"La deuda global se acerca a los 200 billones de dólares, un 286% del PIB y abre el debate del impago.
La crisis económica mundial ha disparado la deuda global.
El avance ha sido de más de 57 billones de dólares (unos 51,3 billones
de euros), hasta acercarse ahora a los 199 billones de dólares (179,1
billones de euros), un 286% del PIB mundial.
Los niveles alcanzados
suponen un grave obstáculo para el crecimiento, y las
políticas monetarias expansivas no logran reducirla. Algunos expertos
hablan abiertamente de la necesidad de hacer un uso controlado,
negociado y racional de los impagos para aliviar la burbuja generada.
¿Hay una burbuja de deuda en el mundo? Aparentemente
no, puesto que todo lo que se emite, se compra; porque todos los
emisores honran fielmente los pagos de los cupones. Pero si el
endeudamiento agregado crece más rápido que el propio PIB
al que pretende estimular, o incluso absorbe todo el ahorro mundial e
impide el crecimiento, evidentemente, sí.
Esta última argumentación es a
la que se apuntan la práctica totalidad de los expertos consultados,
sobre todo porque la deuda está completamente alojada en los países desarrollados y los emergentes, y solo despejándola lo hará también el horizonte del crecimiento mundial. (...)
Los datos cerrados de 2014 cifran la deuda de los Estados, las
instituciones financieras, las empresas no financieras y los hogares en
unos 199 billones de dólares (179,1 billones de euros),
según el cómputo más reciente elaborado por McKinsey Global Institute
sobre el endeudamiento de las 47 economías más apalancadas del planeta, y
entre las que se encuentran, lógicamente, todos los países
desarrollados y los emergentes. En términos relativos supone un 286% del
Producto Interior Bruto mundial. (...)
Josep Oliver, profesor de la Universidad Autónoma de
Barcelona, asegura que con esta situación, en la que “para solucionar
unas burbujas parece que se han hinchado otras, que han mutado de unas
zonas del planeta a otras y de unos activos a otros, solo tenemos
garantizado crecimiento lento con tipos al cero por ciento, y deflación;
las cosas no están como en 2009, pero siguen muy complicadas;
necesitamos un Bretton Wood para estudiar un default poliédrico”. (...)
Las fórmulas tradicionales son la generación de inflación,
que reduce de manera acelerada la carga financiera nominal y la
relación de la misma respecto a la riqueza; el crecimiento económico,
que permite a los deudores hacer frente mejor a los pagos, y achica la
posición relativa de los deudores sobre el PIB; disponer de tipos de
interés artificialmente bajos para aliviar la carga de deudores públicos
y privados, y prolongados en el tiempo, lo que no deja de ser una
trasferencia de renta de ahorradores a deudores; y, por último, la
limitación o eliminación de la deuda con impagos.
Esta última fórmula es siempre el último recurso, y es una auténtica
bomba de relojería que pueden detonar unilateralmente los deudores, o
negociar con los acreedores ante dificultades crecientes para honrar sus
emisiones. Pero en el estado actual de la situación, solo tienen
sentido reestructuraciones negociadas.
El economista jefe de Citi en
España, José Luis Martínez Campuzano, asegura que “es una evidencia que
los niveles de apalancamiento mundial están afectando al crecimiento, y
que las medidas monetarias de los bancos centrales no han evitado ni
siquiera que la deuda siga subiendo.
Hay que mantener la expansión
cuantitativa, por supuesto; pero hay que empezar a hablar en foros como
el G-20
de este asunto más intensamente, porque estamos entrando en un circulo
vicioso de debilidad de la actividad y deterioro de las expectativas de
los agentes económicos. Las medidas de los bancos centrales no son en
asboluto un fracaso, y siguen siendo muy necesarias; pero están
generando flagilidad en el mercado, en el que los precios de muchos
activos están sobrevalorados”.
A su juicio se precisa “hablar de una reestructuración ordenada,
con reglas muy claras, que no necesariamente deben suponer impago o
quita, sino alarmaniento de plazos. Es un asunto que debe dejar de ser
tabú; se habla implícitamente en el FMI, pero no a nivel político ni en
los bancos centrales”. En todo caso, Martínez Campuzano cree que “hay
que huir de las generalizaciones, pero hablar del asunto”.
Miguel Angel García, economista de la Universidad
Rey Juan Carlos, asegura que “el debate sobre la posibilidad de impagos
está en el nivel académico, pero habría que intensificarlo y buscar
fórmulas para alargar plazos en las emisiones públicas, que es una
auténtica quita encubierta, para liberar recursos para la inversión.
Hablar de defaults en la deuda privada es mucho más complicado” (...)
María Jesús Fernández, economista de Funcas, cree que
un endeudamiento tan elevado “paraliza el crecimiento del PIB, entre
otras cosas porque los agentes se tienen que desendeudar y no tiene
mucho sentido que tomen crédito nuevo, por mucha liquidez que inyecten
los bancos centrales y por muy barata que sea; lo que únicamente logran
es que ese dinero genere otras burbujas”.
“Pero no se puede pensar en un
default global, por muy controlado que sea; sería como una bomba
atómica para la economía, una crisis brutal. Además, tras la deuda hay
acreedores que en su mayoría son inversores particulares y hay que tener
en cuenta sus ahorros. Únicamente puede hacerse algo con la de carácter
público si la compran los bancos centrales”, asegura Fernández." (Cinco Días, 28/03/16)
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