"Salvador Sostres vuelve a ser noticia por una columna que ha despertado revuelo en las redes sociales. El colaborador de El Mundo asegura que en España "no hay paro" y que "quien realmente quiere trabajar, trabaja".
El columnista arremete contra la sociedad, llena de "listillos y holgazanes" beneficiados por el Estado. En esta línea asegura que la crisis "nos ha pillado reblandecidos y estúpidos". "Hoy a muchos les da miedo trabajar. No es que haya paro, es que hay pánico", dice.(...) " (Ecoteuve, 15/10/2013)
"Si es pobre, por algo será. Si le van mal las cosas, es que no se ha esforzado suficiente. Como una lluvia fina, el pensamiento que culpabiliza al pobre por ser pobre y al parado por no encontrar trabajo va calando en el discurso político. (...)
El columnista arremete contra la sociedad, llena de "listillos y holgazanes" beneficiados por el Estado. En esta línea asegura que la crisis "nos ha pillado reblandecidos y estúpidos". "Hoy a muchos les da miedo trabajar. No es que haya paro, es que hay pánico", dice.(...) " (Ecoteuve, 15/10/2013)
"Si es pobre, por algo será. Si le van mal las cosas, es que no se ha esforzado suficiente. Como una lluvia fina, el pensamiento que culpabiliza al pobre por ser pobre y al parado por no encontrar trabajo va calando en el discurso político. (...)
Aunque pocas veces se expresa abiertamente, el desprecio por quienes
necesitan ayudas públicas acaba aflorando. A veces de forma inoportuna,
como le ha ocurrido al candidato republicano Mitt Romney. Sugerir que casi la mitad de los norteamericanos son parásitos sociales
ha arruinado su carrera a la presidencia de Estados Unidos.
Otras, de
forma estridente, como cuando la diputada Andrea Fabra lanzó en el
Congreso de los Diputados aquel burdo “que se jodan”
en el momento en que se debatía recortar prestaciones a los parados. Y a
veces sibilinamente, como cuando el diputado Josep Antoni Duran i
Lleida afirmó que mientras los payeses catalanes lo pasan mal, en otras
partes de España “hay campesinos que pueden quedarse en el bar de la plaza y continúan cobrando”.
Estas palabras no son inocentes. “El relato que se hace de lo que
ocurre es determinante porque contribuye a construir el marco conceptual
que servirá de referencia a la hora de valorar lo que ocurre”, explica
Montserrat Ribas, profesora de la Universidad Pompeu Fabra
y coordinadora del grupo de investigación sobre Estudios del Discurso.
Si en ese relato se introduce la idea de que los parados y los pobres
son parásitos, es presumible que cuando se decidan recortes en las
prestaciones, estos no encuentren resistencia entre quienes no sufren
esa situación. (...)
Cuando la ideología conservadora, afirma Lakoff, utiliza por ejemplo
la expresión “hay que aliviar la carga impositiva”, el marco conceptual
en el que se inscribe implica una visión de los impuestos como algo que
aprieta, que oprime a la sociedad.
Del mismo modo, cuando Mitt Romney se
refiere a “ese 47% de la población norteamericana que no paga impuestos
y depende de las Ayudas del Estado”, que se siente “víctima” y se “cree
con derecho a recibir atención médica, comida o vivienda”, está
diciendo que ni es víctima ni tiene derecho a esas ayudas.
Esa idea
forma parte de un marco ideológico según el cual, cada uno ha de
espabilarse y si alguien es pobre o fracasa, es por su culpa. Algo habrá
hecho mal. En este marco conceptual, los poderes se sienten legitimados
para abandonar a su suerte a los desfavorecidos.
Todo discurso político tiene un marco conceptual de referencia.
También el de la crisis. Montserrat Ribas ha observado que el relato que
se hace de la crisis está orientado a neutralizar cualquier resistencia
a las medidas que se aplican.
