"(...) El marco global es pues un avance colosal. Tanto como mediocre puede
acabar siendo su aplicación, porque los (abundantes) procedimientos son
desvaídos, livianos, inconsútiles.
El gran obstáculo a la credibilidad del acuerdo estriba en que su
meta global es obligatoria para todos, pero carece de mecanismos para
obligar (no hay sanciones), para garantizar su cumplimiento a cada
parte, es decir, no obliga a nadie. Y no obliga, tampoco, porque los
objetivos de cada uno se los autoimpone cada uno voluntariamente, sin
relación estricta con la meta global.
Claro que tantas medidas (19: del apartado 22 al 41) servirán de
algo, para influir, para incentivar, para presionar a que cada uno
cumpla al menos lo que promete. Pero de entrada lo que los 187 han
comprometido ya no basta: “Se requerirá un esfuerzo de reducción de las
emisiones mucho mayor que el que suponen las contribuciones previstas”,
reza el punto 17 del informe.
La ilusión subyacente es que el mercado (se requiere invertir 15
billones de euros en energías limpias) se enamore del proyecto y supla
la obligatoriedad, pero visto lo visto es mucha ilusión.
Cotejen el sistema de reglas de París con el de la Agenda de Lisboa
de 2000 para la mejora de la competitividad en la UE. La voluntariedad,
el “método abierto de coordinación”, las evaluaciones periódicas, los
informes... dieron en fracaso al cabo de un decenio. ¡Y era el plan de
una Unión organizada, con gobernanza notoria! La diferencia es que ahora
el Acuerdo de París es más de supervivencia, a vida o muerte; no se
consuela quien no quiere." (
Xavier Vidal-Folch
, El País, 15 DIC 2015)
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