"Allá por finales de abril del 2014, la ciudad sueca de Gotemburgo puso en marcha una jornada laboral de seis horas diarias sin rebajar salarios.
El objetivo era trasladar a los trabajadores públicos de dicho
ayuntamiento un horario experimental que ya llevaba funcionando 13 años
en una fábrica automovilística de la misma ciudad, concretamente Toyota. Para ello dividieron a sus empleados públicos en dos grupos.
La mitad de ellos iban a trabajar durante un año 6 horas al día (60
minutos menos que el otro grupo) y percibirían el mismo sueldo. Con
ello, el gobierno municipal quería comprobar si la nueva jornada laboral
era beneficiosa para la productividad, la salud e, incluso, para la felicidad de los trabajadores. Ambas experiencias, en la misma ciudad, tanto la de Toyota como la del ayuntamiento, han sido un rotundo éxito.
En las instalaciones de Toyota en Gotemburgo, los empleados tienen
jornadas de seis horas desde hace trece años. Antes de introducir este
cambio los clientes ponían muchas más reclamaciones, había colas y los
empleados estaban estresados. Solo había un turno que comenzaba a las
siete de la mañana y terminaba a las cuatro de la tarde, con un descanso
para comer.
Con la introducción de la jornada de seis horas se han
creado dos turnos, uno de seis de la mañana a doce y otro de doce a seis
de la tarde. Tras estos cambios los trabajadores se siente mejor, tienen menos bajas voluntarias y es mucho más fácil encontrar nuevo personal para trabajar. El uso de la maquinaria es mucho más eficiente y se han reducido los costes del capital, y además los beneficios han crecido en un 25%.
En los funcionarios públicos el resultado ha sido el mismo: mayor productividad y menores bajas por enfermedad o depresión.
Ahora, otras empresas de la ciudad y del país escandinavo copian este
método para intentar mejorar la productividad y el bienestar de sus
empleados.
La productividad en Suecia se ha duplicado desde 1970, por lo
que técnicamente hay potencial para que las jornadas laborales sean
incluso de solo cuatro horas. Pero en todas estas experiencias hay un
elemento clave del éxito: menor jornada laboral con el mismo salario como fórmula de reparto del trabajo. (...)
Sin embargo, el sistema de reparto de trabajo no puede producir estos efectos positivos sobre la ocupación a no ser que el salario horario de los trabajadores se incremente,
por lo menos en proporción al aumento de la productividad por hora de
trabajo.
Por lo tanto, para que un sistema de reparto del trabajo tenga
éxito, es decir, genere nuevos empleos, debe ir acompañado por un
aumento del salario hora de los trabajadores, a fin de evitar la disminución de la demanda efectiva.
Los postkeynesianos, donde me incluyo, no somos muy partidarios de los
programas de reparto de trabajo salvo que vayan acompañados de un
aumento de la retribución horaria, es decir, mediante el mantenimiento
de salario mensual previamente percibido por los ocupados.
El fundamento teórico tiene que ver con una de las mayores
discrepancias entre la ortodoxia y la heterodoxia: la forma de la curva
de demanda de trabajo. Para la ortodoxia, dado un gasto autónomo real,
existe una relación negativa entre el nivel del salario real y la
demanda de trabajo de las empresas.
Por el contrario, para aquellos que
defendemos el principio de demanda efectiva, bajo unos supuestos microeconómicos realistas, existe una relación positiva entre el nivel del salario real y la demanda de trabajo de las empresas.
Un aumento del salario real comporta un desplazamiento a lo largo de la
curva de demanda efectiva de trabajo, de manera que la subida del
salario real acarrea por tanto un nivel de ocupación más elevado.
Esta
relación positiva es paradójica. Lo que es cierto para una empresa,
puede ser falso a nivel macroeconómico. Es la paradoja kaleckiana de costes que tantas veces hemos comentado.
En realidad, la relación negativa entre salarios reales y empleo presentada por distintos autores neoclásicos conforma una correlación espuria. En economías que crecen vía deuda, los salarios reales caen.
Por eso, las recomendaciones de la ortodoxia, la disminución del
salario real llevará en realidad a una subida del margen de beneficios
por unidad vendida, pero la masa de beneficios totales no cambia en modo
alguno, mientras que la renta nacional, ventas y empleo global
disminuirán.
La propuesta de recortes salariales que hacen y defienden
la inmensa mayoría de los economistas para luchar contra el paro acaba
siendo contraproducente, acelerando la espiral de deflación por deuda.
En esa estamos. Además, recuerden, prevemos el final del ciclo secular
de deuda iniciado en los años 80. ¡O aumentan los salarios, o la
economía occidental en su conjunto se hundirá!" (Juan Laborda, Vox Populi, 11/11/2015)
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