"(...) Una frase la resume: la recesión iniciada aquí en el 2008 y de la
que apenas acabamos de salir fue causada no tanto por la escasez de
crédito bancario como por la caída del consumo de unas familias
enormemente endeudadas.
No fue la inversión, sino el consumo; no fue el
crédito, sino la deuda de las familias. Una recesión es un problema de
demanda: el gasto de unos y otros no alcanza a cubrir el valor de la
producción, y hay que ajustarse a la baja. En ese gasto el consumo de
las familias suele pesar tres veces más que la inversión de las
empresas
. Cuando nos dimos cuenta de que la crisis iba en serio, hacia
finales del 2008, las familias pasaron, de la noche a la mañana, de
pedir dinero prestado en cantidades apreciables a devolver lo que debían
en cantidades aún mayores, y ese brusco aumento del ahorro se hizo,
naturalmente, a expensas del consumo. No debe extrañarnos la enormidad
de la caída.
A toro pasado, como se dice, se ve que no era muy
lógico confiar al canal bancario el mantenimiento de la demanda:
primero, porque habría hecho falta un fortísimo estímulo a la inversión
para compensar la enorme caída del consumo; segundo, porque ese estímulo
no se produjo, porque ni los bancos tenían tantas ganas de prestar como
antes, ni las empresas tantas ganas de invertir ante la perspectiva de
una economía en recesión.
El gasto público estaba limitado por los
compromisos de autoridad, y el buen comportamiento de las exportaciones
no bastó para compensar tanta caída. Vemos así por qué la ayuda recibida
por el sector bancario de la eurozona por parte de unos y otros, si
bien ha contribuido a evitar un pánico, apenas se ha traducido en una
mayor actividad económica.
Y ello no debe atribuirse -por lo menos no en
exclusiva- a la perversidad de las entidades financieras, porque la
escasez de crédito ha sido un problema de oferta, pero también de
demanda, en proporciones variables según los casos.
Este
diagnóstico indica que hubiera sido más eficaz, para evitar la recesión,
aliviar a las familias de parte de su carga de deuda.
Esa posibilidad
no debió plantearse siquiera en la eurozona, donde se partió del axioma
de que toda deuda debía ser satisfecha en su integridad, pero sí en
EE.UU., donde se incitó a la renegociación de hipotecas, pero con tan
poco entusiasmo, que el número de hipotecas renegociadas fue seguramente
inferior a las que aquí renegociaron las entidades.
Una razón fue la
oposición tácita del Tesoro a cualquier medida de ayuda a los deudores.
Se comprende, porque cualquier renegociación presenta grandes
dificultades prácticas y legales, y suscita problemas de equidad que
pueden parecer insolubles.
Pero no hay que olvidar el reverso de la
moneda: si el endeudamiento de las familias es el principal responsable
de la violencia de las recesiones que acompañan a una crisis financiera,
entonces mitigar esas recesiones es un objetivo no sólo de equidad -ya
que los costes de una recesión van muy mal repartidos- sino de
eficiencia, porque una recesión deja sin empleo parte de los recursos,
físicos y humanos, de una economía, a veces por mucho tiempo.
Una
de las muchas cosas que contribuirán a evitar que la próxima crisis
desemboque en otra Gran Recesión es modificar la estructura de los
contratos de deuda, en especial hipotecaria, que concentra la mayor
parte de los pasivos financieros de las familias, para conseguir que, en
una crisis, todo el peso del ajuste no recaiga sobre el deudor. (...)" (La otra deuda, de Alfredo Pastor en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 08/07/2014)
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