22.5.14

Soluciones para 12 años. Un proyecto para una generación que nació con el descrédito de llamarse “X”

"Aquí sólo algunas pistas que podrían ir consolidando una propuesta de futuro.
  • Cambiar la infraestructura productiva: apostar decididamente por el cambio de la base tecnológica y energética de nuestra sociedad. Introducir a España en la tercera revolución industrial y en la era post-carbónica, a través las energías renovables, la nueva economía digital y las nuevas fórmulas productivas. España ha vivido su propia burbuja de las renovables y no pocas familias han sido víctimas de ese proceso, pero como en cualquier otra innovación productiva, en el largo plazo las perspectivas son diferentes. En el año 2001 nadie hubiera apostado por las “puntocom” tras el estallido de la primera burbuja. Después llegó la web 2.0 y aparecieron facebook, linkedin, Youtube, Twitter, y centenares de nuevas aplicaciones generadas por empresas que aprendieron de la primera burbuja. Las energías renovables siguen un proceso similar y tras el primer boom especulativo y posterior pinchazo de su propia burbuja, hallarán un camino hacia el crecimiento sostenido. Pero las energías renovables son sólo una pieza más del puzle. La valorización y aprovechamiento sostenible de nuestros recursos naturales –España es la potencia ambiental de Europa- debe estar en el centro de la agenda para la generación de empleo. Para todo ello hace falta un entorno más amigable a la innovación y al emprendimiento privado y social, pero, gracias a Maria Mazzucato, hemos aprendido que, en contra de lo comúnmente aceptado, el Estado es el principal impulsor de las innovaciones disruptivas. El impulso de la I+D pública debe retomarse con fuerza, situando a España a la cabeza de los países innovadores. ¿Suena a ficción? Miren el ejemplo de Corea y su transformación productiva.
  • Invertir en capital humano creativo y atraer talento. España es una potencia cultural, con un mercado potencial de más de 300 millones de personas que viven y hablan en nuestro idioma. El español –o castellano- tiene su propio valor económico como tercera lengua más hablada en el mundo. Fomentar una educación creativa, centrada en las competencias básicas, y que prime la creatividad y la capacidad de resolver problemas no triviales frente a la memorización o el adoctrinamiento se ha convertido en una prioridad. Fomentar ecosistemas creativos, que sean capaces de atraer y generar talento, es una necesidad imperiosa. En 2013, en el peor momento de la crisis, la revista Monocle situaba a Madrid y Barcelona entre las ciudades más atractivas del planeta. Madrid había sido durante los años 2010 y 2011, la décima ciudad del mundo con mayor calidad de vida. En 2013 bajó hasta el puesto 20. Nada indica que no podamos recuperar puestos para nuestras grandes y medianas ciudades a través de las políticas adecuadas. Es posible convertir nuestras capitales en hervideros de creatividad y de innovación. Tenemos los elementos para ello. También hay que hacer un esfuerzo en las estructuras de nuestra educación terciaria: con su red de universidades públicas, España ha hecho un importante esfuerzo en democratizar el acceso al conocimiento, ha llegado el momento de democratizar el acceso a la creatividad y a la excelencia.
  • Mejorar las instituciones y la calidad del gobierno. España tiene mucho margen de mejora en términos de instituciones. La transparencia, la generalización de las premisas del gobierno abierto (open government) y una reforma institucional de calado que arranque en la reforma constitucional y termine estableciendo nuevos ciclos de elaboración y gestión de las políticas públicas, por ejemplo, generalizando el diseño de políticas públicas basadas en evidencia, la evaluación y rendición de cuentas sobre la base de resultados son clave. También lo son la mejora de la profesionalización y capacitación de los cuerpos funcionariales, la incorporación de la gestión pública innovadora (hoy constreñida por un excesivo reglamentalismo administrativista), la simplificación de procedimientos y la eliminación de aquellos innecesarios, así como una profunda modernización en la gestión. No podemos dejar de lado esta reforma, hasta ahora postergada por retoques cosméticos, y para ello se requieren unas finanzas públicas sólidas y sostenibles en el medio y largo plazo, basadas en un sistema fiscal justo y suficiente.
  • Poner la desigualdad en el centro de la agenda. España es hoy una sociedad más desigual, la sociedad europea en la que más ha crecido la desigualdad en los últimos años. Hay que repensar nuestro estado social para acometer una batalla contra la pobreza y la desigualdad, especialmente en el ámbito de la pobreza infantil, absolutamente intolerable y cercenadora de nuestro futuro, al tiempo que generamos los incentivos adecuados para promover una sociedad protegida, sí, pero también dinámica. Seguir avanzando en la lucha contra la discriminación por motivos de género sigue siendo una prioridad y no se pueden dejar de hacer esfuerzos. Estamos todavía muy lejos de la igualdad entre hombres y mujeres. Acabar con la precariedad en el mercado de trabajo llevará tiempo y seguramente más de un conflicto, pero es absolutamente imprescindible incrementar las tasas de ocupación.
En definitiva, articular estos cuatro pilares (base productiva post-carbono, capital humano creativo, sector público transparente e innovador y sociedad igualitaria y dinámica) para dibujar un escenario prometedor para toda una generación de españoles y españolas. Un proyecto no de cuatro años, sino de doce. 

Un proyecto que se fundamente en una cuidadosa selección de los liderazgos y en un rearme moral –en los sentidos que señalaba Ortega- de nuestra sociedad. Un proyecto para una generación, una generación que nació con el descrédito de llamarse “X” y que hoy se consuela mirando hacia el pasado escuchando a la Bruja Avería y leyendo “Yo también fui a EGB”.

¿Cómo lograrlo? En primer lugar, dibujando el escenario. Imaginando qué país queremos ser. Y no sirve con decir “la Dinamarca del sur” o “la Venezuela del norte”. España tiene sus propias características y debemos imaginarnos nuestro propio camino.

 Determinando las palancas de cambio que debemos activar y las prioridades, no más de cuatro o cinco. Estableciendo metas: (“la sociedad más sostenible de Europa”, “El lugar más atractivo de Europa para el talento creativo”), como en un contrato con la ciudadanía, en el cual podamos revisar avances y retrocesos.

 Y generando el mayor consenso posible. Siempre habrá resistencias que romper, o acuerdos imposibles que alcanzar. No descartemos la consulta democrática si llegamos a ese caso.

 Y poniendo al frente del proyecto a gente honesta, preparada y motivada para llevarlo adelante. Y darles el poder suficiente para hacerlo. Y retener el poder suficiente para oponernos si se desvían del plan trazado. (...)"                (José Moisés Martín Carretero, Economistas frente a la crisis, 22/05/2014)

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