"La práctica totalidad de los activos financieros de riesgo globales
están fuertemente sobrevalorados, de manera que sus precios corregirán
fuertemente a la baja y se activará lo que en su momento denominamos “La Segunda Fase de la Gran Recesión”.
Cuanto más tarden estas burbujas en estallar y más se inflen, tanto
peor para la economía global; en definitiva, más dura será la caída. (...)
Detrás del origen, expansión y estallido de todas y cada una de las
burbujas o inflaciones de activos se encuentran los Bancos Centrales.
Temerosos de caer en un proceso de deflación por endeudamiento se han
dedicado a gestionar el riesgo.
Para ello relajaban y relajan
excesivamente la política monetaria, preocupados por determinados
eventos que, aunque tuvieran una baja probabilidad, pudieran tener un
impacto muy negativo en la actividad económica.
Occidente desde finales
de los años 90, bajo la actual y perniciosa ortodoxia neoclásica, solo sobrevive de burbuja en burbuja.
Podemos distinguir tres grandes burbujas: la tecnológica, 1998-2000; la
inmobiliaria, 2002-2007; la actual, 2010-actualidad, generada por la
expansión de los balances de los bancos centrales y tipos de interés
cero.
Se trata de una política monetaria preventiva de estabilización que genera un tremendo problema de riesgo moral, porque al final los inversores terminan incrementando aún más su apetito por el riesgo, aumentando su apalancamiento,
haciendo todavía más vulnerable a la economía global.
Desde el punto de
vista de la valoración, se modifica el perfil temporal de los
rendimientos de los activos mobiliarios e inmobiliarios, inflándolos
hiperbólicamente. Al final estas exuberancias irracionales acaban
pinchándose, pero cuando estallan, pensemos en nuestra burbuja
inmobiliaria, terminan provocando recesiones-depresiones. (...)
La política monetaria expansiva era parte de un recetario más amplio que en última instancia protege a aquellos que acumulan riqueza, y a los acreedores y gerencias bancarias.
El objetivo era liberar recursos públicos para salvar al sistema
bancario occidental a costa de gasto y protección social. Es decir, se
aumentaba la deuda pública para financiar los excesos de la superclase,
mientras se castigaba a la ciudadanía vía austeridad y devaluación
salarial.
Por lo tanto, la ortodoxia económica propuso para salir de la
crisis una combinación de política fiscal restrictiva, política
monetaria expansiva (ampliación de los balances de los Bancos Centrales y
políticas de tipos de interés cero) y deflación salarial, donde,
adornadas bajo una serie de hipótesis de partida falsas, en realidad se
protegía a la superclase.
Por un lado, el multiplicador monetario no ha funcionado,
al encontrarnos en recesión de balances. Además la expansión
cuantitativa solo genera burbujas y un aumento de la desigualdad.
Por
otro lado, el impacto negativo de las restricciones presupuestarias
sobre el crecimiento económico es cuatro veces superior al estimado por
ciertos modelos neoclásicos que al menos sí asumían ese impacto -no
hablemos de las estupideces de aquellos que aún a fecha de hoy defienden
la austeridad expansiva-.
Finalmente, el abaratamiento generalizado de
los salarios y del despido ha acabado hundiendo la demanda efectiva –paradoja de costes–, de ahí la ausencia de inversión productiva. Véase el estudio del Fondo Monetario Internacional, Private Investment: What’s the Holdup? (...)
La ortodoxia neoclásica académica y la clase política, regados con
ingentes cantidades de dólares “donados” por Wall Street, decidieron
allá por los 90 que ya era hora de desregular y eliminar la arquitectura financiera creada por Franklin Delano Roosvelt (FRD) para evitar una nueva Gran Depresión.
A la derogación de la Ley Glass-Steagall
le siguieron normas tan absurdas como permitir a la banca un mayor
apalancamiento, o fiarse de la autorregulación que hacían los propios
bancos. En este contexto se produjo aquello que FDR quería evitar:
nuevos procesos de endeudamiento masivo de la economía ligados a
burbujas financieras y/o inmobiliarias incentivados por el sistema
bancario.
Los beneficios bancarios son impulsados por el volumen de deuda
siempre alrededor de un colateral -burbuja-. Tras la llegada al poder de
los neoconservadores se inició el mayor proceso de
apalancamiento-endeudamiento de la historia. Y ya saben como suele
acabar, como el rosario de la Aurora.
Después de una fase de acumulación
de deuda, siempre retroalimentada por una burbuja financiera, en el
momento en el que esas tendencias al crecimiento de la deuda privada
terminan, la economía se desploma, y los precios de los activos
financieros y de las casas se hunden, produciéndose una recesión de
balances.
No vale con confiar en que los bancos aprenderán de la crisis y
se comportarán de manera más responsable. Tienen un deseo innato de
extender deuda y tratarán de convencer a sectores no bancarios para
asumirla (primero sector privado, ahora sector público).
El sistema bancario, en la actualidad, es demasiado frágil e ineficiente.
Ello es debido, por un lado, a su opacidad, su complejidad e
interconectividad. Por otro, a su excesiva dependencia (a corto plazo)
de la deuda. Además, existen graves problemas de gobernabilidad y
distorsiones que no se resuelven en los mercados.
Si a ello unimos leyes
y reglamentos defectuosos, la falta de coraje político para atarlos en
corto y la ausencia de rendición de cuentas de las distintas gerencias bancarias,
ya sabemos las consecuencias del colapso de los mercados que viene: una
banca sistémica occidental insolvente. El efecto final será, si nadie
lo remedia, ¡más deuda y más pobreza!" (Juan Laborda, Vox Populi, 31/10/15)
No hay comentarios:
Publicar un comentario