"Lázaro y su familia viven con miedo. “Mi
madre se está muriendo poco a poco porque no sabemos cómo está, no
sabemos la insulina que necesita, no sabemos nada. Solo que cada vez
está peor”, explica con impotencia. Lourdes, sufre
diabetes, hipertensión, osteoporosis y unos dolores que aumentan cada
día.
No está segura de que su medicación sea la adecuada pero parece que
de momento un médico tampoco va a solucionar su preocupación. Aunque
reside de forma legal en España, le han negado el acceso a la sanidad
pública, y casi no le ofrecen posibilidades para asegurarse en la
privada: tiene 71 años, tres enfermedades y muy baja rentabilidad para
un sistema de pago.
Lázaro es cubano,
llegó a España como refugiado y, por tanto, tiene permiso de
residencia. Sus padres, Lourdes e Hilario, llegaron reagrupados en
febrero de este año. Ambos han solicitado la tarjeta sanitaria en
oficinas de la Seguridad Social en cuatro ocasiones, y en cada una de
ellas se les ha rechazado, según denuncian desde Médicos del Mundo.
La
razón: la reforma sanitaria del Gobierno no solo excluye a inmigrantes
en situación irregular, también rechaza a personas que han obtenido un
permiso de residencia no laboral después del 24 de abril de 2012.
Estas características apuntan a los padres de inmigrantes que han
llegado por reagrupación familiar como principales víctimas de esta
forma de exclusión casi invisible. Dada su edad, no solo no pueden
trabajar, sino que verán muy difícil encontrar un seguro médico privado a
un precio asequible.
“Se trata de una de las formas de exclusión más
agresivas, les dejan en la estacada”, señala Verónica García, activista
del colectivo Yo Sí, Sanidad Universal.
En ningún momento fueron informados de que no iban a tener cobertura
sanitaria cuando solicitaron la reagrupación familiar. “Nunca nos
avisaron de nada. Aunque verdaderamente no tenía opción de dejarles en
Cuba. Allí estaban solos y mi madre necesitaba que la cuidásemos; lo que
no sabía es que no iba a poder hacerlo en España”, lamenta Lázaro.
Su rostro no está envejecido pero refleja cansancio y mucho dolor.
Lourdes intenta ser amable, pero está agotada. Tiene 71 años y padece
diabetes, osteoporosis, dolores intensos de huesos e hipertensión
arterial. Necesita a diario insulina, metformina, calmantes y relajantes
musculares, entre otros.
Un gran botiquín que eleva el coste mensual a
más de 100 euros, un precio excesivo para una casa de seis habitantes
con un ingreso fijo de 460 euros al mes. No tiene medidor de glucosa,
necesario para controlar las subidas y bajadas de azúcar en sangre, por
lo que el suministro de insulina se lo hace ella misma sin saber la
cantidad exacta que debe inyectarse.
La primera vez que acudieron a urgencias
fue atendida, aunque todo gracias a una pequeña mentira fruto de la
desesperación de su hijo. “Tuve que decir que se me había olvidado la
tarjeta sanitaria en casa, y funcionó. Le inyectaron insulina y le
hicieron unos análisis”, reconoce.
La segunda vez que los dolores
obligaron a Lourdes a acudir al hospital no fue posible recibir
asistencia: les derivaron a una clínica privada cuyo coste es de 65
euros por consulta, al que se suman otros 400 para su seguimiento,
junto con el precio de los análisis y las pruebas... “El único dinero
que entra en casa es el salario de mi hijo, que no llega a los 500
euros”, dice Lourdes. “¿Qué vamos a hacer entonces?”
Sus hijos se pusieron en marcha, no iban a permitir que su madre fuese
ignorada de tal forma. Estaban dispuestos a pagar otro seguro médico
privado; ya encontrarían la forma de financiarlo. No obstante, los
precios eran inalcanzables. “La oferta que me hicieron es casi
hiriente. Dicen que con 71 años no pueden asegurarla pero lo harían a
cambio de incluir a cuatro personas más menores de 35 años por 600
euros”.
“Estamos viviendo de la
solidaridad, si no..., no sé cómo llegaríamos”, lamenta Lázaro. La
familia de su mujer y algunos conocidos están siendo un gran sustento
para ellos. Cuando algunos amigos viajan a Cuba, les traen las medicinas
que en España no pueden comprar. Allí son más baratas.
La situación
está derivando en la automedicación de Lourdes. “Empecé a tomar unas
pastillas que me regaló una amiga, pero no sé si me van bien”, llega a
reconocer. No nota mejoría con ninguna de la medicación que toma. “El
otro día leí en un prospecto que, si tomo una medicina y no noto nada,
tendría que visitar a mi médico... ¿A qué médico?”, se pregunta.
Cada día, cuenta su familia, Lourdes está un poco peor que el anterior.
“No me encuentro bien, siempre estoy malita. Tengo muchos dolores,
desde la cabeza hasta los dedos de los pies... Estoy muy malita todos
los días”, lamenta.
Está preocupada. Los que la quieren aseguran que la
batalla por encontrar un médico de cabecera le está pasando una factura
mayor de la que ya le cobran sus enfermedades. “Está bastante
deprimida”, dice Hilario, mientras su mujer se limpia de nuevo los ojos
con un pañuelo que no separa de sus manos. (...)" (eldiario.es, 07/10/2013)
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