"(...) Un análisis del ascenso del lepenismo en Francia realizado por el
politólogo Pascal Perrineau retrata las distintas tendencias que generan
su crecimiento y que, desde nuestra óptica, consideramos en buena
medida extrapolables al conjunto de nacional-populismos. De este modo,
alude a cinco “fracturas”.[9]
La fractura económica, que en una Europa en crisis
severamente afectada por la globalización, opone a los “perdedores de la
mundialización” y a quienes se benefician de ella o la valoran de forma
positiva. Se trata de una nueva línea divisoria entre estatistas y
liberales, pero dotada de distinto sentido: “la posición estatista es
cada vez más proteccionista y defensiva, mientras que la posición
liberal se vincula cada vez más a la competitividad nacional en los
mercados mundiales”.[10]
La fractura en torno a una sociedad abierta o cerrada, que
opone a quienes desean y pretenden ampliar el movimiento de obertura
internacional de la sociedad y quienes desean el retorno a
“orientaciones más nacionales y proteccionistas” o, si se quiere, una
sociedad más cerrada.
Este “clivaje” no es solo económico (mayor
apertura a los mercados), sino también político (mayor integración en
Europa, en la Organización Mundial de Comercio o en las misiones de la
ONU) o social (el debate sobre los costes y beneficios de la
inmigración).
La fractura cultural, que opone a los partidarios de avanzar
en el llamado “liberalismo cultural” (concepto acuñado por los
politólogos Gérard Grunberg y Étienne Schweisguth que alude al
desarrollo de normas y valores hedonistas y antiautoritarios siguiendo
la tendencia conformada en el periodo posterior a mayo de 1968)[11]
y los que desean lo contrario: frenar esta dinámica y retornar a los
valores tradicionales, en lo que configura una “contrarevolución
silenciosa”, en términos del politólogo Piero Ignazi.[12]
Esta oposición sería inseparable de una “renacionalización” de la
política en la que se insertan los valores tradicionales que defienden
“valores nacionales” ante las amenazas foráneas. Ello no impide una
tolerancia de valores adscritos al “liberalismo cultural” en la esfera
privada, como la libertad sexual, el laicismo o el aborto.
La derecha
populista encarna, sobre todo, “una demanda de orden público ligada a la
importancia de la autoridad en la agenda pública.[13]
La fractura geográfica, vinculada a los cambios que
experimenta el territorio. De esta forma, la derecha populista arraiga
en las zonas en las que los cambios económicos han comportado una
desindustrialización y han generado fenómenos de “periurbanidad” o
“neo-ruralidad” en la medida que los espacios se ruralizan, argumenta el
economista Laurent Davezies.
Mientras la ciudad es una “máquina de
modernización”, los habitantes de espacios urbanos conocen una deriva
hacia valores rurales: propiedad, casas unifamiliares, colectividades
culturalemnte homogéneas).
En definitiva, los polos de centralidad
urbana se oponen a los territorios periféricos “más o menos
desclasados”.[14]
Es decir, grandes ciudades dinámicas y emprendedoras, insertas en los
circuitos internacionales, y una periferia de ciudades medianas o
pequeñas excluidas de esta economía, con clases medias erosionadas y
dependientes de beneficios sociales.
La fractura política, hoy quizá la más visible, y que ante
la desconfianza hacia la política crea dos grandes polos: el de quienes
defienden “culturas de gobierno” ante esta situación y quienes apuestan
por “culturas antisistema”. Son los decepcionados de la política los que
nutren las filas populistas. (...)" (Blog de Xavier Casals)
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