"El semanario francés de izquierdas Marianne dedicó el pasado
enero un amplio reportaje y varias entrevistas a debatir el abandono del euro
desde una posición favorable [http://www.marianne.net/Sortir-de-l-euro-Le-debat-interdit-est-ouvert_a235455.html]. (...)
Marianne reconoce que «en todos los ministerios de
Finanzas de la [euro]zona, lo mismo que en todos los servicios de estudios y de
gestión de riesgos de las grandes entidades financieras, todo el mundo está encima
de ello».
(...) hay un argumento
en forma de bucle que vuelve en las declaraciones de los partidarios de la
salida del euro. La vuelta a la moneda nacional permitiría restablecer mediante
la devaluación la competitividad de la economía francesa. Al devaluar, los
productos serían así más competitivos para la exportación.
Este análisis
descansa en la tesis de que el problema central de la economía francesa tiene
que ver con la compétitivité de precios. Los productos franceses serían más
caros.
Más allá del hecho de que este análisis es exactamente el del Medef [la
patronal francesa] que preconiza una bajada de los costes salariales,
contradice todos los informes un poco serios sobre la competitividad francesa,
que indican por el contrario que el problema fundamental de la economía
francesa es la competitividad aparte de los precios, es decir, una ausencia
patente de innovación, una inadecuación a la demanda, un tejido industrial
desarticulado dominado por grandes grupos que presionan a sus subcontratistas.
En esta situación, una devaluación constituiría una medida bastante poco
adecuada, pues, contrariamente a lo que afirma el banquero de negocios Phillipe
Villin en su entrevista, los fabricantes alemanes de coches no venden en
Francia más que vehículos de alta gama y, en modelos equivalentes, los coches
alemanes son hoy más caros que los franceses: Peugeot, por tanto, no se
salvaría.
Una devaluación monetaria, ¿nos protegería de una devaluación interna
que se efectuara mediante el descenso de la masa salarial? Evidentemente, no,
pues habría entonces que luchar por «defender nuestras exportaciones» e
históricamente las devaluaciones se han visto siempre acompañadas de políticas
de austeridad.
Por otro lado, es lo que confiesa el mismo Philippe Villin
dejándolo caer en una frase que indica que, tras la devaluación de la moneda,
«estaríamos salvados, siempre y cuando retomásemos también las reformas
estructurales que se imponen».
En la neolengua de los economistas liberales, la
expresión «reformas estructurales» significa bajada de los costes de trabajo, recortes
del gasto público y cuestionamiento de la protección social. (...)
Las políticas de austeridad continuarían, pues, tanto más por cuanto la devaluación conllevaría una inflación de la que se derivaría el alza de precios de los productos importados.
Defensor de la salida del euro,
Jean-Marc Daniel, experto economista del Instituto de la Empresa, se ve
obligado a admitir en su entrevista que «la inflación mordisquearía
nuestras ventajas competitivas y la factura petrolera explotaría en
proporciones que harían pasar la ecotasa que denuncian los «bonnets
rouges » [*] por un vulgar pinchazo». Y negándose, por otra parte, a
restaurar el control de cambios, medida que considera impopular, no evoca
curiosamente la fuga de capitales, inevitable en caso de devaluación, ni la
posibilidad de ataques especulativos contra la moneda. (...)
Orléan señala que «las sociédades del CAC 40 [índice bursátil francés] han retribuido con 43.000 millones de euros a sus accionistas en forma de dividendos y rescate de acciones. Este montante se ha elevado un 4% en relación a 2012».
Esta situación no guarda ninguna relación con el euro y una salida de
la moneda única no cambiaría nada de ello. La cuestión central, que los
partidarios de la salida dejan casi siempre de lado, es la de la dominación del
capitalismo accionarial. Con euro o sin él, sin atacar eso, nada cambiará. (...)
Queda un debate, ¿qué consecuencia tendría una devaluación sobre la
deuda pendiente de pago? Hasta fecha reciente, todo el mundo, partidarios de la
salida del euro incluidos, admitía que la deuda pendiente de pago aumentaría en
proporción a la devaluación de la moneda.
Así, afirmaba Jacques Sapir en la
época: «Si estamos en la hipótesis de una salida aislada, entonces aumentará la
parte de la deuda en manos de los no residentes. Como hay un 66% de la deuda en
manos de no residentes, si el franco se devalúa un 20 %, esto significa un
incremento del 13,2 % de la deuda pública».[1]
Los partidarios de la salida del euro argumentan hoy, de hecho, que habiéndose
emitido lo esencial de la deuda pública francesa de acuerdo con el Derecho
francés, se reformularía en moneda nacional y, por consiguiente, sin efecto
alguno tras una devaluación. Un término erudito, retomado por Marianne,
se supone que justifica este punto de vista: lex monetae.
Este análisis yerra en varios puntos. La emisión de deuda garantiza en
el Derecho francés que en caso de conflicto entre el Estado y sus acreedores,
este conflicto se vería ante los tribunales franceses, lo que por otro lado no
garantiza en modo alguno que prevalezca el Estado. (...)
Entonces, ¿qué hacer? [2] ¿Nos veríamos condenados, bien a la impotencia, al aceptar la situación actual, bien a lanzarnos a una aventura de alto riesgo con la salida del euro? Existe, no obstante, una tercera vía para los pueblos europeos. Pasa por un enfrentamiento con las instituciones europeas y los mercados financieros.
No se producirá
ningún cambio substancial sin abrir una crisis de envergadura en Europa y sin
apoyarse en movilizaciones populares. Un gobierno de izquierda
debería explicar que está ligado a la construcción europea, pero que se
niega en nombre de ésta a que se destruyan los derechos sociales y las
poblaciones depauperadas. (...)
El desenlace de este pulso no está escrito de antemano. Una exclusión forzada del país rebelde, aunque el Tratado de Lisboa no prevea ninguna posibilidad de excluir a un país de la zona euro, ¿sería posible, tal como se amenazó a Grecia en caso de victoria electoral de la izquierda radical de Siryza?
¿Podría un efecto dominó progresista ganarse a otros países que se
escindirían y podrían instaurar un euro-bis, con innovaciones fiscales y
presupuestarias, solidarias y ecológicas, que lo harían viable?
¿Se produciría
un vuelco de la zona euro por una refundición de los tratados? Todo dependerá
de las relaciones de fuerza construidas que podrán construirse a escala
europea.
La desobediencia europea, empezando si es necesario en un país, se
puede concebir y popularizar, no como el inicio de un estallido de
solidaridades europeas sino, por el contrario, como instrumento para acelerar
el surgimiento de una comunidad política europea, un embrión de «pueblo
europeo». (...)" (¿Salir del euro?
Pierre Khalfa, en Sin Permiso, 22/06/2014)
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