"(...) Para quienes no lo recuerden (resulta difícil de creer el tiempo que
llevamos así): en 2010, más o menos de repente, la élite política de
ambos lados del Atlántico decidió dejar de preocuparse por el paro y
empezó a preocuparse por los déficits presupuestarios.
Este cambio no se debió a las pruebas existentes ni a los análisis
minuciosos. De hecho, iba muy en contra de los fundamentos de la
economía. Pero las declaraciones ominosas sobre los peligros del déficit
se convirtieron en algo que todo el mundo repetía porque todos los
demás lo decían, y las voces disidentes dejaron de considerarse
respetables (que es la razón por la que empecé a llamar Gente Muy Seria a
quienes repetían como loros lo que dictaba la ortodoxia del momento).
Algunos intentamos, en vano, señalar que el fetichismo del déficit
era tan desatinado como destructivo, que no había pruebas fehacientes de
que la deuda pública fuese un problema para las grandes economías,
mientras que sí había muchas pruebas de que recortar el gasto de una
economía deprimida agravaría la depresión.
Y los hechos nos dieron la razón. Han transcurrido más de cuatro años
y medio desde que Alan Simpson y Erskine Bowles advirtieron de una
crisis fiscal que llegaría en dos años; el precio de los préstamos sigue
más bajo que nunca en EE UU.
Mientras tanto, las políticas de
austeridad que se aplicaron a partir de 2010 tuvieron exactamente los
efectos depresivos que predecían los libros de texto de economía; el
hada de la confianza nunca hizo acto de presencia.
Sin embargo, hay cada vez más pruebas de que los escépticos en
realidad subestimamos lo destructivo que sería el giro hacia la
austeridad. Concretamente, ahora parece ser que las políticas de
austeridad no solo impusieron pérdidas a corto plazo en el empleo y la
producción, sino que también han lastrado el crecimiento a largo plazo.
La idea de que las políticas que deprimen la economía a corto plazo
también causan un daño más duradero suele denominarse “histéresis”. Es
una noción que tiene un pedigrí impresionante: el argumento de la
histéresis lo defendieron en un famoso artículo de 1986 Olivier
Blanchard, quien más tarde se convertiría en economista jefe del Fondo
Monetario Internacional, y Lawrence Summers, que ha ocupado altos cargos
tanto en el Gobierno de Clinton como en el de Obama.
Pero creo que todo
el mundo se mostraba reacio a aplicar la idea a la Gran Recesión, por
miedo a parecer demasiado alarmista.
Llegados a este punto, sin embargo, la evidencia casi dice
“histéresis” a gritos. Incluso países que parecen haberse recuperado en
gran medida de la crisis, como Estados Unidos, son mucho más pobres de
lo que los pronósticos anteriores a la crisis predecían que serían a
estas alturas.
Y se acaba de publicar un artículo de Summers y Antonio
Fatás que, además de respaldar la conclusión de otros economistas de que
la crisis parece haber causado un daño enorme a largo plazo, pone de
manifiesto que existe una marcada correlación entre la degradación de
las perspectivas nacionales a largo plazo y el grado de austeridad que
los respectivos países han impuesto.
Lo que esto indica es que el viraje hacia la austeridad ha tenido
efectos verdaderamente catastróficos, y estos van mucho más allá de los
puestos de trabajo y los ingresos perdidos durante los primeros años.
De
hecho, el daño a largo plazo al que apuntan los cálculos de Fatás y
Summers es, muy probablemente, lo bastante grande como para convertir la
austeridad en una política contraproducente, incluso desde un punto de
vista puramente fiscal: los Gobiernos que recortaron drásticamente el
gasto frente a la depresión deterioraron sus economías y, en
consecuencia, sus ingresos fiscales futuros, hasta el punto de que su
deuda terminará siendo más alta de lo que lo habría sido sin los
recortes.
Y la amarga ironía de la historia es que esta política catastrófica
se aplicó en el nombre de la responsabilidad a largo plazo, y que a
quienes protestaron por el rumbo erróneo se les tachó de irresponsables.
Se pueden extraer algunas enseñanzas evidentes de esta catástrofe.
“Toda la gente importante lo dice” no es, según parece, una buena forma
de tomar decisiones políticas; el pensamiento grupal no sustituye al
análisis claro. Además, pedir sacrificios (a los demás, por supuesto) no
significa que uno sea responsable. (...)
Parece más que probable que toda esa Gente Muy Seria que jaleó unas
políticas desastrosas no aprenda nada de la experiencia. Y esto, a su
manera, es tan espeluznante como la perspectiva económica." (
Paul Krugman , El País,
7 NOV 2015)
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