"Muchos jóvenes de los que nos envían su currículo para solicitar un
trabajo están extremadamente cualificados. Me da vergüenza leerlos,
¡sobre todo cuando sabemos que entre cientos de candidatos tenemos que
elegir sólo a uno!” Las confesiones de este responsable de recursos
humanos de una gran empresa, que quiso mantenerse en el anonimato, son
sintomáticas.
Y no es el único que constata esta situación. Un joven
licenciado de la Escuela Politécnica de Atenas, con un doctorado y que
ha impartido clases unos meses en una escuela técnica, hace la misma
reflexión, ocultando también su identidad: “Mi sueldo era tan bajo, que
con frecuencia me colaba en la fila de estudiantes para comer en la
cafetería y ahorrar en la comida”.
Estos dos testimonios reflejan una realidad brutal en el mercado
laboral actual. Por un lado, currículos “de peso” y por otro, un
desempleo crónico o sueldos muy bajos [el índice de desempleo era del
27,9% en junio de 2013, comparado con el 24,6% un año antes. Las mujeres
y los jóvenes son los más perjudicados].
Volvemos a pensar entonces en
la “generación de los 700 euros” [nombre dado a los jóvenes licenciados
al inicio de la crisis, en 2007] con… nostalgia, porque los sueldos de
las personas a las que se emplea en este momento por lo general son
inferiores (y con diferencia) a 700 euros netos.
Efectivamente, hoy podemos hablar de varias “generaciones de 700
euros”. No se trata sólo de los jóvenes con titulación universitaria,
sino también de los que han llegado a los cuarenta o los cincuenta años y
que han perdido su empleo. Si encuentran uno nuevo, no pueden esperar
que les paguen más de 700 euros.
400 euros en negro. Por cada anuncio de empleo, se produce un
auténtico bombardeo de currículos. “Cuando publicamos un anuncio,
recibimos a veces hasta 600 currículos en una semana.
Un tercio los
envían jóvenes altamente cualificados, con titulaciones de estudios
superiores y que dominan al menos dos idiomas extranjeros. También optan
al mismo puesto personas de más edad, con cualificaciones inferiores en
el papel, pero que cuentan con una especialización y una experiencia
importantes.
Resulta muy difícil elegir”, explica el responsable de personal de
una empresa. Pero sea cual sea la persona contratada, el sueldo es de
600 euros brutos. Hoy es una cifra insuficiente para responder a las
necesidades básicas y sobre todo totalmente inadecuada para ese nivel de
estudios. Como es lógico, en el caso de un primer trabajo en un puesto
no cualificado, el sueldo se hunde hasta los 300 o 400 euros.
Cuatrocientos euros pagados en negro: es lo que cobraba Konstantinos
Sp., de 27 años, el pasado invierno, por trabajar ocho horas al día en
un bufete de abogados. Licenciado en derecho y con un máster realizado
en Alemania, le resultó muy difícil encontrar este trabajo.
“La
contribución social que paga la empresa es de 150 euros al mes y me
gastaba 45 euros en el abono de transporte público. ¿Qué me queda
entonces para vivir? Tengo compañeros que son jóvenes abogados y que
trabajan un número de horas indeterminadas en la oficina, hasta
medianoche, para ganar 600 u 800 euros al mes. De hecho, ganan menos que
un obrero no cualificado. Por desgracia, a un joven abogado no se le
reconoce el estatus de empleado”, afirma.
“Cuando envío currículos, me responden con elogios: ‘Un currículo
increíble, con doctorado, publicaciones, ¡excelente!’ Pero no me ofrecen
ningún puesto de trabajo”, confiesa P. K., de 30 años, con una
titulación de ingeniero electrónico en la Politécnica. Al final, trabajó
el año pasado como profesor en la Escuela de Estudios Técnicos
Superiores y luego, en el segundo semestre, a tiempo parcial, en la
Escuela Técnica de Calcis [al norte de Atenas].
Su sueldo: 700 y 300
euros, respectivamente. “No es rentable, sobre todo para nosotros, los
técnicos, puesto que la cotización a la seguridad social es más cara. La
mayoría de mis compañeros ya se han marchado al extranjero”.
Georgia, de 36 años, posee una titulación de la Universidad Agrícola.
Además tiene un máster de la Escuela Politécnica y domina a la
perfección tres lenguas extranjeras. En su declaración de impuestos se
registran unos de ingresos de 5.000 euros al año. “Y es cierto”, afirma,
“porque, para que me paguen, hago facturas, tengo las pruebas. ¿Cómo se
puede vivir con estos ingresos?”.
Los trabajos han desaparecido y los sueldos no dejan de bajar.
Resultado: “Hace años, ganaba de 1.200 a 1.400 euros al mes. En los
últimos años, mi sueldo ha bajado hasta los 800 euros. El año pasado fue
también un mal año. Teniendo en cuenta mis estudios y la tecnología que
utilizo, me tendrían que pagar mucho más. Pero ¿quién te paga hoy esa
cifra?”.
Por desgracia, la realidad del salario mínimo afecta cada vez más a
las personas de más edad, y no sólo a los jóvenes. P. S., que trabajó
durante varios años en el sector de la impresión, ganaba alrededor de
1.500 euros. Le despidieron y estuvo un año y medio desempleado. Hoy ha
encontrado un trabajo por 650 euros, brutos…" (Presseurop, 19 septiembre 2013, I Kathimerini
Atenas)
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