"En nuestra querida España conviven dos modelos productivos. Por un lado, el mayoritario, el de los buscadores de rentas. Está vinculado, o bien a la existencia de mercados regulados –es el caso de la malograda Abengoa–, o bien a revalorizaciones del suelo
–todas y cada una de las constructoras e inmobiliarias que crecieron al
albor de la burbuja inmobiliaria–.
Y siempre bajo el paraguas y
connivencia del poder político –regulación, recalificaciones, ley del
suelo, puertas giratorias, documentos “técnicos” de los distintos
lobbies…–.
Este entramado económico-político de las élites patrias se magnificó a
su vez gracias a un fácil acceso a la financiación, bien a través de
unos mercados financieros en plena exuberancia irracional, por obra y
gracia de los bancos centrales; bien vía un sistema bancario que no dudó
en apalancarse bajo el riego moral de que acabaría siendo rescatado si
al final todo se iba al traste, tal como sucedió.
Dentro de este modelo productivo se encuentran los grandes grupos empresariales de nuestro país,
empresas que a su vez llevaron a cabo un intenso proceso de
internacionalización. El coctel estaba servido, un desarrollo económico
desmesurado al albor de dos burbujas, la inmobiliaria y la de
internacionalización.
Pero en nuestro país existe además un tejido empresarial dedicado al sector exterior,
tremendamente competitivo, enormemente eficaz, entre los mejores del
mundo, y cuyo valor añadido se queda aquí.
Este verano el think tank
belga Bruegel
presentó un documento donde se decía, por ejemplo, que España es junto a
Alemania y Austria los países donde más han aumentado las exportaciones
desde el año 2000 y encima aseveraba que las exportaciones españolas
destacan por su calidad, no por su precio. De ello ya hemos hablado
largo y tendido.
España jamás perdió competitividad en las últimas dos décadas.
Junto con Alemania el nuestro era el único país que mantuvo e
incrementó su cuota de exportaciones, ya no solo por margen intensivo,
sino también por aumentos en el margen extensivo, la exportación de
nuevos productos y hacia nuevos destinos.
Los hacedores de política
económica confundieron, y confunden a fecha de hoy, productividad
aparente del trabajo con competitividad. España tenía una baja
productividad por que el modelo de crecimiento propuesto por las élites
patrias –políticas, financieras, inmobiliarias, y oligopolistas- era
intensivo en mano de obra, pero muy lucrativo para ellas.
Parte de este sector exportador ha sufrido durante la actual crisis
sistémica problemas de acceso al crédito, aspecto que se ha visto
compensado con la generación de tremendos flujos de caja por parte de
sus empresas.
Sin embargo ahora necesitan implementar nuevos y masivos procesos de inversión,
absolutamente necesarios para expandir la actividad y rentabilizar
también las inversiones pasadas. Son empresas tremendamente rentables,
cuya rentabilidad media del capital se sitúa alrededor del 8%.
Pero
nuestro sistema financiero y nuestros políticos mirando a otro lado, sin
darse cuenta como alrededor de estas excepcionales empresas se está
disparado el proceso de concentración, especialmente al albor de
vehículos de inversión. Si bien algunos tienen vocación de permanencia,
otros solo vienen a exprimir, dividir y vender. (...)" (Juan Laborda, Vox Populi, 28/11/15)
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