"(...) ¿Por qué consideráis ilegítima una parte de la deuda? ¿Cómo diferenciar esa parte?
El caso de cierta parte de la deuda pública, por ejemplo la destinada
al rescate bancario, creo que es bastante claro: una deuda que no se ha
contraído por el bien de la colectividad, sino que es resultado de un
proceso antidemocrático por el cual los gobiernos, sin llevarlo en sus
programas, optan por dedicar recursos públicos a un sector que es el
responsable de la crisis y es quien se enriqueció enormemente los años
previos.
Un desembolso de dinero público que, además, se lleva a cabo
sin exigir contrapartidas de importancia, y que por tanto no garantiza
que el sector financiero no vaya a repetir las mismas prácticas y vuelva
a llevarnos a un desastre similar. Y en un momento de emergencia social
como este (desahucios, desempleo, pobreza cada vez más generalizada),
en el que los recursos públicos tienen usos alternativos tan claros y
tan urgentes.
Consideramos que hay razones éticas y políticas para
defender que la deuda derivada de ese gasto no puede considerarse
pública, que no es toda la ciudadanía quien ha de responder por ella,
porque en rigor el gasto que la ha generado no puede tampoco
considerarse público.
Hay también gran parte de la deuda hipotecaria que contrajeron
familias, una deuda muy sobrevalorada, en ocasiones regulada por
contratos con condiciones abusivas, y que era la única fórmula
disponible para acceder a una vivienda, que también pensamos que es
ilegítima.
Identificar deuda ilegítima entraña primero una tarea política, de
decidir democráticamente qué deuda es ilegítima, y posteriormente una
tarea técnica, que permita cuantificarla con el máximo rigor posible.
¿Qué consecuencias tendría un impago de deuda? ¿Aun así serían peores las consecuencias de pagarla?
Como decía antes, a lo largo de la historia siempre que hay crisis de
deuda hay impagos de un tipo o de otro. Ahora mismo, en la economía
española, ya está habiendo impagos.
Las empresas que suspenden pagos,
las entidades bancarias que quiebran, no pagan. La deuda pública, y la
de las familias humildes agobiadas con la hipoteca de su primera
vivienda, son las deudas que hasta el momento se están pagando
íntegramente (o prácticamente, en algunos, muy pocos casos, se están
concediendo daciones en pago a familias).
Se trataría por tanto de
romper la ficción, de normalizar el escenario del impago, y de que sean
criterios de equidad y corresponsabilidad los que sirvan para determinar
quién, cuánto y cómo se producen los impagos que de hecho ya están
ocurriendo.
¿Cómo reaccionarían los ‘mercados’ en caso de impago? ¿Y los acreedores? ¿Sufriríamos represalias y aislamiento?
Las experiencias internacionales nos demuestran que los acreedores
internacionales (los “mercados”), son fundamentalmente pragmáticos.
Aunque cada caso es diferente, lo normal es que tras un primer momento
en que se escenifica la ruptura y el aislamiento, se avienen a negociar
una reestructuración de deuda lo más favorable posible.
Marcando el
límite de hasta dónde está dispuesto a sacrificarse para seguir pagando,
el deudor marca la frontera de lo posible. Una vez que el acreedor
entiende que ha de asumir esa frontera, se aviene a negociar tratando
siempre de maximizar el pago recibido a partir de ese límite impuesto.
La experiencia griega, en la cual los acreedores privados terminaron
asumiendo una rebaja de aproximadamente el 70% de la deuda pública, es
un ejemplo muy reciente: una vez que se asume que el 30% es lo único que
se va a poder recuperar los acreedores lo que quieren es recuperarlo.
Proponéis una auditoría ciudadana, pero ¿cómo se articula
algo así? ¿A quién corresponde la iniciativa, quién o quiénes serían los
responsables de auditar la deuda? ¿Qué validez tendría?
Los detalles de una auditoría dependen de a qué nivel –municipal, de
comunidad autónoma o estatal- se articule, y de qué agentes participen
en ella. Por ejemplo, no es lo mismo el acceso a la información que se
tiene cuando un gobierno está interesado en desarrollar la auditoría
(caso de Ecuador) que cuando no participa o de hecho la obstaculiza.
Lo que es seguro es que el proceso de recopilación de información,
aunque precisa de un elemento de competencia técnica, ha de ser
democrático: se trata de extraer información para que la ciudadanía de
forma consciente pueda tomar decisiones que, de hecho, están
determinando sus condiciones de vida: ¿Cerramos las urgencias sanitarias
en los pueblos para seguir pagando los intereses de deuda pública a los
bancos? Que la ciudadanía responda a este tipo de preguntas de forma
informada es el objeto de la Auditoría.
¿Una quita de deuda tendría efectos positivos por sí misma, o necesita otras medidas?
Una quita de deuda importante es necesaria, pero por sí sola es insuficiente.
Por una parte, en el plano más inmediato de una gestión de la crisis
actual que minimizara el coste sobre la mayoría social, sería necesario
insertar las quitas dentro de un esquema de política económica mucho más
amplio: reversión de las políticas de austeridad, reforma fiscal
potente y muy progresiva, política de rentas distributiva, intensa
“represión” al sector financiero, protección social efectiva a los
grupos más vulnerables, generación de empleo, etc.
Pero además, no podemos olvidar que la crisis en la que estamos
inmersos no es un desgraciado accidente del funcionamiento del sistema.
Más bien, la crisis nos ha demostrado a las claras cómo funciona un
sistema que se descubre incompatible con la toma democrática de
decisiones económicas, el bienestar colectivo y la sostenibilidad de
nuestra forma de vida.
Medidas que nos hicieran salir de la crisis
reproduciendo las condiciones que nos trajeron hasta aquí no pueden ser
consideradas eficaces. Es necesario un replanteamiento más profundo, que
cuestione las bases mismas del capitalismo: qué producimos, cómo lo
distribuimos, cómo organizamos el trabajo, cuestiones de este tipo.
¿Qué margen de maniobra tiene España sin salir del euro y mientras siga bajo supervisión de la troika?
Bajo los parámetros de la actual UE, con sus Tratados e
instituciones, cualquier horizonte de transformación es muy limitado. Ni
siquiera hay demasiado margen para una gestión de la crisis más social,
más amable. La apuesta por la austeridad y la “devaluación interna”
(retroceso salarial) profundiza la recesión económica y la polarización
social.
Es un desastre para todos los pueblos de Europa, pero en
particular para las economías del Sur, supone un avance acelerado hacia
la descomposición social: familias desahuciadas, pensiones que pierden
capacidad adquisitiva por ley, el fin de las prestaciones básicas
universales, desnutrición, generaciones enteras que abandonan el país
contra su voluntad… Lo que estamos viendo no es más que el resultado
lógico de la disciplina del euro y las políticas que impone la troika.
El dilema, desde mi punto de vista, es más bien si es más fácil
cambiar este marco europeo que nos lleva al desastre social rompiendo
con él o tratando de transformarlo desde su seno. (...)" (Entrevista a Bibiana Medialdea, Attac España, 25/11/2014)
No hay comentarios:
Publicar un comentario