11.7.14

Hubiera sido más eficaz aliviar a las familias de su deuda, hipotecaria sobre todo, y no rescatar a los bancos

"(...) Una frase la resume: la recesión iniciada aquí en el 2008 y de la que apenas acabamos de salir fue causada no tanto por la escasez de crédito bancario como por la caída del consumo de unas familias enormemente endeudadas. 

No fue la inversión, sino el consumo; no fue el crédito, sino la deuda de las familias. Una recesión es un problema de demanda: el gasto de unos y otros no alcanza a cubrir el valor de la producción, y hay que ajustarse a la baja. En ese gasto el consumo de las familias suele pesar tres veces más que la inversión de las empresas

. Cuando nos dimos cuenta de que la crisis iba en serio, hacia finales del 2008, las familias pasaron, de la noche a la mañana, de pedir dinero prestado en cantidades apreciables a devolver lo que debían en cantidades aún mayores, y ese brusco aumento del ahorro se hizo, naturalmente, a expensas del consumo. No debe extrañarnos la enormidad de la caída.

A toro pasado, como se dice, se ve que no era muy lógico confiar al canal bancario el mantenimiento de la demanda: primero, porque habría hecho falta un fortísimo estímulo a la inversión para compensar la enorme caída del consumo; segundo, porque ese estímulo no se produjo, porque ni los bancos tenían tantas ganas de prestar como antes, ni las empresas tantas ganas de invertir ante la perspectiva de una economía en recesión. 

El gasto público estaba limitado por los compromisos de autoridad, y el buen comportamiento de las exportaciones no bastó para compensar tanta caída. Vemos así por qué la ayuda recibida por el sector bancario de la eurozona por parte de unos y otros, si bien ha contribuido a evitar un pánico, apenas se ha traducido en una mayor actividad económica. 

Y ello no debe atribuirse -por lo menos no en exclusiva- a la perversidad de las entidades financieras, porque la escasez de crédito ha sido un problema de oferta, pero también de demanda, en proporciones variables según los casos.

Este diagnóstico indica que hubiera sido más eficaz, para evitar la recesión, aliviar a las familias de parte de su carga de deuda.

 Esa posibilidad no debió plantearse siquiera en la eurozona, donde se partió del axioma de que toda deuda debía ser satisfecha en su integridad, pero sí en EE.UU., donde se incitó a la renegociación de hipotecas, pero con tan poco entusiasmo, que el número de hipotecas renegociadas fue seguramente inferior a las que aquí renegociaron las entidades. 

Una razón fue la oposición tácita del Tesoro a cualquier medida de ayuda a los deudores. Se comprende, porque cualquier renegociación presenta grandes dificultades prácticas y legales, y suscita problemas de equidad que pueden parecer insolubles. 

Pero no hay que olvidar el reverso de la moneda: si el endeudamiento de las familias es el principal responsable de la violencia de las recesiones que acompañan a una crisis financiera, entonces mitigar esas recesiones es un objetivo no sólo de equidad -ya que los costes de una recesión van muy mal repartidos- sino de eficiencia, porque una recesión deja sin empleo parte de los recursos, físicos y humanos, de una economía, a veces por mucho tiempo.

Una de las muchas cosas que contribuirán a evitar que la próxima crisis desemboque en otra Gran Recesión es modificar la estructura de los contratos de deuda, en especial hipotecaria, que concentra la mayor parte de los pasivos financieros de las familias, para conseguir que, en una crisis, todo el peso del ajuste no recaiga sobre el deudor.  (...)"          (La otra deuda, de Alfredo Pastor en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 08/07/2014)

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