
productivo? Si es así, ¿cómo ocurrió? Mi opinión es que la entrada en el
euro sí influyó. Fue, es verdad, una influencia indirecta, pero
determinante en el devenir de la economía y la sociedad españolas de la
última década.
De forma inesperada y no querida, la entrada en el euro nos jugó una
mala pasada. Por un lado, por la vía del crédito abundante y barato,
favoreció el sobreendeudamiento privado y contribuyó a sesgar la
asignación de los recursos públicos hacia actividades especulativas y no
prioritarias.
Por otro, hizo bajar la guardia en cuanto a la necesidad
de continuar la modernización económica y política, especialmente en
relación con el sistema financiero, el mercado de trabajo, el sistema
educativo y de investigación, las administraciones públicas y el sistema
político.
¿Cómo ocurrió? A mi juicio, sucedió que las élites políticas y
económicas nacionales dimitieron de su responsabilidad de liderar la
modernización y confiaron el trabajo sucio de las reformas a los efectos
disciplinadores automáticos que se suponía que iba a tener el euro.
Se
adhirieron de esta forma a una idea defendida por muchos asesores de
políticas y economistas que sostienen que la mejor forma de llevar a
cabo la modernización institucional en un país es la disciplina que
imponen los mercados financieros internacionales. La historia de la
política económica no avala esta idea, pero es un autoengaño
complaciente cuando no se quiere asumir la responsabilidad de liderar el
cambio. (...)
Esta lección sigue vigente en el momento actual. La modernización
económica y política es una tarea interna. En particular, es
responsabilidad de las élites nacionales en un sentido amplio de la
palabra.
El euro, por sí solo, no puede hacer esa tarea. Al contrario:
en ausencia de un ejercicio responsable de liderazgo modernizador
interno por parte de nuestras élites, el euro puede acabar siendo una
amenaza para el progreso económico y social." (
Antón Costas , El País, 8 SEP 2013 )
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