"(...) hay dos tipos de movimientos antisistémicos, los de izquierda, sobre
los que más pensamos, y los de derecha. Para Anderson es completamente
legítimo considerar a los movimientos de derecha (y extrema derecha)
europeos como antisistémicos por el hecho de que son “radicalmente
antineoliberales”.
Entonces, habría una situación completamente nueva,
una “convergencia de agendas” entre movimientos de protesta que vienen
de la derecha y de la izquierda.
En el panorama de Europa
occidental, existen más variantes de movimientos antisistémicos en la
derecha (Frente Nacional francés, UKIP en Reino Unido, Liga Norte en Italia, Partido Popular Danés y varios más), que en la izquierda (Syriza en Grecia, Podemos
en el Estado español, Sinn Fein en Irlanda, y el Movimiento 5 estrellas
en Italia, aunque es discutible si puede considerarse de la izquierda).
Luego hay partidos de la izquierda tradicional más pequeños, como Die Linke en Alemania, el Front de Gauche en Francia o Izquierda Unida en el Estado español.
Muchos
de estos movimientos son previos a la crisis (FN, el Partido Popular
Danés, IU, Die Linke, etc.), pero para Anderson, los fenómenos más
importantes son expresiones directas de la crisis económica que estalló
en 2008; en la izquierda, claramente Syriza, Podemos y 5 Estrellas.
Entre los primeros, para Anderson prevalece una estructura más clásica
de partido, mientras que en los más nuevos tienden a ser movimientos más
amplios, menos estructurados.
En este último caso, los
liderazgos carismáticos aparecen para Anderson como un rol clave
indispensable de estos movimientos (Le Pen, Farage, por la derecha; Tsipras, Iglesias,
Grillo, por la izquierda), en tanto los más clásicos dependen menos de
estas figuras. Esto se debe no sólo a la “personalización posmoderna de
la política”, sino también a sus recursos limitados en términos de la
estructura de organización.
Anderson sostuvo que hay una “área de
protesta antisistémica que varía entre 1/6 a 1/4 de población votante”.
Esto es claro en varios casos tanto de izquierda como de derecha.
Hace
tiempo con Josefina Martínez hicimos un mapa de la extrema derecha en Europa
en el que se puede ver el peso de estos movimientos. El punto es que,
cuando estos movimientos pasan de representar a 1/4 de la población, ya
se convierten en una amenaza seria para el establishment.
En
cuanto a la base social, según su exposición la derecha tiene un peso
muy fuerte en sectores de la clase obrera tradicional (por ejemplo en
Francia e Italia), lo cual incluye a un amplio sector en paro. También
en parte de la pequeñoburguesía arruinada, y sectores pequeños y
medianos de la burguesía; pero no así en las clases medias profesionales
y la gran burguesía.
En cuanto a la izquierda, su lectura es similar.
Peso en sectores de la clase trabajadora y la pequeñoburguesía, aunque
con más influencia en la clase media ilustrada y sectores empresarios.
Pero esencialmente para Anderson la diferencia entre ambos casos es
“generacional”: la juventud vota más a la izquierda que a la derecha.
Anderson
abordó finalmente las principales ideas que, según él, estructuran
estos movimientos. En la derecha, el tema de la inmigración (xenofobia),
ligada a la demanda de seguridad social; la austeridad, relacionada con
la demanda de la salida del euro (eurofobia); y la soberanía popular
(nacionalismo), en términos de demanda de soberanía democrática contra
las instituciones de la UE.
En cuanto a la izquierda, dos ideas son
idénticas: el cuestionamiento de la austeridad y la demanda de soberanía
en términos de democracia política. Pero no así la cuestión de la
inmigración, mientras le sumó una suerte de “política exterior
antiimperialista”.
Anderson se preguntó entonces “¿Qué estrategia
debería adoptar la izquierda en relación a la derecha?”, con la que se
comparte una “arena antisistémica común”, advirtiendo que esto solo
surge en los lugares donde deben competir (la excepción es, por ahora,
el Estado español, donde “sólo hay un movimiento antisistémico”, porque
el PP aglutinó históricamente a la derecha tradicional), y la respondió
con algunas recomendaciones:
a) No tratarlos como fascistas. “Son
xenófobos, pero con la única excepción de Aurora Dorada, el resto de los
movimientos no son fascistas”;
b) Rechazar cualquier intento de los
partidos del establishment (el “centro”) de marcar líneas divisorias
contra estos movimientos, haciendo de ellos una “gran amenaza” y
situándose como la única salvación posible;
c) Tomar seriamente “la
cuestión de la inmigración, porque está conectada con la democracia”.
Para Anderson, los electores europeos “nunca fueron consultados sobre la
inmigración”, esta fue “impuesta por las demandas del sistema
capitalista” (de abaratar el costo de la mano de obra) y “por las
guerras imperialistas en el norte de África y Medio Oriente, que
produjeron olas de refugiados”.
Pero “la gente debe ser consultada”
sobre esto, incluso sobre cuál debe ser el flujo de inmigrantes que se
permite que ingrese a los países europeos; y d) No tratar a estos
movimientos como “algo uniforme o simplemente reaccionario”, porque
pueden ubicarse a la izquierda en cuestiones como la moneda común
(euro), recordando que el FN francés y otros defienden la salida del
euro.
Para finalizar, Anderson arriesgó una crítica hacia la
izquierda: "Podemos y Syriza, debemos ser honestos, sostienen posiciones
mucho menos radicales que la derecha antisistémica".
En su lectura esta
posición es “razonable”, porque “hay indignación, pero el miedo aun
predomina en la mayoría de la población europea”, pero al mismo tiempo
dijo que “debería reconocerse que en términos de competencia política,
en la arena común de la protesta antisistémica, estas posiciones son una
desventaja táctica en comparación con la derecha”. (...)
Para abordar esta “debilidad táctica” de la izquierda, Anderson lo
que propone es "dialogar" con la base de los movimientos de derecha, con
los que se comparte una “arena antisistémica común”, adoptando parte de
su agenda. Esto lo lleva en un tema tan dramático como la inmigración,
por ejemplo, a posiciones confusas. Evidentemente Anderson no defiende
una política xenófoba.
Su denuncia de que la inmigración fue promovida
por el capital como parte de una política para atacar a la propia clase
obrera es correcta. Sin embargo, al no relacionar esta problemática con
una estrategia de clase, toda salida dentro de los marcos
“antisistémicos” que plantea, puede abrir la puerta a soluciones
reaccionarias.
Además, la inmigración constituye la base material de la
formación de una nueva clase obrera precaria y superexplotada en los
países centrales, cuestión que no está incorporada en su lectura, que
pareció ubicarse desde la estrecha óptica de la clase obrera europea,
blanca y nativa.
El problema es que este tipo de experimentos ya
fue intentado en el pasado y fue un fiasco. En Alemania en 1923, un
sector de la Internacional Comunista (IC) teorizó sobre la necesidad de
establecer alianzas con la corriente de extrema derecha, como el “nacional-bolchevismo”,
para ganar a sus elementos “revolucionarios y nacionalistas”, lo que
derivó en acciones comunes “rojo-pardas” (la corta y tristemente famosa
“línea Schlageter” de Radek), que resultaron un rotundo fracaso, puesto
que sólo fortalecieron a los “pardos” mientras debilitaron y
confundieron a los “rojos”. (...)" (Diego Lotit , laizquierdadiario, en Rebelión, 31/12/2014)
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