"(...) A los tres años de su aprobación parece oportuno hacer un balance. (...9
Se suponía que se crea más empleo, cuanto más fácil y barato es
despedir. El resultado, sin embargo, ha sido el contrario: el número de
despidos, individuales y colectivos, subió en 2012 y 2013, alcanzando
récords históricos.
Todavía hay 538.900 ocupados menos, entre la última
EPA y la del cuarto trimestre de 2011, una cifra de destrucción de
empleo similar a los 557.000 cotizantes menos a la Seguridad Social de
hoy respecto del final de 2011.
Si añadimos que ha habido un fuerte
incremento de ocupados a tiempo parcial y un gran descenso en los de
tiempo completo (casi un millón menos), es fácil concluir que lo
ocurrido tras la reforma se parece a un reparto del empleo existente más
que a una creación genuina de empleo neto, que todavía no se ha
producido respecto a la situación anterior a esta reforma. (...)
De hecho, como refleja el último Barómetro de EL PAÍS, solo el 6% del
empleo creado puede ser atribuido a la reforma, según los directivos
empresariales encuestados.
Reducir la temporalidad, fomentando la estabilidad era el segundo
objetivo. Tampoco se ha conseguido. La tasa de temporalidad continúa
oscilando en torno al 24%, aunque se ha incrementado la rotación con
muchos más contratos de menor duración cada uno, pero obligados a
trabajar más horas de las cobradas (ha subido un 4% la media de horas
trabajadas por ocupado) y con salarios donde el mínimo ya no es una
excepción. (...)
La reforma laboral no ha conseguido, pues, los objetivos declarados.
Pero se ha convertido, sin embargo, en pieza clave de una estrategia
anticrisis que ha primado el apuntalar al sistema financiero, para luego
reconstruir los márgenes empresariales y, solo, en tercer lugar,
preocuparse por la renta de las familias.
Esta reforma ha permitido
abaratar costes laborales en las empresas (más despidos, más baratos y
fuertes bajada salariales), ha fortalecido la capacidad negociadora de
los empresarios (desplazando el equilibrio en la negociación colectiva) y
ha precarizado las condiciones laborales, hasta crear una nueva
categoría de “trabajador pobre” (los salarios nominales han caído, por
primera vez).
Se entiende, pues, que los haya muy contentos con esta
reforma. Pero también que otros muchos no lo estén, incluyendo los más
de ocho millones de adultos en paro, sin cobertura, o con trabajos muy
precarios, a veces, por pocas horas semanales.
Esta ha resultado la reforma de un Gobierno conservador, que apuesta por convertirnos en un país low cost, (...)" (Jordi Sevilla /
Valeriano Gómez , El País, 13 MAR 2015)
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