"Las autoridades alemanas están furiosas con Estados Unidos, y no solo
por el asunto del móvil de Angela Merkel. Esta vez lo que les ha hecho
montar en cólera es un (largo) párrafo de un informe del Departamento
del Tesoro sobre política económica y monetaria exterior.
En él, el
Departamento sostiene que el enorme superávit por cuenta corriente de
Alemania —un indicador general de la balanza comercial— es nocivo y que
introduce “un sesgo deflacionario en la eurozona, así como en la
economía mundial”.
Los alemanes, indignados, calificaron el razonamiento de
“incomprensible”. “En Alemania no existen desequilibrios que requieran
una corrección de nuestra política económica y fiscal orientada al
crecimiento”, declaraba un portavoz del Ministerio de Economía federal.
Pero el Tesoro estaba en lo cierto, y la reacción alemana es
inquietante.
Por una parte, es un síntoma del permanente rechazo de los
responsables políticos de Alemania, de Europa en general y, ya puestos,
del mundo a afrontar la naturaleza de nuestros problemas económicos. Y
por otra, prueba la desafortunada tendencia de Alemania a responder a
cualquier crítica a su política económica con lamentos victimistas.
Empecemos por los hechos. ¿Recuerdan el “síndrome de China”, en el
que la mayor economía de Asia registraba año tras año un gigantesco
superávit comercial gracias a una moneda devaluada? Pues bien, China aún
sigue registrando superávits, aunque más bajos.
Entretanto, Alemania ha
ocupado su lugar: el año pasado fue ella, y no China, la que registró
el mayor superávit mundial por cuenta corriente. Medido en porcentaje
del PIB, el superávit alemán equivalía a más del doble del de China.
Es cierto que Alemania ha contabilizado grandes superávits durante
casi una década. Al principio, sin embargo, la diferencia positiva se
correspondía con los grandes déficits del sur de Europa financiados con
importantes inyecciones de capital alemán. La balanza comercial de
Europa en su conjunto mantuvo un cierto equilibrio.
Entonces llegó la crisis, y el flujo de capital hacia la periferia
del continente se desplomó. Los países endeudados fueron empujados —en
parte por la insistencia de Alemania— a una austeridad rigurosa, la cual
acabó con sus déficits comerciales.
Pero algo no salió bien. La
reducción de los desequilibrios comerciales tendría que haber sido
simétrica, y los superávits de Alemania se deberían haber reducido al
mismo tiempo que los déficits de los deudores. En lugar de eso, Alemania
evitó cualquier tipo de ajuste; los déficits de España, Grecia y otros
países se redujeron, pero no así el superávit alemán.
Esto ha tenido consecuencias nefastas para Europa, porque la negativa
alemana a realizar ajustes ha multiplicado los costes de la austeridad.
Pongamos el caso de España, el país con el mayor déficit antes de la
crisis.
Era inevitable que se viese abocada a años de escasez cuando
tuvo que aprender a vivir dentro de sus posibilidades; pero no lo era
que el desempleo llegase a casi el 27%, y casi al 57% entre los jóvenes.
El inmovilismo alemán ha contribuido en buena medida al sufrimiento
español.
También ha sido negativo para el resto del mundo. Es una simple
cuestión de aritmética: puesto que el sur de Europa ha sido obligado a
poner fin a sus déficits mientras que Alemania no ha reducido su
superávit, Europa en su conjunto está apuntándose grandes superávits
comerciales, lo cual contribuye a mantener la depresión económica
mundial.
Como hemos visto, los responsables alemanes responden a todo esto con
airadas declaraciones de que su política ha sido impecable. Lo siento,
pero esto: 1. Es indiferente, y 2. No es cierto.
¿Por qué es indiferente? Cinco años después del desplome de Lehman,
la economía mundial sigue en la depresión, afectada por la persistente
escasez de demanda. En este entorno, un país con superávit comercial
está, por usar el viejo dicho, pidiendo limosna a sus vecinos. Hace que
el gasto se desvíe de sus bienes y servicios a los suyos, y de esta
manera les arrebata el trabajo. Es indiferente si lo hace maliciosamente
o con las mejores intenciones; está haciéndolo de todas maneras.
Es más, resulta que Alemania no está libre de culpa. Comparte con sus
vecinos una moneda muy ventajosa para los exportadores alemanes, que
ponen a la venta sus mercancías en un euro débil en lugar de en un marco
que probablemente estaría al alza. Sin embargo, no ha cumplido su parte
del trato: para evitar una depresión en Europa era necesario que
gastase más mientras sus vecinos estaban obligados a gastar menos, y no
lo ha hecho.
Por supuesto, las autoridades alemanas se niegan a aceptar nada de
esto. El superávit comercial de Alemania es nocivo por la misma razón
que eliminar los vales de comida y las ayudas a los desempleados
destruye puestos de trabajo en Estados Unidos. Y los republicanos son
tan receptivos a cualquiera que intente señalarles su error como los
políticos alemanes.
En el sexto año de una crisis mundial cuya esencia
es que no se está gastando lo suficiente, muchos responsables políticos
aún no se han dado cuenta. Y no parece que vayan a hacerlo nunca." (
Paul Krugman , El País, 10 NOV 2013)
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