“El relato hegemónico presenta la crisis
como una catástrofe natural, que ha ocurrido por una serie de fuerzas
que no podemos controlar y que tiene consecuencias graves para todos.
Como en las catástrofes, hay que resignarse, aceptar los sacrificios y
colaborar para salir de ella”.
Con este enfoque, la crisis no tiene responsables, ni se considera
importante determinar cómo se reparten sus cargas. Una vez instaurado
este discurso, quienes cuestionan las políticas de ajuste y se resisten a
los sacrificios son malos ciudadanos, como sugirió Rajoy en Nueva York
al ensalzar “a la mayoría de españoles que no se manifiesta, que no sale en las portadas de prensa”, en referencia a las protestas de la plaza de Neptuno de Madrid. (...)
Montserrat Ribas invita a imaginar qué ocurriría si en lugar del
“relato de la catástrofe” se impusiera “el relato de la estafa”.
Estaríamos buscando a los responsables de lo ocurrido, les estaríamos
exigiendo responsabilidades políticas y penales, y exigiríamos cambios
radicales en la regulación del sistema financiero para evitar que vuelva
a repetirse.
“En este relato, el papel del ciudadano es totalmente
diferente. No es de pasividad y resignación, sino de exigencia y
reforma”, señala.
Y aún hay un tercer relato posible: el de la crisis como “golpe de
Estado del capitalismo”. En este relato, la recesión es utilizada para
limitar la democracia e imponer un sistema autoritario que permita
someter a toda la población a los dictados del poder económico, en
beneficio de este.
De momento, el relato de la crisis como estafa pugna por abrirse paso
desde la plaza de Neptuno de Madrid y desde los foros sociales abiertos
al calor del movimiento del 15-M. Pero en el discurso oficial el que
predomina es el de la crisis como catástrofe.
La culpabilización de las víctimas aparece, en este contexto, como un mecanismo de legitimación de los recortes sociales.
En la presentación del plan Prepara, la ministra de Trabajo, Fátima Báñez, insistió en que se iban a aplicar medidas contra los parados que no quisieran aceptar un trabajo, como si los parados españoles recibieran muchas ofertas de empleo. (...)
Para justificarlo, declaró sentirse “insultada” al saber que había
“hogares que ingresan 8.000 euros, en los que un niñato recibe una paga
de 400 por no hacer nada”. De entrada, hogares en los que entran 8.000
euros al mes no hay tantos como para ponerlos como paradigma, pero lo
que en realidad la ministra encubría con esta retórica era un drástico
recorte en las ayudas, que a partir de ahora solo podrán cobrar quienes
estén prácticamente al borde de la indigencia. (...)
Durante la crisis han aumentado las diferencias sociales. “En 2007,
la diferencia del PIB per cápita medio del 20% de los más ricos era 5,3
veces mayor que el del 20% más pobre; ahora es 6,9 veces mayor”, señala
Carreras.
Hay pues más pobres que además están peor y tienen menos
posibilidades de salir del agujero. Porque justo cuando más se
necesitan, la crisis está erosionando también las políticas de inserción
social. (...)
En este contexto, la idea de que solo los mejores saldrán adelante y
de que quienes quedan relegados es porque no valen o no se esfuerzan
está teniendo efectos psicológicos devastadores en los muchos jóvenes
que se estrellan una y otra vez contra la realidad de un mercado laboral
en caída libre.
El mismo marco conceptual que permite culpabilizar a los pobres y a
los parados es el que opera en los países del norte contra los del sur.
El discurso culpabilizador genera angustia, pero también insolidaridad. Y
abre la puerta a una nueva ignominia: la competencia feroz entre los
mismos pobres por los escasos recursos disponibles. “No quiero ser
apocalíptico, pero lo peor que nos puede ocurrir es que después de la
crisis económica venga la crisis social”, afirma Isidro Rodríguez." (
Milagros Pérez Oliva , El País, 5 OCT 2012 )
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