"(...) Las economías intermedias de Europa afrontan las consecuencias de
convalidar los recortes que impone la cúpula de la Unión. Esta cirugía
comenzó en Italia a principios de los 90 con la aceptación de las reglas
de Maastrich.
El viejo modelo de inflación, devaluación y déficit
fiscal fue sustituido por una drástica comprensión del gasto público. La
derecha de Berlusconi y los socialdemócratas de Prodi se han repartido
la tarea de privatizar y desregular el mercado de trabajo, acentuando la
brecha que separa al Norte del Sur. Con este molde macroeconómico se
perpetúa el estancamiento y el desempleo.
España siguió otro
recorrido. Su incorporación a la Unión dio lugar a un fuerte crecimiento
inicial e incentivó la internacionalización de ciertas empresas que se
transformaron en jugadores globales (Telefónica, Endesa, Fenosa, Repsol,
BBVA, Santander). La contrapartida de esa inserción ha sido una
especialización de la economía (construcción, servicios, turismo), que
cercenó la estructura industrial y estabilizó elevadas tasas de
desempleo.
Estas fragilidades explican el gran impacto de la
crisis reciente. El estallido de la burbuja inmobiliaria precipitó en
España un colapso bancario que arruinó las finanzas públicas al cabo de
cuatro rescates. El último socorro incluyó el tutelaje alemán directo en
la supervisión de los recortes. El producto se contrae, el déficit
fiscal saltó al 6,4% y la deuda araña el 87% del PBI.
España e
Italia no pueden compensar su fragilidad económica con acciones
geopolíticas. En las últimas centurias tuvieron poca presencia en este
ámbito y la incorporación a la Unión consolidó esa marginalidad. El
impacto de la crisis se asemeja por estas razones al sufrimiento de toda
la periferia europea [15].
E l desempleo bate
récord en la zona euro (10,8%) y se duplica entre los jóvenes (21,6%).
Pero en España ya supera el 23% y en Italia afecta a uno de cada tres
jóvenes y a la mitad de las mujeres del sur. El 8,2% de trabajadores
europeos quedó situado en el 2010 por debajo de la línea de pobreza.
Pero el número de empobrecidos se duplicó en Italia (2007- 2012) y
alcanza a tres millones de personas en España. Si esta degradación
persiste al ritmo actual, un amplio sector de la población de ambos
países quedará privado de coberturas básicas en los próximos años. El
modelo socialdemócrata de “capitalismo con mejoras sociales” se
desvanece en forma acelerada.
En el fracturado mapa del
continente, Alemania determina el ritmo del ajuste. Impone a los
deudores una indigerible dieta deflacionaria, para amoldar la región a
su patrón de competitividad. Como al mismo tiempo necesita preservar los
nuevos mercados evita la bancarrota de sus clientes, refinanciando a
los quebrados con durísimos condicionamientos.
Cada país debe
socorrer a sus bancos con fondos propios, puesto que la unificación
monetaria no incluye compartir los pasivos. Alemania proyecta avanzar
hacia una convergencia fiscal y bancaria de toda la U.E., cuando haya
concluido la actual limpieza de insolventes. Por eso otorga préstamos
sólo a las economías colapsadas que aceptan el futuro control germano.
Para preparar esa supervisión, Alemania bloquea cualquier auxilio
indiscriminado basado en la mutualización de deudas o la emisión de
Eurobonos. Impone un organismo afín (ABE) que timonea la reorganización
de los bancos.
También introduce la supervisión del Banco Central
Europeo sobre las 6.200 entidades de la eurozona y maneja la
recapitalización de esas instituciones a través de un fondo de
estabilidad (MEDE). El paso siguiente sería reformar el Tratado Europeo
para asegurarse el control fiscal, ampliando la delegación de
atribuciones que ya detenta Bruselas.
Sólo al final de este
proceso Alemania consideraría la introducción de los mecanismos
federales que rigen en Estados Unidos, para supervisar las finanzas y la
moneda.
Pero este plan requiere que el euro, los bancos y las finanzas
públicas perduren sin estallar por la gran ingesta de cicuta que
contienen los ajustes. La crisis podría demoler este proyecto antes de
su concreción, si se agrava la actual fractura entre el Norte y el Sur
europeo. (...)" (Claudio Katz, Rebelión, 06/05/2014)
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